—¿La correcta para qué?
Beatriz no respondió.
Se acercó al cuadro.
Lo observó con una calma que me pareció más amenazante que cualquier sobresalto.
—Nunca había avanzado tanto en una sola noche.
—¿Te sorprende? —preguntó Adrián.
—Me confirma algo.
—¿Qué?
Beatriz me miró.
—Que la búsqueda terminó.
Sentí que el frío del corredor me subía por las piernas.
—¿Qué búsqueda?
—Beatriz —dijo Adrián.
Ella lo ignoró.
—Durante generaciones esta familia confundió semejanza con continuidad. Edad. Rasgos. Historia familiar. Temperamento. Incluso determinadas coincidencias de nacimiento.
—Habla claro.
—No puedo hacerlo más claro todavía.
—Puedes intentarlo.
Sus ojos bajaron al collar.
—Esa joya no aceptaba a nadie desde Lucía.
Toqué la piedra.
—¿Aceptar?
—El cierre nunca se atascó con las demás.
Miré a Adrián.
—¿Lo sabías?
—No.
—¿Matilde?
La anciana negó lentamente.
—Nunca ocurrió.
Volví a Beatriz.
—Entonces quítenmelo.
—No se puede.
—Todo se puede cortar.
—No ese collar.
—Es metal.
—No me refiero al metal.
Perdí la paciencia.
—Estoy cansada de que todos habléis como si estuvierais en una obra de teatro y yo fuera la única que no recibió el guion.
Beatriz se quedó inmóvil.
—Entonces te diré algo concreto.
Se acercó.
—No duermas esta noche.
—¿Por qué?
—Porque la habitación ya sabe que estás dentro.
Adrián se interpuso.
—Basta.
—Tú querías protegerla.
—Sí.
—Pues ya no puedes hacerlo ocultándole todo.
—Tampoco voy a entregársela.
Beatriz sonrió apenas.
—No eres tú quien decide.
—Ni tú.
—Nunca lo he sido.
Se miraron.
Por primera vez comprendí algo.
Beatriz tampoco controlaba aquello.
Podía saber más.
Podía obedecerlo.
Incluso podía desear que ocurriera.
Pero no lo dirigía.
Eso me asustó más.
—¿Quién decide? —pregunté.
Ninguno respondió.
Miré el cuadro.
El rostro seguía incompleto.
—Voy a destruirlo.
Matilde dio un paso atrás.
Adrián me sujetó.
—No.
—¿Por qué?
—Porque ya lo intentaron.
—¿Quién?
—Lucía.
Beatriz respondió antes que él.
—Quemó su retrato tres días antes de desaparecer.
—¿Y?
—A la mañana siguiente volvió a estar en la pared.
Miré el lienzo.
—Eso es imposible.
—Empieza a resultarte una palabra poco útil —dijo Beatriz.
Odié que tuviera razón.
No regresé a la habitación nupcial.
Adrián discutió.
Beatriz también.
Yo decidí.
—Hay veintisiete dormitorios en esta casa.
—Treinta y uno —corrigió Adrián.
—Mejor. Elegiré uno.
—No puedes.
—Otra vez.
—Es una de las reglas.
—Una regla que alguien ocultó en un anexo que nunca recibí no me obliga moralmente.
—No hablamos de moral.
—Yo sí.
—Clara, por favor.
La palabra me detuvo.
Adrián no parecía un hombre que dijera por favor con frecuencia.
—Solo esta noche.
—¿Por qué importa dónde duermo?
No contestó.
Beatriz sí.
—Porque la habitación nupcial es el lugar más seguro de la casa para ti.
La miré.
—Hace diez minutos dijiste que no durmiera.
—Dije que no durmieras.
—En la habitación.
—No. En absoluto.
Un silencio.
—¿Quieres que permanezca despierta toda la noche?
—Sí.
—¿Durante cuánto tiempo?
—Hasta que deje de llover.
Miré las ventanas.
El agua caía con fuerza.
—Esto es absurdo.
—Sí —dijo Beatriz—. Y sigue siendo cierto.
Volví a la habitación con Adrián.
No porque hubiera aceptado sus reglas.
Porque quería examinarla.
Eso era distinto.
Matilde nos acompañó.
Cuando entró, se quedó parada junto a la puerta.
—¿Qué?
—Ha cambiado.
Adrián miró alrededor.
—¿Qué cosa?
Matilde señaló la cama.
—La colcha.
Era de encaje marfil.
—¿Qué tenía antes? —pregunté.
—Terciopelo verde.
Adrián fue hasta el armario.
Lo abrió.
Su rostro se endureció.
Me acerqué.
Dentro había ropa.
No la mía.
Vestidos.
Faldas.
Blusas.
Prendas de distintas épocas.
Algunas parecían de hacía veinte años.
Otras de un siglo.
—¿Qué es esto?
Matilde dejó la lámpara.
—No estaban aquí.
Cogí un vestido azul.
La tela olía a lavanda.
—¿De quién era?
Matilde no respondió.
Dentro del cuello había unas iniciales bordadas.
L.V.
Lo dejé caer.
Adrián abrió otro cajón.
Guantes.
Pañuelos.
Peines.
Una polvera de plata.
Un pequeño frasco de perfume.
—Está devolviéndolas —murmuró.
—¿Qué?
—Las cosas de Lucía.
Beatriz había aparecido otra vez en la puerta.
No sabía cómo conseguía moverse por la casa sin hacer ruido.
—¿Por qué?
—Porque reconoce la habitación.
—¿Y qué tiene eso que ver conmigo?
Beatriz se acercó al tocador.
Abrió uno de los cajones.
Sacó un cepillo de cabello.
Había cabellos oscuros entre las cerdas.
—Lucía dormía aquí.
—Eso ya lo sé.
—Antes de Lucía, Teresa.
Abrió otro cajón.
Un broche.
—Antes de Teresa, Claudia.
Otro.
Un pañuelo bordado.
—Antes de Claudia...
—Basta.
Cerré el cajón.
—¿Esta habitación conserva cosas de todas?
—No.
—Entonces ¿por qué aparecen?
Beatriz me miró.
—Porque está intentando recordar cuál de ellas eres.
No pude evitarlo.
Me reí.
Una risa breve.
Sin humor.
—No soy ninguna.
—Espero que tengas razón.
—Yo sé quién soy.
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Editado: 02.10.2026