—Ciérrala.
Adrián no levantó la voz.
No hizo falta.
Había una clase de miedo que volvía innecesario cualquier énfasis.
La puerta oculta seguía abierta.
Detrás, el pasillo parecía absorber la luz de la habitación.
No era completamente negro.
A varios metros distinguí una franja pálida sobre el suelo, como si alguna ventana lejana dejara entrar luz de luna.
Pero afuera llovía.
Y aquella parte de la casa no tenía ventanas.
—Clara.
La mano de Adrián rodeó mi muñeca.
—Ciérrala.
—¿Por qué?
—Porque no debería estar abierta.
—Eso ya lo veo.
—No. No lo entiendes.
Volví la cabeza hacia él.
—Entonces haz que lo entienda.
Las respiraciones habían cesado.
Ese silencio era peor.
Adrián avanzó hacia el panel.
En cuanto extendió la mano, una voz sonó desde el fondo.
—No.
Él se detuvo.
No era la misma voz que había pronunciado mi nombre.
Esta era más grave.
Más vieja.
Adrián retrocedió.
—¿Quién es? —pregunté.
—No respondas.
—Todo el mundo me dice eso.
—Porque cada vez que respondes, algo cambia.
—¿Qué cambió antes?
Su mirada fue hacia mi reflejo.
La mujer del espejo ya no estaba.
Solo nosotros.
—El acceso.
Miré la puerta.
—¿Esta entrada no existía?
—Existía.
—Entonces.
—Estaba sellada.
—¿Desde cuándo?
—Desde Lucía.
Me acerqué un paso.
Adrián me sujetó otra vez.
—No.
—Quiero mirar.
—No.
—Sin entrar.
—Da igual.
—¿Por qué?
Sus dedos se cerraron.
—Porque la casa no necesita que cruces una puerta para saber que quieres hacerlo.
Lo miré.
—Cada vez suenas más como Beatriz.
Eso le hizo daño.
Lo vi.
—No digas eso.
—Entonces deja de hablar con acertijos.
Adrián soltó mi muñeca.
Durante un instante pareció dispuesto a decir algo.
No lo hizo.
Desde el pasillo llegó un pequeño sonido metálico.
Como una cadena arrastrándose sobre piedra.
Después otro.
Más cerca.
Adrián cerró el panel de golpe.
La pared volvió a ser pared.
Esperamos.
Nada.
Solo la lluvia.
—¿Eso era una persona? —pregunté.
—No sé.
—¿Una de las esposas?
—No sé.
—¿Lucía?
—No sé.
—Empiezo a sospechar que tu gran secreto familiar consiste en no saber absolutamente nada.
Se pasó una mano por el rostro.
—Sé suficiente para decirte que no debes entrar.
—Y yo sé suficiente para saber que dentro hay respuestas.
—También puede haber cadáveres.
—Eso sería casi tranquilizador.
Me miró con dureza.
—No bromees.
—No bromeo. Los cadáveres son comprensibles. La gente muere. Los cuadros que se pintan solos no.
Adrián volvió a cubrir el espejo.
—Vamos a salir de esta habitación.
—¿Y dormir dónde?
—En mi despacho.
—Has dicho que no debo dormir fuera de aquí.
—No vas a dormir.
—Ah.
—Yo tampoco.
—Qué romántica noche de bodas.
Esta vez sí sonrió.
Una sonrisa mínima.
Cansada.
—Lamento decepcionarte.
—La lista empieza a ser larga.
Su despacho estaba en la planta baja.
No tenía nada que ver con el resto de la casa.
Muebles modernos.
Ordenador.
Una lámpara funcional.
Dos estanterías con libros recientes.
Una cafetera.
Un sofá gris que parecía comprado por alguien menor de cien años.
—Por fin una habitación donde no espero encontrar una novia muerta detrás de una cortina.
Adrián encendió todas las luces.
—No lo digas demasiado alto.
—No me ayudas.
—Nunca fue mi especialidad.
Me senté en el sofá.
El cansancio empezaba a alcanzarme.
—Quiero ver el anexo catorce.
Adrián abrió un cajón.
Sacó una carpeta.
La dejó sobre la mesa.
—¿Lo tienes aquí?
—Una copia.
La abrí.
Había nueve páginas.
La primera llevaba mi nombre.
Mi número de documento.
La fecha del matrimonio.
Y abajo:
NORMAS DE RESIDENCIA TEMPORAL DE LA ESPOSA INCORPORADA A LA CASA VALCÁRCEL.
Levanté la vista.
—“Esposa incorporada”.
—Sí.
—No “cónyuge”.
—No.
—No “residente”.
—No.
—¿Por qué?
—Nunca lo pregunté.
—Error.
Volví al texto.
Las reglas estaban allí.
Todas.
No entrar en el ala oeste.
No observar los retratos después de las doce.
No dormir fuera de la habitación asignada.
No usar joyas pertenecientes a esposas anteriores salvo en ceremonias autorizadas.
No abandonar la finca sin informar al administrador.
No investigar a la primera esposa.
No abrir ventanas durante la lluvia.
No adelantar la celebración del aniversario.
Debajo había algo más.
Un apartado que Adrián no me había mencionado.
9. La esposa deberá comunicar cualquier episodio de desorientación, alteración de memoria, reconocimiento de espacios no visitados previamente o identificación con nombres distintos al propio.
Lo leí dos veces.
—¿Esto les pasó a las otras?
—Sí.
—¿A todas?
—A las últimas cuatro, seguro.
—¿Qué significa “reconocimiento de espacios no visitados previamente”?
—Que sabían moverse por habitaciones donde nunca habían entrado.
—¿Y lo de los nombres?
—Algunas dejaron de responder al suyo.
Sentí una presión incómoda en el pecho.
—¿Qué nombres usaban?
—Los de esposas anteriores.
Bajé la vista.
La décima regla.
10. Si la esposa refiere haber visto a otra mujer con su mismo rostro, deberá permanecer acompañada hasta el amanecer.
Levanté la cabeza.
—No mencionaste esta.
—No quería asustarte.
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matrimonio por contrato, mansión con secretos, retratos misteriosos
Editado: 02.10.2026