La Novia Del Desierto

Capítulo 1: El código de colores

Sofía Reyes tenía una teoría sobre el caos: el caos era simplemente un plan que nadie se había tomado la molestia de escribir.

Lo pensaba aquella mañana de martes, mientras revisaba por tercera vez la agenda de cuero verde esmeralda que llevaba a todas partes, esa misma agenda que sus clientas llamaban, con mezcla de miedo y adoración, "la Biblia de Sofía". Cada página estaba dividida con tinta de colores. El rojo era para lo urgente. El azul, para los proveedores. El amarillo marcaba a las novias, el rosa a las madres de las novias (que merecían su propio color por razones obvias), y el morado, el más misterioso de todos, estaba reservado para "imprevistos", un apartado que Sofía mantenía siempre en blanco, como quien guarda un asiento vacío en la mesa por pura superstición.

Desde el balcón de su oficina en la Zona Colonial de Santo Domingo, veía a los turistas fotografiar las fachadas de piedra encalada, los balcones de hierro forjado, las buganvilias que se derramaban sobre las paredes como si alguien hubiera volcado un cubo de pintura fucsia desde el cielo. Era una ciudad hermosa y desordenada, de motores que rugían y merengues que salían de cualquier ventana. Sofía la amaba precisamente porque su trabajo consistía en poner orden en ella, aunque fuera por un día, aunque fuera en un salón de eventos de cuatrocientas personas.

—Doña Mercedes quiere cambiar las rosas por orquídeas —anunció Ana Belén, su asistente, entrando con el teléfono pegado al pecho como si fuera una granada sin seguro—. Dice que las rosas "le dan mala energía".

—La boda es el sábado.

—Lo sé.

—Hoy es martes.

—También lo sé.

Sofía cerró la agenda con un chasquido suave. Respiró hondo, contó hasta tres, y sonrió con esa sonrisa que había perfeccionado a lo largo de ocho años de carrera, una sonrisa que decía claro que sí mientras los ojos decían por encima de mi cadáver.

—Llama a Don Teófilo, el de la floristería de Gazcue. Dile que le pagaremos el cuarenta por ciento extra si consigue las orquídeas para el viernes a mediodía. Y dile a doña Mercedes que fue una intuición brillante. Que las orquídeas son mucho más elegantes. Que yo misma lo estaba pensando.

—¿Lo estabas pensando?

—Ahora sí.

Ana Belén soltó una risita y salió disparada. Sofía se quedó un momento sola, con el ruido lejano de la ciudad filtrándose por la ventana abierta y el olor a café recién colado que subía desde la cafetería de la esquina. Sobre su escritorio, enmarcada, había una foto de ella y Luna de hace quince años: Sofía con trece años y un uniforme escolar impecable, Luna con cuatro, el pelo hecho un nido y un helado derritiéndosele por el brazo. Sofía la sostenía con una mano y con la otra intentaba, sin éxito, limpiarle la cara con un pañuelo. Incluso en esa foto, pensó, ya estaba intentando ordenar el desastre.

Su madre solía decirle: "Sofía, tú naciste con el reloj puesto". Y era verdad. Había sido la niña que hacía horarios para los juegos, que le ponía etiquetas a los cajones, que lloró a los nueve años cuando su padre llegó tarde a un acto escolar y que, desde entonces, decidió que la puntualidad era una forma de amor. Quizás la única forma confiable.

Porque el amor, en la experiencia de Sofía, era otra cosa. El amor era lo que había hecho su padre una noche de lluvia cuando ella tenía catorce años, cuando guardó dos maletas en el maletero del coche y le prometió a su madre que volvería "en un rato". Ese rato duró once años y todavía seguía contando. El amor era una promesa elegante que se desmoronaba al primer viento, un montón de palabras bonitas sin cláusulas de cumplimiento.

Por eso le gustaban las bodas. Las bodas, bien hechas, eran contratos. Había fechas, había lugares, había proveedores con facturas, había mesas con tarjetas de nombre. Todo estaba escrito, todo era medible, todo tenía un responsable. Si algo salía mal, podías señalar la línea exacta del plan donde se había torcido. Nadie le había dado nunca a Sofía una garantía parecida para el corazón.

Su teléfono vibró sobre el escritorio. En la pantalla apareció una fotografía: Luna, con el pelo castaño revuelto, haciendo una mueca graciosa a la cámara. Sofía sonrió sin darse cuenta y contestó.

—Dime que no me llamas para cancelar el vestido de cóctel —dijo—. El taller ya cortó la tela.

—Sofi, tengo que contarte algo y necesito que no grites.

Sofía dejó de sonreír. Esa frase, en boca de su hermana, había precedido a un tatuaje, a una mudanza a Barcelona sin avisar y a un perro adoptado sin permiso del casero.

—¿Qué hiciste?

—Me voy a casar.

El silencio duró cuatro segundos. Sofía los contó, porque contar era su manera de no explotar.

—Luna —dijo por fin, con una calma que habría hecho llorar a un negociador de rehenes—, tú y Tomás llevan diez meses juntos, y eso lo sé porque yo misma les organicé la fiesta de aniversario. Me parece bellísimo. Pero casarse es otra cosa. Casarse requiere, para empezar, un año de planificación y...

—Nos casamos en siete días.

Sofía se levantó de la silla tan rápido que casi tumbó el café.

—¿Qué?

—En siete días. Sé que suena a locura, pero es que Tomás consiguió un contrato en Marruecos, en una empresa de energía solar, y se va a quedar allá seis meses, y yo me voy con él, y no queremos esperar. Hay un oasis hermosísimo, en medio del desierto, se llama Dar Al-Nujum, que significa "la casa de las estrellas", y tiene una cúpula de vidrio para ver el cielo, y las dunas, Sofi, tienes que ver las fotos, parece sacado de un sueño. Ya lo reservamos. Ya está pagado el depósito. Es allá, y es el próximo martes. Y quiero que tú lo organices.

—¿Que yo...?

—Eres la mejor wedding planner del país. Y eres mi hermana. Y mamá no puede viajar por la rodilla, y papá... —la voz de Luna se encogió un poco, como siempre que mencionaba a su padre— ...papá no cuenta. Eres lo único que tengo, Sofi. Por favor.




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