Sofía despertó a las cinco y cuarenta y siete de la mañana, trece minutos antes de la alarma que había programado, como cada día de su vida adulta. Durante un instante largo no supo dónde estaba. El techo era bajo y encalado, atravesado por una viga de madera oscura, y por la ventana sin cortinas entraba una luz grisácea y fría que olía a tierra mojada y a humo de leña. Luego recordó el Atlas, la camioneta, la llave inglesa, la frase que se le había escapado frente al motor, y se tapó la cara con la sábana.
—Qué vergüenza —murmuró a la almohada.
Se levantó de golpe, como quien se arranca una venda. Se lavó la cara con agua helada de una palangana de cobre, se recogió el pelo en el moño de siempre y abrió la maleta verde, la de los textiles, para sacar la ropa del día. Había elegido con cuidado un pantalón de lino beige, una blusa blanca de manga larga y un pañuelo ligero para el sol. Se miró en el espejo pequeño y manchado que colgaba junto a la puerta. Tenía aspecto de exploradora de catálogo, de esas que posan junto a una pirámide sin una sola gota de sudor. Le pareció un disfraz bastante ridículo, pero era el único que tenía.
Abrió la agenda sobre la cama y escribió el plan del día con tinta azul. Seis y media, desayuno. Siete, salida. Doce, almuerzo en ruta. Dieciocho, llegada a la ciudad de Zagora, donde Fatima había dicho que esperaría un segundo transporte para los últimos kilómetros. Mañana, el oasis. Faltaban cinco días para la boda, y cada uno de ellos tenía ya su casilla, su color y su responsable.
Bajó la escalera de piedra con la caja del vestido en brazos, negándose a dejarla sola ni un segundo. En el patio interior del albergue, bajo un limonero cargado de frutos amarillos, la anciana de la noche anterior barría las losas con una escoba de ramas. Al verla, sonrió con toda la cara y dijo algo en árabe que sonó a bienvenida.
—Buenos días —respondió Sofía, con el único gesto internacional que conocía, una pequeña inclinación de cabeza.
La mujer señaló una mesa baja junto al limonero, donde esperaba un desayuno que parecía preparado para un batallón: pan redondo recién hecho, aceite de oliva en un cuenco de barro, miel espesa, aceitunas negras, huevos con comino y una tetera humeante de la que escapaba un aroma intenso a menta. Sofía se sentó, dejó la caja a su lado, con la mano apoyada encima, y miró el reloj. Las seis y treinta y dos.
—¿Dónde está su sobrino? —preguntó, con gestos exagerados—. Youssef. ¿Youssef?
La anciana se encogió de hombros con una serenidad que Sofía empezaba a reconocer como rasgo regional, y señaló hacia el fondo del patio, donde una puerta de madera daba al campo. Sofía se levantó, atravesó el patio con la agenda en la mano y empujó la puerta.
Al otro lado, el mundo estaba recién nacido. Una niebla finísima cubría los campos de cebada, y encima de la niebla, las montañas se encendían una a una con los primeros rayos del sol, rosadas, anaranjadas, doradas. Un gallo cantaba desde algún lugar. El aire era tan limpio que dolía respirarlo. Y en medio de ese paisaje, sentado sobre una piedra plana, con los pies descalzos hundidos en la hierba mojada y una taza de té entre las manos, estaba Youssef Al-Hadi, mirando el amanecer como si no existiera ningún reloj en el universo.
Sofía se quedó quieta, a unos pasos de él. Llevaba una frase preparada, una frase seca y precisa sobre horarios, retrasos y profesionalidad. Pero la frase se le deshizo en la boca cuando él, sin volverse, dijo con voz tranquila:
—Venga a ver esto antes de que se acabe.
—Son las seis y treinta y cinco. Dijimos...
—Lo sé. Pero esto dura diez minutos. Y mañana no será igual.
Había algo en su tono que no admitía discusión, no por autoridad sino por una especie de ternura. Sofía dudó. Luego, a regañadientes, dio los últimos pasos y se sentó en el borde de la piedra, a una distancia prudente, con la caja del vestido apretada contra el pecho. Youssef le tendió su propia taza de té sin decir nada. Ella la tomó por inercia, y la bebió. Estaba dulce, caliente, y sabía a hierba fresca.
Los diez minutos pasaron sin que ninguno de los dos hablara. El sol acabó de salir por encima de la cordillera y la niebla se levantó despacio, como un telón, descubriendo un mar de cebada verde que ondulaba con la brisa. Sofía sintió que algo dentro de ella, un nudo apretado desde hacía mucho, se aflojaba un poco, apenas un hilo.
—¿Esto lo hace todas las mañanas? —preguntó al fin, en voz baja.
—Cuando no estoy en la carretera. Y cuando estoy en la carretera, lo hago desde la carretera.
—Qué vida tan productiva.
—Productiva no. Pero larga.
Ella sonrió sin querer. Se dio cuenta demasiado tarde, y se mordió el labio para borrar el gesto. Youssef lo vio, pero tuvo la elegancia de no comentarlo. Se puso de pie, se sacudió la túnica y le tendió la mano para ayudarla a levantarse.
—Vamos, señora del reloj. Le debo una hora y media de ayer y se la voy a pagar hoy.
—¿Cómo?
—Ya lo verá.
El desayuno duró dieciocho minutos, que Sofía anotó mentalmente como un récord personal de relajación. La anciana, que se llamaba Lalla Zahra, les envolvió pan y dátiles en un paño de algodón, le dio a Sofía un frasquito de aceite de argán sin cobrarle nada, y la despidió con un abrazo corto y fuerte, de esos que no se piden permiso. Mientras la camioneta arrancaba, la anciana seguía de pie en la puerta, con la mano levantada, diciendo algo que Sofía no entendió y que Youssef, al volante, prefirió no traducir.
—¿Qué ha dicho?
—Que le desea un buen viaje.
—Usted está mintiendo.
—Un poco.
—¿Cuánto?
—Lo suficiente para que usted no lo sepa nunca.
Sofía lo miró con los ojos entornados. Él mantuvo la vista fija en el camino, con una sonrisa mínima que prometía no ceder ni bajo tortura.
La carretera descendía ahora del Atlas en largas curvas. El paisaje cambiaba kilómetro a kilómetro, como una novela que pasa de capítulo sin avisar. Los pinos dieron paso a olivos retorcidos, los olivos a palmeras, las palmeras a un valle larguísimo de aldeas fortificadas hechas de barro rojo, con torres cuadradas y murallas que parecían castillos de arena cuidadosamente pulidos por un niño gigante. Youssef las llamaba kasbahs. Sofía sacó el teléfono para fotografiarlas, pero la pantalla seguía sin señal, así que se conformó con guardarlas en la memoria, que para su sorpresa tenía más espacio del que creía.