La Novia Del Desierto

Capítulo 3: Cuatro camellos y una caja

A las cuatro y media de la madrugada, alguien le sacudió el hombro con una suavidad que no engañó a nadie.

—Sofía. Es hora.

Ella abrió un ojo. La habitación estaba en una oscuridad total, rota solo por el resplandor de un farol de aceite que Youssef sostenía en alto. Su silueta se recortaba contra la pared encalada, alta y silenciosa, con la túnica ya puesta y un turbante de lino azul oscuro alrededor de la cabeza.

—Son las cuatro y media —dijo ella, con la voz pastosa.

—Lo sé.

—Usted llegó una hora y media tarde al aeropuerto y ahora me despierta a las cuatro y media de la mañana. Me parece una incoherencia filosófica.

—Es una cuestión de logística. Levántese, hay té.

—Cinco minutos más.

—No tenemos cinco minutos.

Algo en su tono, una gravedad que no estaba ahí la noche anterior, la despertó del todo. Se incorporó de golpe, con el pelo revuelto y la manta enredada en las piernas. Youssef ya se había retirado hacia la puerta, y desde allí, sin mirarla, añadió:

—Póngase ropa de manga larga. Y el pañuelo azul. Le va a hacer falta.

Sofía se vistió en la penumbra con una velocidad récord. Pantalón de lino, blusa blanca, el pañuelo del mercado enrollado alrededor del cuello, las botas de caminar que había traído por si acaso y que hasta ese momento no había estrenado. Hizo la cama por puro reflejo, aunque sabía que no volvería a esa habitación. Colocó con cuidado en su maleta única los tres vestidos, la lista de proveedores, el kit de costura, el cargador solar, las cuarenta velas aromáticas y el frasquito de aceite de argán. La agenda verde la metió en el bolso cruzado, bien pegada al cuerpo. Después se quedó un momento mirando las otras tres maletas, cerradas contra la pared.

—Volveré por ustedes —les dijo, en voz baja, y se sintió ridícula.

En el patio, la casa entera estaba despierta. Khadija había preparado una bandeja de pan tibio y dátiles, y Hamid, con los ojos hinchados de sueño y el bigote despeinado, cargaba sacos y odres de agua con una eficiencia que contrastaba con su carácter jovial de la noche anterior. Los niños dormían todavía. Solo el más pequeño, el que había recibido la palmera dibujada, se asomaba desde el pasillo con el pijama arrugado, y al ver a Sofía levantó la mano y la agitó con timidez. Ella le devolvió el saludo con una sonrisa que le salió más triste de lo que quería.

Bebió el té de pie, quemándose la lengua, y salió con Youssef por la puerta azul hacia la calle. El aire de la madrugada era frío y seco, casi cortante, y olía a ceniza y a tierra mojada. Las calles de Zagora estaban vacías, iluminadas apenas por unas pocas farolas amarillentas que parpadeaban como luciérnagas cansadas. Caminaron en silencio durante unos diez minutos, hasta que las casas empezaron a espaciarse y el suelo se volvió blando bajo las suelas de las botas.

Entonces los vio.

En una explanada de arena junto a un pozo, arrodillados en el suelo con las patas dobladas bajo el cuerpo, descansaban cuatro camellos enormes. Las sombras que proyectaban en la luz grisácea del alba parecían las de animales mitológicos. Dos de ellos rumiaban con una calma contemplativa. El tercero tenía la cabeza metida entre las patas, durmiendo a pierna suelta. Y el cuarto, que levantó el cuello al verlos llegar y soltó un gruñido largo, familiar y sospechosamente alegre, era inconfundible.

—No —dijo Sofía.

—Sí.

—No puede ser.

—Se lo expliqué ayer. Hassan es de mi primo, y Hamid es mi primo, y Hassan es de Hamid. Todo queda en familia.

—Ese animal se comió mi pañuelo.

—Y le ha tomado cariño. Es una señal.

Hassan se levantó con un movimiento ondulante, primero las patas traseras, luego las delanteras, y avanzó hacia Sofía con los labios flojos y los ojos entornados en una expresión de dulzura perversa. Ella retrocedió dos pasos, pero el camello fue más rápido. Le olisqueó el pelo, le resopló en la nuca con un aliento cálido a hierba masticada y dejó caer la cabeza sobre su hombro, con todo el peso de un cuello de cuarenta kilos.

—Youssef. Me está abrazando.

—Eso hace con las personas que le gustan.

—No me gusta.

—A él sí.

Sofía se quedó rígida, sin saber qué hacer con las manos. Al final, casi a su pesar, levantó una y le dio a Hassan una palmadita torpe en el cuello, y el camello soltó un suspiro tan profundo y satisfecho que ella no pudo evitar sonreír.

—Mire —dijo Youssef con una media sonrisa—, ya tiene un amigo.

—No es un amigo. Es un riesgo.

—Es lo mismo, a veces.

La carga llevó cerca de una hora. Hamid y Youssef ataron los odres de agua, las mantas, las provisiones, la tienda de lona, un saco de harina, otro de dátiles, una bolsa de té y una lámpara de aceite, todo con un sistema de cuerdas y nudos que Sofía observó con una mezcla de fascinación y desconfianza. Su maleta fue a parar al lomo de un camello llamado Idris, un animal grande y serio de pelaje oscuro que miraba a todo el mundo con aire de juez cansado. Pero la caja del vestido fue otra cuestión.

—No cabe en ninguna parte —sentenció Hamid, rascándose la cabeza.

—Tiene que caber —dijo Sofía.

—Es demasiado grande. Es demasiado cuadrada. Y dice frágil.

—Por eso mismo.

Se quedaron los tres mirando la caja, que descansaba sobre la arena con su etiqueta roja y su corazón rosa dibujado a mano. Hassan se acercó, la olfateó, y estornudó con tanta fuerza que la caja se desplazó medio palmo. Sofía se lanzó a recuperarla con un grito.

—Eso es una señal —dijo Youssef.

—Eso es un atentado.

—Hassan puede llevarla. Él es el más estable de los cuatro.

—¿El más estable? ¡Se escapa todos los martes!

—Se escapa porque se aburre, no porque sea inestable. Es muy inteligente. Si le damos una tarea importante, la cuidará con su vida.

—No me fío.

—Entonces la llevará usted.

—¿Cómo?

—En brazos, sobre el camello. Montará a Hassan, y la caja irá delante de usted, atada a la silla. Es incómodo, pero es seguro.




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