La Novia Del Desierto

Capítulo 4: El pozo de Lalla Aicha

Durante casi una hora, ninguno de los dos mencionó la línea oscura del horizonte.

Era una de esas treguas silenciosas que se establecen sin necesidad de palabras, como cuando dos personas educadas fingen no oír un ruido extraño en el motor de un coche. Youssef cabalgaba delante, con la espalda recta y la mirada fija en el camino, y de vez en cuando giraba la cabeza hacia el sur con un movimiento rápido, casi furtivo, que Sofía registraba cada vez con una precisión de contable. Seis veces. Siete. Ocho.

Ella, por su parte, se concentraba en el balanceo de Hassan y en la caja del vestido, que se había convertido ya en una extensión de su propio cuerpo. Tenía los brazos entumecidos de tanto sujetarla. Le dolía el cuello, le ardían las mejillas bajo el pañuelo azul y la boca le sabía a polvo y a lana. Sin embargo, por primera vez desde que había salido de Santo Domingo, no estaba contando nada. Ni los minutos, ni los kilómetros, ni los días que faltaban para la boda. Solo existía el paso lento del animal, el crujido de la arena bajo las pezuñas, el silbido del viento sobre las crestas de las dunas.

El desierto, descubrió, tenía su propia música. Era una música sin melodía, hecha de pausas y de repeticiones, de un susurro que subía y bajaba como la respiración de un durmiente. Si uno escuchaba el tiempo suficiente, empezaba a distinguir matices. El viento del este tenía un tono más agudo, casi un silbido. El del sur, más grave, más tibio, con un fondo de zumbido que le erizaba la piel de los brazos. Y había instantes, breves y extraños, en que todo callaba de golpe y el silencio se volvía tan completo que Sofía oía el latido de su propia sangre en los oídos.

—Mentiste —dijo, cuando ya no pudo seguir callando.

Su voz sonó pequeña y seca en medio de tanta inmensidad. Youssef no se volvió, pero ella vio cómo se le tensaban los hombros bajo la túnica.

—¿Perdón?

—Antes. Dijiste que eran nubes. No son nubes.

—Nunca he dicho que fuera un experto en meteorología.

—Dijiste que eran nubes con el tono con que mi madre dice que no le duele la rodilla. Lo reconozco a kilómetros.

Hubo una pausa. Hassan resopló. Idris, atrás, tosió con desgana. Youssef tiró despacio de las riendas hasta situar su camello a la altura del de Sofía, y por un momento cabalgaron codo con codo, balanceándose al mismo ritmo, sin mirarse.

—Es una tormenta de arena —admitió al fin—. O lo será. Todavía está muy lejos. Dos días, quizás tres. Puede que cambie de rumbo. Puede que se deshaga antes de llegar. Las tormentas son caprichosas.

—¿Y por qué no me lo dijiste desde el principio?

—Porque sabía lo que iba a pasar.

—¿Qué iba a pasar?

—Que se pondría a calcular. Que sacaría la agenda, abriría una página nueva y empezaría a escribir planes de contingencia. Y que en lugar de mirar el desierto, lo miraría como un problema por resolver.

Sofía abrió la boca para protestar, pero él continuó, sin dureza, con un tono casi cansado:

—Hace dos días que no está a salvo de nada y aun así ha sonreído más que en todo el viaje. Me pareció un crimen estropearlo con una tormenta que todavía no existe.

Ella se quedó callada. Quería enfadarse, de verdad, con la rabia ordenada y precisa que la había acompañado toda la vida, pero la rabia no llegó. Lo que llegó, en cambio, fue una sensación incómoda y tibia, parecida a la de descubrir que alguien ha cuidado de ti sin que lo notes.

—No me trates como a una niña —dijo al fin, sin demasiada convicción.

—No lo hago. La trato como a una persona que merece un día sin miedo.

—Eso es tratarme como a una niña con otras palabras.

—Entonces perdóneme.

—No.

—Está bien.

—Pero la próxima vez, me lo dices. Aunque no me guste.

—Hecho.

—Por escrito.

—Otra vez con eso.

Ella lo miró de reojo y vio que sonreía. Era una sonrisa torcida, casi tímida, la de alguien que acaba de ser descubierto en una travesura y se siente extrañamente aliviado. Sofía desvió la vista hacia el horizonte para ocultar la suya.

El mediodía cayó sobre ellos como un martillo. El sol, vertical e implacable, borró todas las sombras y convirtió la arena en una superficie de fuego. Los camellos avanzaban con la cabeza gacha, los belfos flojos, los ojos entornados contra el resplandor. Sofía sentía el sudor corriéndole por la espalda, bajo la blusa, y en la boca una sequedad que ni el agua tibia del odre lograba aliviar. Se mojó el pañuelo y se lo puso de nuevo sobre la cabeza, pero a los cinco minutos ya estaba seco.

—Falta poco —dijo Youssef, sin que ella hubiera preguntado nada.

—¿Para qué?

—Para el pozo.

—¿Qué pozo?

—El de Lalla Aicha.

—¿Quién es Lalla Aicha?

—Una vieja amiga de mi abuelo. Y mía, supongo. Vive con su familia al pie de la sierra de arenisca. Nunca me deja pasar de largo.

Pasó casi una hora antes de que Sofía viera algo distinto en el paisaje. Primero fue un destello lejano, una chispa de luz que parecía venir de un espejo. Luego, una mancha verdosa, difusa, que flotaba sobre el horizonte y que ella tomó por un espejismo. Después, con una lentitud casi cruel, la mancha se fue concretando: un grupo de acacias torcidas, un puñado de palmeras bajas, y entre ellas, medio ocultas por la sombra, las formas oscuras de unas tiendas de pelo de cabra.

—No es un espejismo —dijo, casi con miedo a romper el hechizo.

—No. Es un campamento.

—Hay árboles.

—Hay agua. Los árboles solo son la consecuencia.

Los camellos, que debían de haber olido el agua desde hacía rato, apretaron el paso con un entusiasmo súbito. Hassan se lanzó al trote, y Sofía tuvo que agarrarse con las dos manos a la silla mientras la caja del vestido saltaba delante de ella como un animal vivo. Gritó, rio, volvió a gritar. Detrás, Youssef soltó una carcajada que se perdió en el aire caliente.

Al acercarse, el campamento reveló sus detalles uno por uno. Había cinco tiendas bajas, de tela oscura tejida en bandas, plantadas en círculo alrededor de un pozo de piedra redondo, con un brocal gastado por siglos de cuerdas. Un puñado de cabras negras rumiaba a la sombra de un acantilado rojizo. Dos niños jugaban con una pelota hecha de trapos. Una mujer joven, con un velo de color índigo, molía grano sobre una piedra plana. Y en el centro, sentada sobre una alfombra desteñida, con las piernas cruzadas y una taza de té en las manos, una anciana diminuta los observaba llegar con unos ojos negros y vivaces que no perdían detalle.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.