La Novia Del Desierto

Capítulo 5: El silencio de los pájaros

Se despidieron de Lalla Aicha al amanecer, cuando el cielo todavía no había decidido su color y las estrellas se retiraban una a una, como invitados discretos que no quieren estorbar la llegada del día. El campamento entero salió a verlos partir. Las mujeres formaron un semicírculo junto al pozo, con las manos cruzadas sobre el pecho. Los hombres se quedaron un poco más atrás, apoyados en sus bastones, mirando el horizonte con esa seriedad que Sofía ya sabía interpretar. Los niños corrían entre los camellos, tocándoles las patas, dándoles palmadas en el cuello, hasta que Meriem los llamó con un silbido corto y volvieron a su sitio de mala gana.

Ayoub fue el último en acercarse. Se detuvo junto a Hassan, con las manos escondidas a la espalda y la cara muy seria, y esperó a que Sofía, ya subida a la silla, se inclinara hacia él.

—Es para ti —dijo en un francés cuidadoso, y le tendió algo pequeño envuelto en una hoja seca.

Sofía lo desenvolvió con cuidado. Dentro había una piedra del tamaño de una nuez, redonda y lisa, de un color entre rojo y violeta, con una veta blanca que la cruzaba como un río diminuto. Todavía estaba tibia, como si el niño la hubiera guardado un buen rato en el puño.

—La encontré en el wadi —explicó—. Dicen que da suerte a los viajeros que vuelven.

—¿Y si no vuelvo?

—Entonces la suerte se queda aquí y te espera.

Sofía sintió que algo se le deshacía en el pecho. Quiso decir algo, pero solo le salió una sonrisa temblorosa. Guardó la piedra en el bolsillo de la blusa, junto al corazón, y se inclinó un poco más para despeinar al niño con la mano. Él se apartó con una dignidad ofendida de hombre de diez años, pero no pudo evitar sonreír.

Lalla Aicha no dijo adiós. Se quedó sentada en su alfombra, con la taza de té en las manos, y cuando Youssef pasó a su lado montado en el camello, levantó la vista y le dijo solamente, en árabe, una frase corta que él contestó con una inclinación de cabeza. Después la anciana miró a Sofía, y durante un momento largo sus ojos negros se detuvieron en ella con una intensidad que no necesitaba traducción. Sofía llevó la mano al bolso, donde reposaba el collar de plata, y asintió sin palabras.

La caravana se puso en marcha.

Durante la primera hora, la luz fue haciéndose cada vez más dorada, y las dunas cambiaban de forma a medida que el sol subía. Sofía había aprendido ya a reconocer sus nombres, o al menos los que Youssef les ponía, porque ninguno aparecía en ningún mapa. Había la duna del Perezoso, larga y baja, que parecía una persona tendida de lado. Había la de los Tres Hermanos, tres crestas paralelas que se alzaban una detrás de otra. Había una pequeña, casi redonda, que Youssef llamaba la Barriga del Camello y que a Sofía le provocó una carcajada tan sonora que Hassan giró el cuello para mirarla con reproche.

Poco a poco, sin embargo, algo empezó a cambiar.

No fue un cambio brusco. Fue una acumulación de detalles pequeños, de esos que uno solo advierte cuando ya son demasiados. Primero fue el silencio. Sofía llevaba tres días en el desierto y se había acostumbrado a su música de viento y de arena, pero aquella mañana había algo distinto, una ausencia. Tardó casi una hora en comprender qué era. No había pájaros. Los días anteriores, aun en lo más profundo de las dunas, había oído de vez en cuando el chillido de algún halcón, el aleteo de unas alondras diminutas, el canto breve de un pájaro que Youssef llamaba el cantor del alba. Esa mañana, nada. El cielo estaba vacío y azul, con un azul demasiado perfecto, demasiado quieto.

—No hay pájaros —dijo en voz alta.

Youssef no respondió enseguida. Siguió avanzando unos metros más, y cuando por fin habló, lo hizo sin volverse.

—Lo sé.

—¿Es normal?

—No.

—¿Qué significa?

—Significa que los pájaros saben cosas que nosotros no.

Sofía sintió que la piel de los brazos se le erizaba, pese al calor creciente. Miró hacia el sur, donde la línea oscura del horizonte seguía allí, pero ya no parecía una pared. Parecía una pincelada difusa, como si alguien hubiera pasado un dedo manchado de tinta sobre el borde del cielo. No se había acercado, o al menos no de manera visible. Pero algo en ella, una especie de manto grisáceo y apagado, había comenzado a extenderse.

—¿Estamos yendo hacia ella? —preguntó.

—No. Vamos hacia el este. Rodeamos.

—¿Cuánto tardaremos en rodearla?

—Un día más de lo previsto, quizás dos.

Sofía hizo un cálculo mental y apretó los labios. La boda era el martes. Hoy era sábado. Si todo salía bien, y nada indicaba que fuera a salir bien, llegarían al oasis el lunes por la tarde, a media jornada de la ceremonia, con treinta y cinco invitados esperando y ni una sola mesa montada. La parte racional de su cerebro, esa voz seca que llevaba años dirigiendo su vida, empezó a enumerar posibles soluciones: llamar por teléfono, contratar ayuda local, delegar la decoración en el personal del oasis. Pero había un problema evidente. No había teléfono.

Se mordió el labio. Sacó la agenda, la abrió en la página del día y se quedó mirando la hoja en blanco sin saber qué escribir. Alrededor, el paisaje seguía su curso lento. El calor subía. El sudor le resbalaba por la espalda. Y Youssef, delante, cantaba por lo bajo una melodía que parecía más una oración que una canción.

—Estás haciendo una lista —dijo él, de pronto.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque has dejado de respirar con normalidad.

—No es una lista.

—Entonces es una lista mental.

—Es un análisis de riesgos.

—Sofía.

—¿Qué?

—Guarda eso un momento. Mira.

Ella levantó la vista. Habían llegado a la cresta de una duna alta, y ante ellos se abría un valle extraño, un anfiteatro natural de arena rosada rodeado de paredes de piedra roja, erosionadas por el viento en formas fantásticas. Había arcos, columnas, agujas, cavidades profundas como bocas de cuevas. En el centro, perfectamente nítido, se alzaba un único árbol, una acacia retorcida de tronco negro y ramas desnudas que parecía haber sido dibujada con tinta china sobre una hoja de papel.




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