El primer golpe no fue de viento. Fue de presión.
Sofía lo sintió en los oídos, como cuando un avión desciende demasiado rápido, un empujón sordo que le llenó la cabeza de algodón y le hizo abrir la boca por instinto. Un segundo después llegó el sonido. No era el rugido que había imaginado, ni el silbido de las películas. Era algo más grave y más extenso, un bramido continuo que parecía salir de debajo de la tierra y que le subió por las costillas, por los brazos, por las muelas. Todo vibraba. La roca contra la que estaba apoyada, las mantas, el suelo, incluso el aire que respiraba a través del pañuelo húmedo.
Y entonces se hizo de noche.
No como se hace de noche a las ocho, con un cielo que se oscurece poco a poco y deja a las estrellas el trabajo de iluminar. Fue una noche instantánea, absoluta, de esas que no admiten matices. Sofía abrió los ojos y no vio nada. Ni sombras, ni siluetas, ni un resto de luz gris. Movió la mano libre delante de su cara y tampoco la vio. Tuvo la sensación vertiginosa de que alguien la había borrado del mundo, de que solo existían la piedra contra su espalda, el ruido que la envolvía y esa otra mano, la de Youssef, que apretaba la suya con una fuerza casi dolorosa.
—Estoy aquí —dijo él.
Lo dijo pegado a su oído, casi rozándole la oreja con los labios, porque de otra manera no habría podido oírlo. Aun así, su voz llegó con una claridad extraña, como si el bramido se apartara un instante para dejarla pasar.
—Estoy aquí —repitió ella, y notó que le temblaba la voz.
—Respira despacio. Por la nariz. No hables más de lo necesario.
—Vale.
—Voy a taparte la cabeza con la manta. No te asustes.
Sintió el peso de la lana sobre el pelo, sobre la frente, sobre los hombros. Un olor intenso a camello, a humo y a polvo le llenó la nariz. Después un brazo la rodeó, firme, y la atrajo hacia un cuerpo cálido que se acomodó contra el suyo, formando entre los dos una especie de concha. Youssef se había echado sobre ella de lado, con la espalda hacia el exterior, protegiéndola del lado más expuesto de la grieta. Sofía quiso protestar, decir que no hacía falta, que ella podía sola, pero entonces la arena empezó a llegar de verdad y se dio cuenta de que no podía nada.
Era un golpeteo seco y constante, como si alguien arrojara puñados de gravilla contra las mantas. Primero esporádico, luego continuo, luego un granizo fino y furioso que se colaba por cualquier rendija. Le entraba por el cuello de la blusa, por los puños, por la cintura. Se le pegaba a los labios a pesar del pañuelo. Notó el sabor a tierra en la lengua y apretó la boca con fuerza, y sintió que los ojos le lloraban por debajo de los párpados cerrados.
Pasó un tiempo que no supo medir.
Era lo más extraño de todo, esa disolución de los minutos. Había pasado la vida pendiente del reloj, dividiendo las horas en bloques de quince minutos, asignando a cada uno su color y su tarea, y ahora no sabía si llevaban allí cinco minutos o dos horas. El tiempo se había convertido en una materia espesa, sin bordes. Solo existían el ruido, la oscuridad, el calor ajeno que la sostenía, el latido que sentía contra su espalda y que, poco a poco, fue reconociendo como el de Youssef.
Era un latido rápido. Más rápido de lo que habría esperado. Y sin embargo su respiración era lenta, regular, deliberada, la de quien se obliga a calmar al otro aunque él mismo no esté calmado.
—Estás asustado —murmuró ella, sin saber si la oiría.
—Sí.
—Dijiste que no se notaba.
—Estás pegada a mi pecho. Es difícil esconderlo.
Una risa mínima se le escapó. Fue casi un suspiro, ahogado por el pañuelo y la manta, pero le sentó como un trago de agua fresca. Notó que él también sonreía, aunque no pudiera verlo, por el modo en que le cambió la respiración.
—¿Esto es lo peor que has vivido? —preguntó.
—No. Pero está entre las primeras.
—¿Y cuál es la primera?
—La carta de Samira.
La respuesta la sorprendió tanto que se quedó callada. Los dos se quedaron callados. El bramido seguía envolviéndolo todo, y sin embargo, en medio del estruendo, la confesión sonó como un susurro dentro de una iglesia.
—Perdona —dijo él—. No sé por qué lo he dicho.
—No pidas perdón.
—Es que me parece una comparación absurda.
—No lo es. —Apretó su mano con los dedos que tenía libres—. Hay tormentas que se ven venir y tormentas que te caen sin aviso. Y las segundas son siempre las peores.
Youssef no contestó. Pero ella sintió cómo se aflojaba un poco el abrazo, cómo la tensión de sus hombros se disolvía, cómo el aire que exhalaba contra su pelo se volvía más tibio y más largo.
Hubo un golpe contra la roca. Un golpe sordo, pesado, que sacudió la grieta entera. Sofía dio un respingo y contuvo un grito.
—Una piedra —explicó él—. El viento arrastra de todo.
—¿Puede caernos encima?
—No. Esta grieta es profunda. Llevo años refugiándome aquí.
—¿Años?
—No en esta peña. En otras parecidas. Pero la forma es la misma. Una roca sólida, una abertura estrecha, los animales delante. No se puede hacer más.
Ella pensó en los camellos. En Hassan, que se había echado delante de la caja con tanta solemnidad. Los imaginó allí fuera, con las patas dobladas y los cuellos pegados a la arena, aguantando el vendaval con una paciencia milenaria. Sintió una ternura repentina y feroz por ellos, y se dio cuenta de que era la primera vez que quería de verdad a un animal.
—¿Estarán bien? —preguntó.
—Son del desierto. Han vivido esto muchas veces.
—Pero Hassan es joven.
—Y testarudo. Es lo mejor que se puede ser en una tormenta.
—Si le pasa algo...
—No le pasará nada.
—Júramelo.
—Sofía.
—Júramelo, por favor.
Ella misma notó cómo se le quebraba la voz. No había querido decirlo así, con ese temblor, pero salió sin permiso. Él se quedó un instante en silencio, y luego, con una dulzura que ella no le conocía, le dijo al oído: