La Novia Del Desierto

Capítulo 7: El cañón de las voces

El cañón apareció de pronto, como una grieta abierta en la tierra por un cuchillo gigante.

Desde la cresta de la última duna no se veía nada, solo una línea oscura que cortaba la llanura y un puñado de rocas rojizas que sobresalían como los dientes de un animal dormido. Pero al bajar por la ladera, con la arena cediendo bajo las botas y el eco del gemido llegando cada vez más nítido, Sofía vio cómo el suelo se abría ante ellos en una garganta estrecha, de paredes altísimas y lisas, pulidas por siglos de viento. Dentro reinaba una penumbra azulada y fresca, y el aire que salía de allí olía a piedra húmeda, a sombra, a algo que ella había olvidado desde hacía días: a agua.

—Despacio —dijo Youssef, deteniéndola con una mano en el brazo—. Aquí dentro los sonidos engañan.

—¿Cómo que engañan?

—Las paredes los devuelven. Lo que oyes a la derecha puede estar a la izquierda. Los antiguos lo llamaban el cañón de las voces.

—Qué encantador.

—Dicen que algunas noches se oyen conversaciones enteras. Hombres que pasaron hace mil años, todavía discutiendo el precio de una cabra.

Sofía lo miró de reojo para ver si bromeaba. Él tenía la cara seria, pero en la comisura de los labios se le escondía algo parecido a la diversión, y ella soltó el aire que había contenido.

—Mientras no discutan el precio de mi camello —dijo.

—Hassan no es tu camello.

—Hace tres días que lo es.

—Él opina distinto.

Entraron en fila, Youssef delante, con la mano apoyada en la pared de roca. El suelo del cañón era una alfombra de arena fina y guijarros redondos, y a medida que avanzaban, la luz se fue apagando hasta convertirse en un resplandor lejano que caía desde lo alto en una franja dorada. El silencio era profundo y distinto al del desierto abierto. Allí se oía todo: el roce de las suelas, el tintineo del odre contra la cadera de Sofía, el latido de su propia sangre. Y debajo de todo, intermitente, llegaba el gemido.

Un lamento largo, grave, que subía y se quebraba. Esta vez Sofía lo oyó con tanta claridad que sintió un nudo en la garganta.

—Está cerca —susurró.

—Sí.

—Suena mal.

—Suena cansado. No es lo mismo.

—Para mí sí.

—Para mí también —admitió él, y aceleró el paso.

Doblaron una curva, y otra, y otra más. El cañón se estrechaba hasta el punto en que Sofía tenía que caminar de lado, con la espalda rozando la roca. Después, de golpe, se ensanchaba de nuevo en una especie de salón circular, un anfiteatro natural de paredes altas donde la luz entraba en una columna vertical, como en una catedral. En el centro, sobre un charco de arena oscura, estaba Hassan.

Estaba echado de lado, con las patas dobladas de una manera extraña, el cuello estirado sobre la arena y la cuerda rota enrollada alrededor de una pata delantera. Tenía los ojos entreabiertos, vidriosos, y la lengua asomaba entre los belfos, seca y grisácea. Al oírlos llegar levantó apenas la cabeza, y soltó un sonido ronco y ahogado, un suspiro de pura rendición, y volvió a dejarla caer.

Sofía no pensó. Corrió hacia él, se arrodilló en la arena y le tomó la cabeza entre las manos, apoyándola sobre sus rodillas. El animal olía a polvo, a sudor, a miedo viejo. Tenía las pestañas apelmazadas, la piel del cuello caliente, los costados hundidos, y respiraba con un jadeo corto que le hizo daño de oír.

—Hassan —dijo, con la voz hecha trizas—. Hassan, amigo, ya estoy aquí. Ya estoy aquí, mi vida.

El camello abrió un poco más los ojos. La miró con una expresión de reconocimiento inmenso, casi doloroso, y dejó caer el hocico contra su brazo. Sofía sintió cómo le temblaba todo el cuerpo bajo las manos. Lloró sin vergüenza, en silencio, con las lágrimas resbalándole por la barbilla y cayendo sobre el pelaje polvoriento.

Youssef se arrodilló al otro lado. Con una delicadeza que contrastaba con sus manos enormes, examinó al animal de pies a cabeza: las patas, los ijares, el vientre, los ojos, las encías. Le abrió la boca con dos dedos y la inspeccionó a la luz. Le palpó la pata enredada en la cuerda. Le pasó la mano por el lomo, despacio, siguiendo la línea de las costillas.

—Está deshidratado —dijo—. Mucho. Pero no tiene nada roto. La pata está magullada, no fracturada. Se enredó con la cuerda al correr, y estuvo horas intentando soltarse.

—¿Se va a poner bien?

—Si le damos agua despacio, sí. Muy despacio. Si bebe de golpe, se le revuelve el estómago.

—Tengo el odre.

—Tráelo. Pero primero, ayúdame a soltarle la pata.

Trabajaron juntos, en silencio, con la concentración absorta de quienes cuidan algo muy frágil. Youssef cortó la cuerda con su cuchillo, fibra a fibra, y Sofía sostuvo la pata magullada con las dos manos mientras él la liberaba. La piel debajo estaba rosada, con una raya profunda marcada por la soga, pero sin sangre. Ella la masajeó con cuidado, y Hassan resopló, agradecido, y sacudió una oreja.

Después le dieron agua. Youssef llenó el cuenco de una mano, que sostenía entre los dedos juntos, y se lo acercó al hocico poco a poco. El camello bebió con una avidez conmovedora, la lengua áspera rozándole la palma, y cuando intentó meter el hocico entero en el odre, Sofía lo retuvo con suavidad y le habló al oído.

—Despacio, bonito. Despacio. Hay más. No te lo vamos a quitar.

Hassan la miró, y obedeció.

Pasaron casi una hora así, en cuclillas junto al animal, dándole agua a sorbos, acariciándole el cuello, hablándole en una mezcla de español y árabe que a ratos se confundía. Poco a poco, el camello fue recuperando la respiración. Los ojos se le aclararon. Levantó la cabeza, primero un palmo, luego dos, y finalmente, con un esfuerzo enorme, consiguió enderezar el cuello y apoyar el hocico sobre el hombro de Sofía en ese gesto de abrazo que ella ya conocía.

—Eres un tonto —murmuró ella, con la cara pegada a su pelaje—. Un tonto enorme y valiente. No vuelvas a asustarme así.




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