Youssef ya estaba despierto cuando Sofía abrió los ojos.
Lo supo antes de verlo, por el olor a leña recién encendida y por el rumor del agua que alguien calentaba en la tetera ennegrecida. La luz que entraba por la abertura del techo era todavía de un gris tenue, sin una gota de color, y la cueva de la guelta conservaba la frescura de la noche. Se incorporó despacio, con el cuerpo entero protestando. Le dolía la espalda, le dolían las caderas, le dolían hasta las pestañas, y tardó un buen rato en recordar que aquello que tenía bajo la cabeza no era una almohada sino su propio bolso, con la agenda dentro, la piedra de Ayoub y el collar de plata de Lalla Aicha.
Zayan seguía dormido, con la manta burdeos subida hasta la barbilla y una expresión más tranquila que la de la víspera. Respiraba bien. Tenía el color un poco mejor. A su lado, sobre una piedra plana, alguien había dejado un cuenco de agua y tres dátiles, ordenados en fila con una precisión casi insultante.
Sofía se levantó, se lavó la cara en la charca y salió al anfiteatro. Youssef estaba de espaldas, en cuclillas frente al fuego, removiendo algo en una olla. No se volvió al oírla llegar. Tenía los hombros rectos, la nuca tensa, y en la forma en que sostenía la cuchara había una concentración que no correspondía a unas simples gachas de harina.
—Buenos días —dijo ella.
—Buenos días.
—¿Has dormido?
—Un poco.
—Mientes.
—Sí.
Lo dijo sin sonreír, y eso, más que cualquier otra cosa, la inquietó. Se sentó frente a él, al otro lado del fuego, y aceptó el cuenco de gachas calientes que le tendió. Era una papilla espesa de harina y agua, endulzada con dátiles machacados, y le supo a gloria. Comió en silencio, observándolo por encima del borde del cuenco. Él evitaba su mirada con una habilidad casi artística.
—Youssef.
—Dime.
—Lo de anoche...
—Fue un momento. La tormenta, el cansancio, la fiebre del príncipe. Cosas que pasan.
—No fue la fiebre del príncipe.
—Sofía. —Levantó por fin la cabeza, y sus ojos ámbar estaban serenos, demasiado serenos—. Tenemos que volver al campamento. Tenemos que cargar ese teléfono. Tenemos que llevar a este hombre a un sitio donde alguien lo reciba. Después de eso tendremos tiempo para todo lo demás.
—¿Para todo lo demás?
—Para lo que sea.
Ella entendió que era una puerta cerrada con mucha delicadeza, y que detrás de esa delicadeza había miedo. Quiso insistir, pero se contuvo. Había aprendido en el desierto que a algunas cosas hay que dejarles el tiempo que piden, y que forzarlas era como tirar de una planta para que crezca más deprisa.
—De acuerdo —dijo—. Pero me debes esa conversación.
—Lo sé.
—Con testigos.
—Con testigos.
Esta vez sí, la comisura de los labios se le curvó un milímetro. Fue apenas un gesto, pero a Sofía le bastó para respirar mejor.
Zayan se despertó un poco después, con una claridad mental que sorprendió a los dos. Se incorporó sin ayuda, bebió el agua que había junto a su cabeza, comió los dátiles con apetito y pidió, en su francés elegante, permiso para lavarse. Cuando regresó de la charca, con la cara limpia y la barba húmeda, parecía otro hombre. Seguía pálido y ojeroso, pero había en su porte una dignidad natural que no se había hecho visible hasta entonces, la de alguien acostumbrado desde niño a que lo miraran al entrar en una sala.
—Me han contado que partirán hoy a buscar un cargador —dijo—. Quisiera acompañarlos.
—No está en condiciones —respondió Youssef.
—Estoy en mejores condiciones de las que usted cree.
—Ayer estaba delirando.
—Ayer estaba deshidratado. Hoy solo estoy avergonzado. —Sonrió con un dejo de ironía—. Prefiero caminar a quedarme solo en un cañón que, según me dicen, habla.
—Habla cuando le da la gana —aclaró Sofía.
—Entonces con mayor razón.
Youssef lo estudió durante unos segundos largos. Luego, con un gesto de resignación, se encogió de hombros y llamó a Hassan, que acudió con paso ligero y la cabeza alta, como un caballero convocado por su rey. La pata magullada apenas se le notaba. Había recuperado el brillo de los ojos, y cuando olfateó a Zayan, con la solemnidad de un inspector aduanero, pareció darle su aprobación con un resoplido breve.
—Montará él —dijo Youssef—. Despacio. Nosotros iremos a pie.
—No es necesario...
—Es necesario. Si se desmaya en medio del camino, tendré que cargarlo, y no pienso hacerlo.
—Es usted muy franco.
—Es mi defecto principal.
—Y yo que creía que era su encanto.
Sofía tuvo que fingir una tos para ocultar la risa.
Salieron del cañón con el sol todavía bajo, en una fila silenciosa: Youssef delante, abriendo camino; Sofía en medio, con el odre al hombro; Zayan detrás, sobre el lomo de Hassan, con la manta burdeos echada sobre los hombros y el estuche de la diadema, que se había negado a abandonar, sujeto a la silla con una correa. Detrás del último recodo, el todoterreno blanco quedó atrás, medio hundido en su duna, con las puertas abiertas y las maletas de cuero esparcidas a su alrededor como un naufragio. Zayan volvió la cabeza una sola vez para mirarlo. No dijo nada.
El desierto, esa mañana, tenía un aspecto distinto. La tormenta había barrido el aire, y ahora todo brillaba con una claridad casi dolorosa. Las dunas, recién modeladas, mostraban perfiles nítidos, afilados, de una limpieza que parecía recién estrenada. Hasta los colores eran más intensos: el ocre más ocre, el azul más azul, el rojo de las piedras más profundo. Sofía caminaba con la cabeza levantada, respirando a fondo, y de vez en cuando se detenía a contemplar una cresta o el dibujo del viento sobre la arena, con la admiración callada de quien ha dejado de tener prisa sin darse cuenta.
—Es hermoso —dijo Zayan, desde la silla, como leyéndole el pensamiento.
—Sí.
—Yo nací en un lugar parecido. A trescientos kilómetros de aquí, al otro lado de las montañas. Y sin embargo, nunca lo había mirado. Siempre iba demasiado rápido, en coches cerrados, con las ventanillas tintadas.