La Novia Del Desierto

Capítulo 9: El cauce seco

Partieron al día siguiente, antes de que el sol terminara de subir, con la sensación extraña de ser una expedición que nadie había planeado y que, sin embargo, parecía haber estado esperando su turno desde hacía mucho tiempo.

Habían pasado la noche junto a la peña, los tres alrededor de un fuego pequeño, y casi no habían hablado. Había sido una de esas veladas en que el silencio no pesa, porque todos los presentes están ocupados rumiando lo mismo. Zayan, con el teléfono satelital sobre las rodillas y el cargador solar todavía enchufado, había releído tres veces el mensaje de Layla, moviendo los labios sin emitir sonido. Youssef había vuelto a su talla de madera, aunque esta vez no sacaba de ella ninguna forma reconocible. Y Sofía, sentada con la espalda contra la piedra, había abierto la agenda en una página nueva, había escrito arriba la fecha, y después se había quedado mirando el papel un buen rato, sin escribir nada más.

Lo que sí había hecho, al final, fue dibujar un mapa. Un mapa tosco, de trazos inseguros, con una línea ondulada que representaba el cauce del wadi y una cruz pequeña al otro extremo, donde pintó una cúpula diminuta. Debajo, con la tinta azul de los proveedores, anotó tres palabras: tres días, mínimo. Luego, con el bolígrafo morado, añadió una cuarta: quizás.

Ahora, mientras caminaban bajo un cielo de un azul recién lavado, ese mapa le parecía una ingenuidad conmovedora.

El wadi no era lo que ella había imaginado. Había pensado en una especie de río seco, un lecho de piedras blancas encajonado entre dos paredes, como los que salían en los documentales. Pero aquel cauce era ancho, casi una avenida, una llanura de grava fina y arena gruesa de más de cien metros de lado a lado, orlada de matorrales grises y de acacias achaparradas que se doblaban sobre sí mismas como ancianos. A trechos, la tierra mostraba grietas poligonales, restos de un barro que había sido húmedo hacía años. En algunos tramos, el suelo estaba cubierto de una costra blanquecina de sal, que crujía bajo las botas como una capa de escarcha.

—Llovió aquí hace once años —explicó Youssef, caminando a su lado—. Una tormenta que duró tres días. El agua bajó por este cauce como un tren. Se llevó dos camellos de una caravana y a un hombre que dormía.

—Qué alegre.

—Son las historias que se cuentan a los niños para que no duerman en los wadis.

—Y tú duermes en ellos.

—Yo no. Yo duermo en las orillas. Es distinto.

—Siempre dices que es distinto.

—Porque siempre lo es.

Zayan, que iba sobre Hassan unos metros más atrás, soltó una risa corta. Había recuperado el color de las mejillas durante la noche, y la manta burdeos, ahora recogida como un chal elegante sobre los hombros, le daba un aire de aristócrata en excursión. Sofía lo miró de reojo. Era curioso, pensó, cómo el cansancio le había quitado años de encima. Cuando lo vio por primera vez, dentro del coche, le había parecido un hombre de cuarenta. Ahora, bajo la luz del mediodía, apenas aparentaba treinta.

—¿Puedo preguntarles algo? —dijo él.

—Siempre —respondió Youssef.

—¿Cómo se conocieron ustedes dos?

—En un aeropuerto —contestó Sofía.

—Ella me esperaba con cara de fiscal —añadió Youssef.

—Tú llegaste una hora y media tarde.

—Y fue una hora y media muy bien aprovechada. Compré dátiles, saludé a un amigo, ayudé a un señor con una rueda pinchada.

—Qué heroico.

—Tengo mis momentos.

Zayan los miraba alternativamente, con una sonrisa cada vez más amplia.

—Pues me da la sensación de que ya se conocen desde hace mucho tiempo.

—Hace seis días —dijo Sofía.

—¿Seis?

—Seis. Los he contado.

—Ya lo suponía —murmuró Youssef.

El príncipe se inclinó hacia delante, apoyando las manos en la silla, y bajó un poco la voz, como quien comparte un secreto.

—Hay personas con las que uno puede pasar veinte años y no llegar a conocerlas, y otras con las que basta una tormenta de arena. Yo conocí a Layla cuando tenía cuatro años y me tomó diecisiete entender que no la conocía. Ustedes, en cambio, parecen haberse leído el uno al otro desde el principio.

Nadie respondió. Sofía sintió que la sangre le subía a las mejillas y se dedicó con enorme atención a ajustar la correa del odre. Youssef, a su lado, miró al horizonte con demasiado interés. Y Hassan, el único que parecía divertirse de verdad, soltó un resoplido que bien podía ser una carcajada de camello.

Caminaron durante toda la mañana por el lecho del wadi, siguiendo la curva suave que lo llevaba hacia el este. A mediodía la temperatura subió con rapidez, pero la brisa que soplaba del norte, constante y seca, hacía el calor soportable. Sofía había aprendido a regular el paso, a respirar por la nariz, a beber sorbos pequeños, a mirar el suelo unos metros por delante para no tropezar con las piedras sueltas. Las botas, que al principio le parecían un instrumento de tortura, empezaban a amoldarse a sus pies como un viejo amigo.

Hicieron un alto bajo una acacia, junto a un pequeño banco de arena donde crecía, milagrosamente, un puñado de hierbas verdes. Youssef las examinó con la punta del dedo, las olió, se arrodilló y excavó con las manos un hueco poco profundo. La arena, al cabo de unos veinte centímetros, se volvió oscura y húmeda.

—Hay agua —dijo.

—¿Aquí?

—Debajo. A poca profundidad. Con paciencia, se puede sacar.

Sofía se arrodilló a su lado y le ayudó a cavar. El hoyo se fue llenando poco a poco con un hilo de agua turbia, grisácea, que olía a tierra y a hierro. Youssef la dejó reposar un buen rato, la filtró con un trapo, la hirvió sobre el fuego durante unos minutos, y por fin le ofreció una taza a Sofía.

—Es salobre —advirtió—. Pero se puede beber. Para los camellos es un lujo.

Ella probó un sorbo. Hizo una mueca involuntaria.

—Sabe a monedas.

—Sabe a vida.

—Sabe a monedas viejas.




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