La Novia Del Desierto

Capítulo 10: La hora del pan y de la sal

Sofía despertó con un sonido que no sabía nombrar.

Era un murmullo bajo, constante, hecho de muchas voces pequeñas y de algo más metálico, un golpeteo suave que se repetía con la paciencia de un reloj. Abrió los ojos y vio sobre su cabeza el borde del toldo, de un gris pálido, y detrás, un cielo todavía sin color. Se quedó quieta unos segundos, escuchando. Tardó en comprender que era el despertar de una caravana entera: las mujeres moliendo grano, los hombres atando las cargas, los niños corriendo descalzos entre los camellos, y el tintineo de las campanillas de cobre que cada animal llevaba al cuello y que sonaban con cada sacudida de cabeza.

Se incorporó despacio. Alguien le había echado encima, durante la noche, una manta que no era suya, de lana fina teñida de azul oscuro, con un borde bordado de rombos blancos. Olía a humo, a cabra y a una especie de resina dulce. La dobló con cuidado, con la misma devoción con que doblaba los manteles de las bodas más caras, y la dejó junto a su bolso.

A pocos pasos, sentado en cuclillas junto a un fuego recién encendido, Youssef conversaba en voz baja con Amastan. Los dos tenían la misma postura, la misma manera de apoyar los antebrazos en las rodillas, y Sofía pensó que, vistos de espaldas, podrían haber pasado por abuelo y nieto. El anciano hablaba despacio, con la mano derecha trazando en el aire líneas largas, y de vez en cuando señalaba hacia el este con el mentón. Youssef asentía, hacía alguna pregunta corta, volvía a asentir.

—Buenos días, señora del reloj —dijo, sin volverse.

—¿Cómo sabes que estoy despierta?

—Porque has dejado de respirar como una persona dormida. Respiras como una persona que está contando.

—No estoy contando.

—Estás contando las mantas.

Sofía abrió la boca para negarlo y se dio cuenta de que, efectivamente, había estado calculando cuántas mantas tenían entre los tres y cuántas podían pedir prestadas sin parecer abusivos. Cerró la boca. Youssef sonrió de espaldas, y ella tuvo que reconocer que empezaba a resultar insoportable que la conociera tan bien.

—¿Qué dice Amastan? —preguntó, acercándose al fuego.

—Muchas cosas. Algunas útiles.

—Dime las útiles.

—Que conoce un atajo.

Se sentó a su lado y aceptó el vaso de té que le ofrecía una de las mujeres, una joven de ojos enormes y pulseras de plata que le sonrió sin decir una palabra. Era el té de la mañana, más ligero que el de la noche, con menos azúcar y un aroma intenso a hierbas montañosas. Lo bebió despacio, mientras Youssef continuaba.

—Dice que si seguimos el cauce del wadi hasta el final, tardaremos tres días en llegar al oasis, como pensábamos. Pero que si cortamos por una garganta que se abre a medio día de camino, y luego atravesamos un campo de dunas bajas que él conoce desde joven, podemos hacerlo en día y medio.

—Día y medio.

—Si no hay contratiempos.

—Siempre hay contratiempos.

—Por eso dice día y medio y no uno.

Sofía hizo el cálculo en silencio. Era domingo por la mañana. Día y medio significaba llegar el lunes por la tarde, en el mejor de los casos. La boda era el martes. Con la cúpula rota, treinta y cinco invitados, un oasis en obras y una novia que no sabía nada, aquello dejaba un margen tan estrecho que apenas se podía llamar margen.

—Es peligroso, ¿verdad? —preguntó.

—Es incómodo. Hay que cruzar una zona de piedras sueltas donde los camellos van despacio, y después un tramo de arena muy blanda donde se hunden hasta las rodillas. Pero no es peligroso. No con Amastan.

—¿Confías en él?

—Con los ojos cerrados.

—¿Y por qué?

—Porque me conoce desde que tenía ocho años. Me dio mi primer vaso de té de los tres. Y me dijo, hace mucho, algo que no he olvidado.

—¿Qué?

—Que el desierto nunca castiga a quien camina con otros.

Ella lo miró. Había en su voz una sencillez que le llegó muy hondo, y pensó en cuántas veces, en los últimos doce años, él habría caminado solo. Quiso decir algo, pero Amastan se volvió hacia ellos, la miró con sus ojos negros sobre el velo índigo, y pronunció una frase corta en un español lentísimo y cuidadoso, que debía de haber aprendido de memoria para la ocasión.

—Viaja con nosotros, señora. Es honor.

Sofía se puso de pie, juntó las manos delante del pecho y se inclinó en una reverencia sincera que le salió sin pensar.

—El honor es mío, señor. Gracias.

El anciano asintió con solemnidad. Después, con la agilidad de un joven, se levantó y empezó a dar órdenes.

La partida se organizó con una precisión que habría hecho llorar de envidia a cualquier coordinador de eventos. Los tuareg desmontaron el campamento en menos de media hora, cargaron las placas de sal sobre los camellos con un sistema de cuerdas que parecía una obra de ingeniería naval, y ajustaron la marcha para que los animales de Youssef pudieran integrarse en la fila sin romper el ritmo. A Idris, con la pata vendada, le asignaron un puesto en el centro, junto a la hembra más tranquila de la caravana, y la mujer de las pulseras de plata le pasó la mano por el lomo con una ternura que el viejo camello recibió con un suspiro de satisfacción. Hassan, por su parte, fue objeto de una inspección minuciosa por parte de tres hombres que le abrieron la boca, le palparon las patas y le examinaron los ojos, y que terminaron dándole una palmada de aprobación que él aceptó con aire de monarca.

—Dicen que es un buen animal —tradujo Youssef—. Que tiene sangre de camello de carrera.

—Se escapa los martes.

—Eso dicen que es herencia de la sangre.

—Qué conveniente.

Zayan, a quien ofrecieron un camello de la caravana para montar, declinó con elegancia y anunció que prefería caminar. Los tuareg se miraron entre sí. Uno de los más jóvenes dijo algo, y todos rieron sin maldad. Youssef tradujo con una sonrisa.

—Dicen que es la primera vez que ven a un príncipe a pie.




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