La Novia Del Desierto

Capítulo 11: Las luces del este

Nadie durmió bien aquella noche, aunque todos fingieron hacerlo.

La fiesta se había apagado sin que nadie la apagara. Primero cesaron los tambores, luego las flautas, y por último Tinhinan dejó el arco sobre las rodillas con un gesto cansado y se quedó mirando las brasas. Las mujeres recogieron a los niños dormidos y los llevaron a sus mantas. Los hombres se fueron retirando por parejas, hablando poco, y dos de ellos, los más jóvenes, subieron a lo alto de una duna con un odre de agua y se sentaron a vigilar las luces del este. Nadie les dio la orden. Era una de esas cosas que en una caravana se hacen sin que haga falta pedirlas.

Zayan no se movió del sitio. Seguía de pie en el centro del círculo, con la túnica todavía enredada en los tobillos y la mirada fija en el horizonte, donde la hilera de puntos amarillos permanecía inmóvil, tan regular que parecía dibujada con regla. Sofía lo observó durante un largo rato desde el fuego. Le pareció que se había hecho más pequeño en pocos minutos, como si cada segundo le quitara un centímetro de la estatura que había recuperado durante el día. Cuando por fin se acercó a él, lo hizo despacio, con una manta en las manos, y se la puso sobre los hombros sin decir nada.

—Gracias —murmuró él.

—Hace frío.

—No lo noto.

—Eso es peor.

Zayan soltó una risa breve y sin fuerza. Siguió mirando las luces.

—Conozco esa formación —dijo al cabo—. La diseñó mi padre. Doce lámparas en línea, a cincuenta pasos una de otra, con una más grande en el centro que indica dónde está la tienda del comandante. De niño me llevaba a las maniobras y me hacía contarlas. Decía que un rey que no sabe contar a sus guardias no merece que lo guarden.

—Entonces son de los suyos.

—Son de los míos. Y lo que no sé es si vienen a buscarme o a rescatarme.

—¿Hay diferencia?

—Mucha. —Se volvió hacia ella, y en la luz mortecina del fuego sus ojos parecían dos pozos—. Si vienen a rescatarme, me meterán en un coche, me darán un té con una pastilla y me llevarán a casa antes del amanecer. Si vienen a buscarme, tendré que explicar por qué salí sin escolta, por qué abandoné el palacio la víspera de mi boda y por qué una mujer de la que todos creen que ha sido secuestrada está viva y feliz en un oasis.

—¿Cree que alguien piensa que la secuestraron?

—Es la versión que mi madre habría preferido. Es más digna que la verdad.

Sofía se quedó pensativa. Lo que acababa de decir tenía un peso que no era capaz de medir del todo, pero que reconocía bien. Había organizado suficientes bodas para saber que en las familias poderosas la verdad era siempre lo último en llegar a la mesa.

—¿Y qué quiere usted? —preguntó.

—Que no me hagan elegir tan pronto.

—Eso no se puede.

—Lo sé.

—Pero se puede elegir despacio.

Él la miró con una expresión curiosa, mezcla de sorpresa y de gratitud.

—Es una frase de Youssef.

—No. Es mía. Se la acabo de inventar.

—Es muy buena.

—Gracias. La pondré en mi próxima agenda.

Los dos sonrieron. Detrás de ellos, junto al fuego, Youssef y Amastan seguían conversando en voz baja, y Sofía vio que el anciano dibujaba con un palo en la arena, trazando líneas, círculos, flechas. Era un plano. Youssef lo estudiaba con el ceño fruncido, asintiendo y corrigiendo a veces una distancia con la punta del pie. Se quedó mirándolos un instante. Había en esa escena una calma profesional, una complicidad de hombres que han resuelto muchos problemas juntos, y comprendió que no era a ella a quien tocaba intervenir.

—Intente dormir —le dijo a Zayan—. Mañana será largo.

—Dormiré cuando pase.

—Eso mismo dijo Youssef en la tormenta.

—Es una frase que se pega.

—Como el polvo.

Se separaron con una sonrisa cómplice. Sofía regresó a su manta, se tendió de lado y cerró los ojos, aunque sabía que no iba a dormirse. Pensó en las luces. Pensó en Luna. Pensó en una cúpula de cristal hecha añicos. Y, sin permiso, pensó también en una mano grande que había cubierto la suya la noche anterior, sin pedir permiso y sin dar explicaciones, con la naturalidad de quien deja un objeto en el sitio al que pertenece.

Cuando despertó, el cielo del este estaba teñido de un rosa muy pálido, y el aire olía a fuego apagado y a té.

Sofía se incorporó de golpe. Alrededor, el campamento ya estaba en pie. No había prisas, pero tampoco pausas. Las mujeres cargaban los camellos con movimientos mecánicos, los hombres revisaban cinchas, los niños eran guardados bajo mantas y encomendados a Aïcha, que los vigilaba con una autoridad tranquila. En lo alto de la duna, los dos jóvenes del turno de guardia habían cambiado de postura: ahora estaban de pie, inmóviles, con las manos haciendo visera sobre los ojos.

—Se mueven —dijo Youssef, a su espalda.

Ella se volvió. Él tenía el pelo revuelto, la barba espesa y los ojos enrojecidos de quien ha dormido dos horas, pero su voz sonaba firme.

—¿Cuántos son?

—Amastan dice que doce vehículos. Cuatro todoterrenos grandes y ocho motos con escolta. Vienen en columna, sin prisa.

—¿Sin prisa?

—Quieren que los veamos llegar. Es una forma de cortesía. Y de advertencia.

—¿Y qué hacemos?

—Esperamos. Y recibimos con té.

—¿Con té?

—Es lo único que podemos ofrecerles.

Sofía asintió, tragó saliva y empezó a recoger su manta con una concentración exagerada. Los dedos le temblaban un poco. Se alisó la blusa, se recogió el pelo con una pinza y se frotó la cara con un pañuelo húmedo, y cuando levantó la vista vio que Zayan estaba ya de pie junto al fuego, completamente vestido, con la túnica blanca de bordes dorados perfectamente alisada, el manto negro sobre los hombros y la diadema de diamantes sobre la cabeza.

Era otro hombre. Cualquiera habría podido jurar que había salido de un palacio hacía diez minutos. Se había lavado, se había peinado, se había recortado la barba con el cuchillo de Youssef, y mantenía la espalda recta, la barbilla alta y la mirada serena, con una dignidad tan perfecta que casi daba miedo. Solo las manos, cruzadas a la espalda, delataban algo: apretaban una contra otra con una fuerza que dejaba los nudillos blancos.




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