La Novia Del Desierto

Capítulo 12: La casa de las estrellas

Los últimos cuatro kilómetros se hicieron más largos que los doscientos anteriores.

Sofía lo había leído una vez en algún sitio, que el final de un viaje se estira como una goma a medida que uno se acerca, y que los últimos pasos son siempre los más lentos porque el cuerpo, que ha aguantado todo el camino a base de no pensar, de pronto se da cuenta de lo cansado que está. Caminaba junto a Hassan con la mano apoyada en la correa de la caja y los ojos fijos en aquel destello redondo que crecía despacio sobre el horizonte, sin atreverse a mirar a nadie. Si miraba a Youssef, se le notaría todo. Si miraba a Zayan, se pondría a pensar en Layla. Si miraba hacia atrás, vería las dunas blancas por donde habían venido y se echaría a llorar, y no era el momento de llorar. Faltaba mucho trabajo.

Poco a poco, el oasis fue dejando de ser un punto y se convirtió en un lugar. Primero aparecieron las palmeras, altas y delgadas, con las copas agitándose en una brisa que no llegaba hasta la caravana. Después las tapias, de un rosa tan suave que parecían hechas de pétalos aplastados, rematadas por almenas pequeñas y delicadas. Detrás de las tapias asomaban los tejados planos, las cúpulas menores de las torres, los toldos de lona blanca extendidos en las terrazas. Y en el centro de todo, sobre el patio principal, la gran cúpula de cristal, que desde lejos conservaba su forma perfecta y que solo al acercarse mostraba lo que la tormenta le había hecho.

Estaba herida. Seis de los doce paneles laterales habían desaparecido, y los marcos de acero quedaban desnudos contra el cielo, como las costillas de un animal enorme. La parte alta, sin embargo, seguía intacta, y reflejaba el sol de la tarde con una claridad casi insolente, como si hubiera decidido que, rota o entera, seguiría siendo hermosa.

—Está peor de lo que pensaba —murmuró Sofía.

—Está mejor de lo que temía —respondió Youssef.

—Eso es lo que dices siempre.

—Y casi siempre acierto.

Ella no contestó. Se limitó a apretarle los dedos, que seguían entrelazados con los suyos, y él devolvió la presión con una discreción exquisita.

Al llegar a un centenar de pasos de la entrada, la caravana se detuvo por voluntad de Amastan. El anciano levantó la mano y los camellos se echaron uno tras otro, con un ruido de ollares y de campanillas. Los tuareg descendieron con una disciplina silenciosa, se sacudieron el polvo de los turbantes, se arreglaron los velos y esperaron. Nadie dijo nada. Era evidente que había un protocolo que Sofía no conocía, y que aquella parada formaba parte de él.

—¿Por qué nos detenemos? —susurró.

—Porque no se entra en una casa ajena sin ser invitado —respondió Youssef, también en voz baja—. Ni siquiera cuando uno trae el té.

—¿Y quién nos invita?

—Fíjate.

Por la gran puerta de madera tallada, que dos hombres acababan de abrir de par en par, salió una figura pequeña y erguida, vestida con una túnica de lino color marfil y un pañuelo gris perla sobre el cabello. Caminaba despacio, sin prisa, con las manos cruzadas delante de la cintura. Sofía la reconoció antes de verle la cara por la forma de sostenerse, por esa elegancia seca y contenida de quien ha pasado años escribiendo correos en inglés perfecto.

—Fatima —dijo.

—Eventualmente —sonrió Youssef.

La mujer se detuvo a unos diez pasos de ellos. Tendría unos cuarenta y cinco años, la piel de un moreno claro, los ojos grandes y atentos, y una expresión de serenidad profesional que parecía tallada en el mismo mármol que la puerta. Inclinó la cabeza ante Amastan, saludó a los tuareg con una frase en tamasheq que hizo sonreír a más de uno, y por fin se volvió hacia Sofía.

—Señora Reyes —dijo—. Bienvenida a Dar Al-Nujum. Lamento que el recibimiento no sea el que merecía.

—Fatima. —Sofía soltó la mano de Youssef sin darse cuenta, dio dos pasos al frente y se detuvo, sin saber qué hacer con los brazos—. No tengo palabras.

—No hacen falta.

—Me enviaste una guía, un oasis, un contrato, un plan. Y nada ha salido como estaba escrito.

—Rara vez sale. —La mujer sonrió, y en esa sonrisa breve había una calidez que no cabía en ningún formulario—. Pero ha llegado. Es lo que importa.

—Eventualmente.

—Eventualmente.

Se miraron un instante, y fue Fatima quien, con un gesto que no era del todo protocolario, abrió los brazos. Sofía se dejó abrazar. Olía a azahar y a papel recién impreso, y la sostuvo con una firmeza tranquila que le deshizo, en un segundo, siete días de tensión acumulada. Los ojos se le llenaron de lágrimas. No las contuvo.

—Gracias —susurró.

—No tiene nada que agradecer. Solo ha hecho su trabajo.

—No fue mi trabajo. Fue otra cosa.

—Entonces con mayor motivo.

La soltó con suavidad, le dio una palmadita en el hombro y se volvió hacia Youssef, que se había quedado un paso atrás, con las manos a la espalda y una sonrisa discreta.

—Señor Al-Hadi.

—Fatima.

—Llega usted tarde.

—Tres días.

—Cuatro, según mis cuentas. Pero no se lo reprocho.

—Es usted generosa.

—Es mi forma de evitar una discusión.

Se echó a reír, y Youssef con ella, y Sofía comprendió, con un pequeño sobresalto, que aquellos dos se conocían desde hacía mucho más de lo que había supuesto. Había en su intercambio la comodidad de dos hermanos que llevan años discutiendo por lo mismo.

—Es mi prima —le dijo él, con una sonrisa culpable, al ver su expresión.

—¿Tu prima?

—Por parte de madre. Segunda, tercera, algo así.

—¡Pero si me dijiste que no la conocías!

—No lo dije.

—No lo desmentiste.

—Es una diferencia importante.

—Lo es —intervino Fatima, con un brillo travieso en los ojos—. En esta familia hemos hecho una especialidad de esa diferencia.

Sofía cerró los ojos un segundo y respiró hondo. Cuando los abrió, las dos mujeres la miraban con una complicidad idéntica, y comprendió que acababa de perder una batalla que ni siquiera sabía que estaba librando.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.