El jardín de Dar Al-Nujum estaba hecho para ser recorrido despacio.
Sofía lo comprendió en cuanto salió por la puerta lateral del patio, descalza todavía, con unas sandalias prestadas y un vestido de lino claro que Fatima había dejado sobre la cama sin dar explicaciones. Los caminos eran estrechos, de grava rosada, y serpenteaban entre setos de romero, parterres de lavanda y árboles frutales plantados con una aparente casualidad que debía de haber costado años de cuidado. El aire olía a flor de naranjo y a tierra regada. Había una acequia diminuta que corría junto al sendero, y cada pocos metros un puentecillo de madera la cruzaba con la discreción de quien no quiere interrumpir al agua.
Caminó sin prisa. Era una costumbre nueva, y todavía le resultaba extraña, como un zapato que empieza a ceder. A su espalda, desde el patio de la cúpula, llegaban los golpes secos del martillo, la voz grave del maestro vidriero dando instrucciones en un árabe pausado, el chirrido de una polea. Delante, entre dos cipreses delgados, se divisaba un banco de piedra bajo un naranjo viejo, y sentada en el banco, inmóvil, con un cuaderno abierto sobre las rodillas, estaba una mujer joven.
Era menuda, de hombros estrechos, con el pelo negro y espeso recogido en una trenza gruesa que le caía sobre un costado. Vestía unos pantalones de trabajo manchados de yeso, una camisa de algodón arremangada hasta los codos y unas botas de obra desgastadas. Tenía las manos blancas de polvo, con las uñas cortas y los nudillos enrojecidos, y en la mano derecha sostenía un lápiz carpintero, de esos planos y gruesos, que movía entre los dedos con una nerviosidad que no lograba controlar. Cuando oyó los pasos sobre la grava, levantó la cabeza de golpe, y Sofía vio por primera vez la cara de Layla.
No era hermosa en el sentido de las revistas. Tenía la nariz un poco grande, la frente despejada, las cejas rectas y decididas, y una mandíbula firme que habría podido pertenecer a una escultora. Pero los ojos, grandes, de un negro profundo y muy vivos, le iluminaban el rostro entero con una inteligencia tan clara que costaba mirar otra cosa. Se quedó un instante inmóvil, como un animal que olfatea el viento, y después se puso de pie, cerró el cuaderno y lo apretó contra el pecho.
—Usted es Sofía —dijo, en un español sorprendentemente correcto, con un acento suave que hacía cantar las vocales.
—Y usted, Nadia.
—Por ahora, sí.
Se miraron con una cautela mutua. Sofía, que había organizado cientos de reuniones difíciles, sabía reconocer ese momento incómodo en que dos personas deciden si se van a caer bien. Sonrió, despacio, y señaló el banco con un gesto.
—¿Puedo sentarme?
—Por favor. Es su casa.
—No es mi casa. Es la de mi hermana. Y la de Fatima. Y la de ese naranjo, probablemente.
Layla soltó una risita nerviosa, casi sin darse cuenta, y se sentó de nuevo. Sofía ocupó el otro extremo del banco, dejando entre las dos un espacio prudente, y durante unos segundos ninguna dijo nada. Un pájaro cantó en la copa del naranjo. A lo lejos, el martillo seguía sonando con su ritmo de reloj.
—Hablé con el príncipe —dijo Sofía, al fin—. Bueno, hablé muchísimo con él. Durante tres días.
—Lo sé. Fatima me lo ha contado.
—Está bien. Quiero que lo sepa antes que nada. Está sano, está entero y está muy arrepentido.
—No tiene que estarlo.
—Eso mismo le dije yo. No me hizo caso.
—Nunca hace caso a nadie cuando se trata de culparse. —Layla bajó la vista, y las manos blancas de yeso se cerraron sobre el cuaderno—. Es su forma de cuidar. Cree que si se hace responsable de todo, los demás no sufrirán.
—Eso también lo dijo.
—¿Qué más dijo?
Sofía dudó. Había algo en la manera en que le hizo la pregunta, una mezcla de hambre y de miedo, que le encogió el corazón. Recordó la voz de Zayan en el wadi, hablando de una carta de tres páginas que había leído solo el primer párrafo.
—Dijo que usted tenía razón —respondió con cuidado—. Que durante diez años le explicó cómo se sentía y él no la escuchó. Que se pasó la vida preparando una boda porque era lo que se esperaba de él. Y que, en el fondo, lo que sentía por usted era un cariño de hermano, un cariño muy grande, pero no el que hace falta para casarse.
Layla cerró los ojos. Durante un largo momento no se movió. Luego dejó escapar un suspiro tan hondo que le sacudió los hombros, y se tapó la cara con las dos manos, dejando sobre las mejillas dos manchas blancas de yeso.
—Gracias a Dios —susurró—. Gracias a Dios.
—¿Esperaba otra cosa?
—Esperaba que me odiara. Que dijera que era una desagradecida, una cobarde, una mala amiga. Que me llamara traidora.
—No lo hizo.
—Zayan nunca me habría llamado traidora. Pero yo me lo he llamado a mí misma cada noche durante cuatro días.
—Eso es mucho tiempo para llamarse nombres.
—Es lo que tiene la culpa. No necesita permiso para quedarse.
Sofía no contestó. Se quedó mirando una abeja que volaba perezosamente entre las flores del naranjo. Sintió, con una claridad extraña, que aquella conversación la tocaba más de cerca de lo que la joven podía imaginar. Había una niña en ese banco, a su lado, que llevaba demasiado tiempo cargando con una responsabilidad que no le correspondía.
—Hábleme de usted —pidió—. Si quiere. No de Zayan, no de la boda. De usted.
Layla levantó la cabeza. Se secó los ojos con el dorso de la mano, y al hacerlo dejó una raya blanca sobre la frente.
—Soy arquitecta —dijo, como quien pronuncia una palabra olvidada—. O lo seré. Me faltan dos exámenes. Estudié a escondidas, en una universidad de la capital, con un nombre falso y una barba postiza que me ponía los jueves para que nadie me reconociera en las tutorías.
—¿Una barba?
—Era un chiste de mi profesor. Se enteró desde el primer día, pero nunca dijo nada. Me hacía preguntas muy difíciles para que no me aburriera.