La Novia Del Desierto

Capítulo 14: La cena de las lámparas

El salón de las lámparas hacía honor a su nombre.

Sofía lo comprendió en cuanto cruzó el umbral, de la mano de Youssef, con la seda azul rozándole los tobillos y el corazón todavía revuelto por la conversación con Zayan. Del techo, alto y artesonado, colgaban más de un centenar de lámparas de latón calado, de todos los tamaños, algunas tan pequeñas que cabían en la palma de una mano y otras grandes como cestos de ropa. Cada una contenía una vela, y la luz, filtrada por los dibujos del metal, caía sobre las paredes y el suelo en una lluvia de estrellas, de flores y de letras árabes que se movían con el menor soplo de aire. Era como entrar en el interior de un joyero encendido.

En el centro, sobre una alfombra de lana roja y granate, se extendía una mesa baja de madera oscura, rodeada de cojines de seda. Habían dispuesto platos de cerámica azul, copas de cristal tallado, cuencos de agua de rosas para las manos y una cantidad de fuentes cubiertas con tapas cónicas que habrían bastado para alimentar a una caravana entera. Del fondo llegaba la música de un laúd, tocado por un anciano sentado en un rincón, con los ojos cerrados y una expresión de recogimiento profundo.

La reina madre ocupaba la cabecera, sobre un cojín más alto que los demás, con la espalda recta y el bastón de ébano apoyado junto a la rodilla. Había cambiado el velo de gasa plateada por otro negro, bordado con hilo de oro, y en el cuello llevaba un collar de perlas grises tan grandes que Sofía calculó, sin poder evitarlo, el precio de cada una. A su derecha estaba Zayan, que acababa de sentarse con una agilidad sospechosa. A su izquierda, Luna y Tomás se habían acomodado muy juntos, con las manos entrelazadas por debajo de la mesa y una expresión de sobrecogimiento feliz. Fatima, con un vestido de lino gris perla, ocupaba un extremo, en un cojín discreto, con una libreta cerrada sobre el regazo.

—Por fin —dijo la reina, sin levantar la voz—. Pensé que tendría que mandar a buscarlos con el helicóptero.

—Perdone la tardanza, majestad —respondió Sofía, con una pequeña inclinación—. Tuve que atender un asunto.

—Siempre hay un asunto. —La reina la examinó de arriba abajo con una atención minuciosa, y Sofía tuvo la impresión de que cada pliegue del vestido era evaluado, pesado y archivado—. El azul le sienta bien.

—Gracias. Es un vestido precioso.

—Lo sé. Lo escogí yo.

—Lo sospechaba.

—Es usted perspicaz. Siéntese a mi lado.

No era una invitación, era una orden. Sofía se acomodó sobre el cojín indicado, a la derecha de Zayan, y Youssef, tras una breve vacilación, se sentó frente a ella, al lado de Fatima. La reina lo miró entonces, y sus ojos se detuvieron en los pies descalzos, que asomaban bajo el borde del caftán. Hubo una pausa que pareció durar un siglo.

—Señor Al-Hadi.

—Majestad.

—No lleva zapatos.

—No, majestad.

—Mi hijo tampoco llevaba zapatos cuando llegó esta tarde.

—Me temo que es una enfermedad contagiosa.

—Tiene sus ventajas. —La reina sonrió apenas—. Su abuelo tampoco los usaba. Creía que el suelo debía saber quién lo pisaba.

—Eso decía.

—Era un hombre muy raro. Muy sabio. Muy testarudo. —Levantó la mano, y de inmediato dos sirvientes entraron con bandejas de plata—. Empecemos. Se está enfriando el cordero.

La cena comenzó en un silencio respetuoso. Nadie quiso ser el primero en hablar, y durante unos minutos solo se oyeron el roce de los cubiertos, el tintineo de las copas y las notas del laúd. Sirvieron una sopa de lentejas rojas con limón, perfumada de comino, que Sofía tomó a cucharadas pequeñas, con las manos todavía temblorosas. Después llegó una fuente de cordero estofado con ciruelas y almendras, acompañado de un cuscús dorado, finísimo, que se deshacía en la boca. Había también pan de sémola, aceitunas verdes, ensalada de naranja con canela y una jarra de agua con hojas de menta que alguien rellenaba constantemente sin que se notara.

Fue Tomás, naturalmente, quien rompió el hielo.

—Majestad —dijo, con la boca medio llena y una sonrisa de oso entusiasta—, el cordero está espectacular. ¿Es receta de palacio?

La reina lo miró despacio. Luna, a su lado, se puso rígida como una estaca.

—Es receta de mi abuela —respondió, tras una pausa—. Se hace con ciruelas del valle de mi infancia. Hace años que no las encuentro. Hoy me las ha traído el helicóptero.

—Pues es increíble. Le juro que he viajado por medio mundo y no he probado nada igual.

—No viaja usted lo suficiente.

—Eso mismo me dice Luna.

—Su prometida es una mujer sensata.

—Lo sé. Es lo que más me gusta de ella.

La reina contempló a Luna, y por primera vez Sofía vio que su rostro afilado se suavizaba un poco, como quien se acerca a una chimenea. Fue entonces cuando sus ojos descendieron hasta el cuello de la novia, donde brillaba el collar de plata de Lalla Aicha, con sus cuentas de ámbar y su mano abierta en el centro.

La reina dejó de masticar. Se quedó inmóvil, con la cuchara a medio camino de la boca.

—¿De dónde ha sacado eso? —preguntó, con una voz que de pronto no era la de una reina, sino la de una mujer muy joven.

Luna se llevó la mano al collar, asustada.

—Me lo ha dado mi hermana. Es un regalo de una mujer del desierto. Se llama Lalla Aicha. Vive junto a un pozo, al pie de unas sierras rojas, con su familia.

La reina madre dejó la cuchara sobre el plato con mucho cuidado. Se llevó una mano a la boca, y por un instante pareció que iba a desmayarse. Zayan, a su lado, se inclinó hacia ella, alarmado.

—Madre, ¿qué ocurre?

—Nada. Nada. —Respiró hondo, con los ojos fijos en el collar—. Acérquese, niña.

Luna obedeció, con las rodillas flojas. La reina extendió la mano y rozó con el dedo índice el colgante de plata, la mano abierta, con una ternura casi devota. Los anillos de sus dedos tintinearon contra las cuentas de ámbar. Cuando habló, su voz sonó muy baja, casi un susurro.




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