La Novia Del Desierto

Capítulo 15: El maestro de los cristales

Sofía abrió los ojos a las cinco y cuarenta y siete, trece minutos antes de la hora que su cuerpo había decidido hacía años que era la correcta, y por un momento largo no recordó nada. Luego llegó todo de golpe, como una ola tibia: la seda azul arrugada que todavía llevaba puesta, la luz plomiza que entraba por la ventana, el rellano en penumbra, el sabor a menta. Se tapó la cara con la almohada y se quedó así, inmóvil, sonriendo contra el algodón como una adolescente.

—Ay, Dios mío —murmuró.

Después se incorporó, con el pelo revuelto y el moño deshecho, y comprobó con incredulidad que los pies le colgaban fuera de la cama sin tocar el suelo. No sentía cansancio. Sentía una ligereza extraña, casi molesta, de persona que ha dormido poco y ha dormido bien. Se quitó el vestido con cuidado, lo colgó en el biombo y se lavó la cara con agua fría. Al secarse, se miró en el espejo y se encontró con una mujer de ojos brillantes y mejillas encendidas que no se parecía en nada a la organizadora de bodas que había aterrizado en Marrakech.

La reina madre le había ordenado no levantarse a las seis y media, y Sofía, que respetaba las órdenes de las reinas tanto como las de cualquier otra persona con buenas razones, decidió interpretar la instrucción con flexibilidad. No iba a ir a la reunión. Solo iba a pasar cerca. Se puso unos pantalones de lino beige, una blusa blanca y las botas de caminar, ya amoldadas a sus pies, se recogió el pelo en una trenza floja y salió al pasillo con la agenda bajo el brazo.

El oasis dormía todavía. La galería estaba en penumbra, con los faroles apagados y las baldosas frías bajo las suelas. Abajo, en el patio, el andamio proyectaba una sombra larga sobre el mármol, y entre los marcos desnudos de la cúpula el cielo empezaba a clarear en tonos de ceniza y perla. Cruzó el corredor sin hacer ruido, dobló la esquina del ala oeste y se detuvo.

Al fondo, tras una puerta de cristal empañado, brillaba una luz cálida.

El invernadero era una construcción pequeña y alargada, de hierro blanco y vidrio, adosada al muro del jardín. Dentro, entre tiestos de helechos, limoneros enanos y estanterías de macetas, alguien había encendido una lámpara de aceite y puesto a hervir una tetera. Sofía se asomó con cuidado. Allí estaba Layla, sentada a una mesa larga de madera, con los planos extendidos delante, el pelo recogido en la trenza gruesa y el lápiz carpintero entre los dientes. Tenía ojeras, pero los ojos le brillaban con una luz que Sofía había visto antes, la de las personas que han dormido poco porque tenían algo demasiado importante en la cabeza.

A su lado, en un taburete bajo, con una taza entre las manos y las piernas estiradas, estaba Zayan.

No hablaban. Él miraba los planos con una concentración reverente, siguiendo con los ojos las líneas que ella trazaba, y de vez en cuando Layla le señalaba algo con el lápiz y él asentía, despacio, como quien aprende una lengua nueva. En un momento dado, ella le puso la mano sobre el brazo para detenerlo, le tomó la taza, la sopló y se la devolvió. Él sonrió. Era un gesto de una familiaridad tan limpia, tan sin pretensiones, que a Sofía se le encogió el corazón. Se retiró un paso, dispuesta a marcharse, pero una voz grave sonó a su espalda y le dio un salto.

—No se vaya, señora. Por favor.

Se volvió. A cuatro pasos, en mitad del pasillo, con un casco de obra bajo el brazo y un tubo de cartón colgado al hombro, estaba el maestro vidriero.

Era un hombre de unos setenta años, alto y encorvado, con una barba blanca que le llegaba al pecho y unas manos enormes, nudosas, cubiertas de pequeñas cicatrices blancas, las de quien ha pasado media vida cortando cristal. Llevaba un delantal de cuero sobre la túnica gris y unas gafas de montura metálica colgadas de una cadena. Sus ojos, pequeños y azules, tenían la serenidad de los que han trabajado mucho tiempo con materiales frágiles.

—Maestro —dijo Sofía—. Buenos días. Perdone que...

—Me llamo Bashir. —Hizo una breve inclinación—. No es necesario que se disculpe. Me esperaba.

—¿Me esperaba?

—Desde hace una hora. Aunque no sabía si vendría.

Sofía abrió la boca y la cerró. El maestro sonrió, con una sonrisa lenta que le hundió los ojos entre las arrugas, y extrajo del bolsillo del delantal un papel doblado en cuatro, con una marca de piedra en una esquina y una sola frase escrita en la parte exterior.

—Lo encontré anoche, sobre el brocal de la fuente —explicó—. Me lo dejó la reina madre. Dice, textualmente, que hay una joven en el invernadero que sabe más de herrajes que yo, y que le haría un gran favor si la escuchara sin preguntarle de dónde viene.

—¿Eso dice?

—Eso y algunas cosas más. —Tosió con discreción—. Me advierte que tendré que ser muy educado, que no se me ocurra hablar de ella con nadie, y que, si le parece buena idea, le dé el título de ingeniera jefe de la reparación sin más preguntas.

Sofía se llevó la mano a la boca. No supo si reír o llorar. Pensó en la mirada de la reina durante la cena, en aquella frase dicha con un brillo travieso, y se dio cuenta de que aquella mujer había llevado la partida desde el principio con una mano que nadie veía.

—Y usted, ¿qué piensa hacer?

—Leerla. Y entrar. —El maestro se encogió de hombros—. Llevo cincuenta años haciendo vidrieras en seis países. Cuando una reina me dice que escuche a una persona, escucho. Y casi siempre me alegro.

—Gracias.

—No me dé las gracias. Venga conmigo.

Empujó la puerta del invernadero con el hombro. Zayan se levantó de un salto, derramando medio té sobre los pantalones, y Layla, que había alzado la cabeza al oír las bisagras, se quedó inmóvil con el lápiz a medio camino de la boca. Hubo un silencio de sorpresa, de esos en que cada uno busca en la cara del otro la clave de lo que está ocurriendo.

—Buenos días —dijo el maestro Bashir, con perfecta solemnidad—. Me han hablado de usted, señorita. Dicen que sabe de herrajes.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.