La Novia Del Desierto

Capítulo 16: El compás y la caja

El silencio que siguió a las palabras de Layla fue tan completo que Sofía oyó el roce de una cuerda contra una polea, a seis metros de altura, y el cuchicheo de una paloma que se había posado en el marco de la cúpula sin enterarse de nada.

Nadie se movía. Los obreros del reino habían quedado inmóviles sobre los andamios, con los martillos a medio levantar y la mirada baja, esa mirada que se adopta cuando uno presencia algo que no le corresponde. El maestro Bashir, en su escalera, sostenía el martillo de goma contra el pecho con las dos manos, como quien sujeta un sombrero en un funeral. Los chóferes, junto a los coches negros, miraban fijamente la tierra. Y en el centro del patio, apoyado en su bastón con cabeza de halcón, el hombre de la túnica oscura seguía mirando hacia arriba con un rostro tan quieto que parecía esculpido en la misma piedra que las columnas.

—Llegas justo a tiempo —repitió Layla, más bajo—. Estamos arreglando la cúpula.

—Lo veo —respondió él.

Fue lo único que dijo. Tenía una voz grave, seca, con el timbre de quien ha pasado la vida pronunciando cifras en salas silenciosas. No levantó el tono ni cambió la expresión. Pero Sofía, que a lo largo de los años había aprendido a leer a las familias por la manera en que se saludaban en la puerta de una iglesia, notó que la mano que sostenía el bastón se había cerrado con tanta fuerza que los nudillos se le habían puesto del color de la cera.

—¿Quieres que baje? —preguntó Layla.

—Haz lo que estés haciendo.

—Estoy midiendo un herraje.

—Entonces termina de medirlo.

Hubo un instante de desconcierto. Layla parpadeó, claramente sin saber si aquello era una orden, una ironía o algo distinto. Y entonces, con una lentitud deliberada, se volvió hacia la esquina de la cúpula, apoyó el compás sobre la pletina de acero, comprobó la distancia entre dos orificios, anotó una cifra en el cuaderno que llevaba sujeto al cinturón y levantó la vista hacia el maestro Bashir.

—Treinta y dos milímetros, maestro. Como habíamos calculado.

—Treinta y dos —confirmó Bashir, con la voz algo ronca—. Perfecto, ingeniera.

La palabra cayó en el patio como una piedra en un estanque. Sofía vio cómo el hombre del bastón ladeaba la cabeza, apenas un grado, y entornaba los ojos negros.

—Ingeniera —repitió.

—Es una forma de hablar —se apresuró a decir Zayan, adelantándose un paso con las manos en alto—. Una cortesía. Todavía le faltan dos exámenes, señor Al-Sayyad, pero el maestro...

—Cállate, Zayan.

Lo dijo sin dureza, casi con cansancio, y el príncipe cerró la boca de inmediato. Sofía sintió que Youssef, a su lado, se tensaba como un animal que huele una tormenta. Le rozó el dorso de la mano con la suya, apenas, y él relajó los hombros un milímetro.

El hombre del bastón dio entonces un paso hacia el andamio. Luego otro. Caminaba despacio, sin apoyarse demasiado, con la espalda recta y la cabeza alta, y cada golpe del bastón sobre las losas sonaba como un latido. Se detuvo al pie de la escalera de mano y levantó la vista. Entre ellos había seis metros de aire, un tablón de madera y diez años de silencio.

—Baja —dijo.

—¿Es una orden?

—Es una petición.

Layla lo miró un buen rato desde lo alto. Sofía contuvo el aliento. Pensó que era la misma mirada que ella había visto en el espejo de la habitación por la mañana: ojos más abiertos que antes, sin defensas, sin esa tensión que antes les fruncía los bordes. Layla asintió despacio. Guardó el compás en el cinturón, comprobó el casco, y descendió por la escalera con una calma que habría envidiado un marinero. Cuando sus botas tocaron las losas, se quedó de pie a dos pasos de su padre, con las manos manchadas de yeso colgando a los costados y el polvo de la obra en las mejillas.

Eran casi de la misma altura. Sofía no lo había notado desde el principio, pero ahora, viéndolos cara a cara, la semejanza le resultó tan evidente que le dolió: la misma frente despejada, las mismas cejas rectas, la misma mandíbula firme que parecía hecha para sostener decisiones. Lo único distinto era la mirada. La de él era la de un hombre que no se ha permitido nunca la menor duda. La de ella era la de alguien que había dudado tanto que ya no le asustaba.

—Estás sucia —dijo él.

—Llevo desde las siete en el andamio.

—Y delgada.

—He trabajado mucho.

—Y has cortado tu pelo.

—No lo he cortado. Lo llevo recogido.

—Ah. —Hubo una pausa—. Me pareció que era más corto.

—Es la trenza.

—Es una buena trenza.

Fue una frase tan inesperada que Layla se quedó con la boca ligeramente abierta. No era un cumplido, no del todo. Era una constatación, como quien observa que un edificio está bien proporcionado. Pero venía de un hombre que durante veinte años no había dicho a su hija una sola palabra sobre su aspecto que no fuera una corrección.

—Gracias —murmuró ella.

—¿Cuánto tiempo llevas aquí?

—Cuatro días.

—¿Trabajando?

—Desde el primero.

—¿Con qué nombre?

—Nadia.

—¿Y quién lo sabe?

—Fatima, la administradora. Zayan, desde ayer. Los señores Reyes. —Dudó—. Y la reina madre, evidentemente.

—Evidentemente.

El hombre hizo girar el bastón entre los dedos con un gesto que debía de ser una costumbre antigua. Sofía vio que su mirada se desviaba, un segundo, hacia el balcón del ala este, donde la reina madre, inmóvil con su velo negro, observaba la escena sin mover un músculo. Algo pasó entre los dos, una especie de comunicación silenciosa de quienes llevan cuarenta años discutiendo sin gritarse, y el hombre volvió a mirar a su hija.

—Tu carta —dijo—. La que le dejaste a Zayan. Me la enseñó su madre hace tres días.

—No debió hacerlo.

—Yo le pedí que lo hiciera.

Layla parpadeó.

—¿Tú?

—Cuando supe que te habías ido, fui a verla. Le pregunté qué sabía. Me dijo que no tenía respuestas pero sí una carta. La leí de pie, en el vestíbulo, sin quitarme el abrigo. Después me senté. —Cerró un momento los ojos—. Hacía muchos años que no me sentaba así, en el suelo, sin avisar a nadie.




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