La Novia Del Desierto

Capítulo 17: Para la mujer que traiga a mi hija a casa

Sofía no abrió el sobre en el patio.

Lo sostuvo un momento entre las manos, sintiendo el papel antiguo, suave como tela, y miró a Hakim Al-Sayyad, que seguía de pie junto a la fuente con el bastón apoyado en el brazo y los ojos fijos en el suelo. Había en su postura algo que ella reconocía bien: la rigidez de quien ha entregado algo importante y no sabe si tiene derecho a esperar una respuesta.

—¿Usted la ha leído? —preguntó.

—No. No era para mí.

—Pero la abrió, para saber qué había dentro.

—Solo la caja. El sobre estaba debajo de las maquetas, atado con una cinta, y en el anverso estaba escrito lo que usted ve. —Hizo una pausa—. Mi mujer era una persona que no dejaba nada sin nombre. Si escribió que era para alguien, era para alguien. Yo no tenía derecho a leerlo.

—¿Y cómo supo que era yo?

—Porque lo supo la reina. —La comisura de sus labios se curvó apenas, con una sombra de ironía cansada—. Me dijo anoche, por teléfono, que la mujer que trajera a mi hija a casa llegaría con arena en el pelo y un camello detrás. Y esta mañana, al entrar en el oasis, un camello me miraba desde la fuente con cara de juez.

—Hassan.

—No sé cómo se llama. Pero estaba claro que tenía opinión.

Sofía soltó una risa breve, nerviosa, y se llevó el sobre al pecho. Hakim inclinó la cabeza con una reverencia sobria, de esas que parecen hechas para no molestar, y se alejó hacia el andamio, donde Layla lo esperaba con un cubo de tornillos y una expresión de orgullo que le iluminaba la cara.

Sofía caminó hasta el jardín. Buscó el banco de piedra bajo el naranjo, el mismo donde había hablado con Layla el día anterior, y se sentó. La luz de la tarde caía oblicua entre las ramas, dorada y mansa, y el aire olía a flor y a tierra regada. A lo lejos, en el patio, los obreros recogían herramientas entre risas, y alguien cantaba una canción de trabajo con una voz profunda de bajo. Respiró hondo. Deshizo con cuidado el sello de cera, que cedió sin romperse, y extrajo una sola hoja, doblada en tres, escrita por ambas caras con una letra fina, inclinada, de trazos seguros.

Decía así:

A quien esté leyendo esto,

No sé quién eres. No sé si eres hombre o mujer, joven o vieja, rica o pobre. Solo sé que si tienes esta carta en las manos, mi hija se fue y alguien tuvo la bondad de traerla de vuelta. Por eso, antes de nada, déjame darte las gracias. Las gracias de una madre que ya no puede dárselas en persona.

Escribo esto con la mano buena, porque la otra ya casi no me obedece. Los médicos me dicen que me quedan unos meses. Yo les digo que mi hija me dará un año, porque es muy terca y no le gusta que le lleven la contraria. Sonríen y no me creen. Pero no importa. Lo que importa es que estoy escribiendo esto mientras puedo, porque conozco a mi marido y sé que no dirá lo que debe decir. Es un hombre bueno, pero su bondad se parece a una caja fuerte: está llena de cosas valiosas y no hay manera de abrirla.

Sofía se detuvo. Las lágrimas le nublaron la vista y tuvo que esperar unos segundos antes de seguir.

Mi hija construye. Siempre ha construido. Cuando era muy pequeña, usaba los cojines del sofá para hacer puentes y me pedía que cruzara por ellos sin tocar el suelo. Yo cruzaba. Fingía que el suelo era un río de lava y que ella era la ingeniera que me salvaba la vida. Creo que fue entonces cuando supe lo que sería. Mi marido cree que es un capricho. Yo sé que es una vocación, y las vocaciones no se rompen aunque se les rompan las maquetas.

Quiero pedirte tres cosas. Perdóname si es mucho.

La primera: dile a mi hija que la casa del sur, la que tiene un taller en el sótano y un jardín de higueras, está a su nombre desde el día en que nació. La compré con el dinero que me dio mi padre cuando me casé, y que nunca toqué. Mi marido no lo sabe. La escritura está en el cajón de abajo de mi tocador, bajo un paño bordado. No tiene que casarse con nadie para tenerla. No tiene que pedir permiso a nadie para vivir en ella.

La segunda: dile que en la caja hay cuarenta y siete maquetas, pero que la última, la que no hice, es la suya. Que construya lo que quiera. Que se equivoque. Que se caiga y vuelva a levantarse. Que no tenga miedo de que la quieran poco o la quieran mal. Que se quiera ella lo suficiente para elegir bien.

La tercera es para ti. No sé qué has hecho para traerla de vuelta. Quizás solo le diste un vaso de agua, o una cama, o una palabra a tiempo. Quizás cruzaste medio mundo. No importa. Lo que sí sé es que, quien devuelve a una hija a su casa, lleva en el corazón una casa propia. Ojalá la encuentres. Ojalá alguien te la abra cuando llegues, y que no tengas que llamar dos veces.

Con todo mi agradecimiento,
Samira Al-Sayyad

Sofía se tapó la boca con la mano. Releyó la última frase. Después se quedó inmóvil, con la hoja temblando entre los dedos, mirando sin ver el naranjo, las flores, el cielo, los hilos finos de luz que se colaban entre las hojas. Pensó en la escalera de su infancia. Pensó en las dos maletas de su padre. Pensó en una casa propia, y en la palabra llamar, y en el hecho curioso de que aquellas líneas, escritas hacía seis años por una mujer a punto de morir, hablaran de ella con una precisión que la dejaba sin aliento.

No supo cuánto tiempo pasó. Los pasos descalzos sobre la grava no la sobresaltaron. Sabía de quién eran.

—¿Quieres que me vaya? —preguntó Youssef, desde el sendero.

—No.

Se sentó a su lado, sin decir nada, con las manos sobre las rodillas. Ella le tendió la carta. Él la tomó con una delicadeza reverencial, como se toma un objeto sagrado, y la leyó despacio, moviendo apenas los labios. Cuando llegó al final, cerró los ojos y se quedó así un momento largo. Después dobló la hoja por sus pliegues originales, con una exactitud casi religiosa, y se la devolvió.

—Es una carta preciosa —dijo.

—Lo es.

—Y tiene razón.

—¿En qué?




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