La madre de Sofía bajó a cenar con el bastón en una mano y el bolso en la otra, y con la expresión de quien va a una inspección sanitaria.
Se había cambiado de ropa y se había peinado con agua y un peine de carey que llevaba desde hacía treinta años en el fondo del bolso. Llevaba un vestido de lino color marfil, un collar de perlas pequeñas que Sofía le había regalado cuando cumplió cincuenta y cinco, y unos pendientes de plata que alguien le había prestado en el oasis y que ella llevaba con una desconfianza digna de un tribunal. Cuando cruzó el arco del patio, los invitados que charlaban junto a la fuente se apartaron sin darse cuenta, como las aguas ante un barco de línea.
La cena de la víspera se había dispuesto al aire libre, en la terraza baja del jardín, bajo una pérgola cubierta de jazmín. Fatima había hecho extender mantas de lana sobre las losas y colocar bandejas de cobre rebosantes de cordero asado, cuscús con pasas, ensalada de granada, tortillas de almendra y fuentes de verduras al vapor. Había faroles en el suelo, en las ramas, en las manos de los niños que corrían entre los invitados, y la luz temblaba sobre las caras con un resplandor tibio. A un lado, el abuelo de Tomás, sentado en su silla de ruedas, discutía con un primo sobre cómo había que cortar el pan.
Sofía esperaba a su madre al pie de la escalera, con las manos entrelazadas a la espalda y el estómago hecho un nudo. A su lado, Youssef se había puesto una túnica de lino gris perla, recién lavada, que le daba un aire casi solemne. No llevaba zapatos. Sofía le había rogado, con medio tono de súplica, que se pusiera las sandalias de cuero. Él le había contestado que lo pensaría, y se había presentado descalzo, con los pies limpios y una sonrisa de absoluta serenidad.
—Respira —murmuró él.
—Estoy respirando.
—Estás conteniendo la respiración desde hace diez minutos.
—Es que mi madre da miedo.
—Ya lo he notado.
—Y tú vas descalzo.
—Soy un hombre de principios.
—Eres un hombre de supervivencia suicida.
La madre se detuvo a tres pasos. Los miró a los dos, de arriba abajo, con las gafas subidas y la barbilla alta. Se tomó su tiempo. Recorrió la túnica gris, los hombros anchos, la barba recortada, los ojos ámbar que le sostenían la mirada sin pestañear, y por último, con una lentitud implacable, bajó la vista hasta los pies descalzos que asomaban bajo el borde de la tela. Allí se quedó un largo rato.
—Señora —dijo Youssef, con una pequeña inclinación—. Es un honor conocerla.
—Usted es el guía.
—Lo soy.
—El que llegó una hora y media tarde.
—Una hora y treinta y dos minutos, para ser exactos. Su hija llevaba la cuenta.
—Mi hija siempre lleva la cuenta. —Hizo una pausa—. No lleva zapatos.
—No, señora.
—¿Es por alguna razón religiosa?
—Es por una razón personal. Mi abuelo decía que el suelo debe saber quién lo pisa.
—Su abuelo era un hombre muy raro.
—Eso dicen todos los que lo conocieron.
—Y todos los que han conocido a su nieto.
Youssef sonrió. No se defendió, no se disculpó, no bajó la mirada. Sofía, a su lado, sintió que el corazón le golpeaba las costillas con una fuerza absurda. Su madre dio un paso más, se detuvo frente a él, y le tendió la mano libre.
—Rosa Reyes. Encantada.
—Youssef Al-Hadi.
—Siéntese a mi lado. Tenemos que hablar.
—Con mucho gusto.
—Sofía, tú siéntate allí.
—Mamá...
—Allí.
Sofía obedeció, con las mejillas ardiendo, y se dejó caer sobre una manta junto a Luna, que había llegado corriendo desde algún rincón y se había instalado a su lado con un plato de higos y una expresión de absoluta felicidad. A pocos pasos, Tomás, con la boca llena, hacía esfuerzos por no reírse. Del otro lado, Zayan y Layla, sentados muy cerca, tampoco disimulaban. Toda la terraza, de hecho, parecía haberse puesto de acuerdo para fingir con enorme dedicación que no escuchaba nada.
El interrogatorio duró cuarenta minutos y fue, según los testigos, uno de los espectáculos más memorables de la noche. Rosa Reyes preguntó a Youssef dónde vivía, y él contestó que en un sitio distinto cada semana. Preguntó de qué vivía, y él dijo que de guiar gente por el desierto y de saber hacer pan. Preguntó si tenía familia, y él habló de un abuelo muerto, de un padre que no volvió de una caravana, de una madre fallecida y de una cantidad inverosímil de primos. Preguntó si tenía ahorros. Respondió que tenía un camello prestado, un cuchillo, una tetera y mucha paciencia. Preguntó si sabía que su hija tenía un negocio, una agenda y una cafetera, y él contestó que lo sabía de sobra y que la cafetera le parecía admirable.
—¿Admirable?
—Es una cafetera muy ordenada, señora.
—Eso mismo digo yo.
—Entonces estamos de acuerdo.
—Estamos de acuerdo en poquísimas cosas, joven. No se confíe.
—Lo tengo presente.
—¿Y qué piensa hacer? —La madre dejó el tenedor sobre el plato—. Mi hija vive en el otro lado del mundo. No va a dejar su trabajo para irse a una tienda.
—No se lo he pedido.
—¿Entonces?
—Entonces no lo sé todavía. —Youssef la miró a los ojos, con una sinceridad sin una sola grieta—. No le voy a mentir, señora. No tengo un plan. Llevo doce años sin hacerlos. Pero he descubierto esta semana que hay un sitio al que me gustaría volver, y que ese sitio es una persona. Y si ella quiere que yo vaya a Santo Domingo, iré. Y si quiere que se quede aquí, se quedará. Y si hay una tercera opción que ninguno de los dos ha pensado todavía, la buscaremos juntos.
Hubo un silencio. En lo alto de la pérgola, una brisa suave agitó el jazmín y una lluvia de pétalos cayó sobre la mesa. La madre de Sofía miró los pétalos, miró a Youssef, miró a su hija, que se había quedado petrificada con un higo a medio camino de la boca, y finalmente soltó un resoplido largo, casi una risa.
—Es usted muy raro —dijo.