La Novia Del Desierto

Capítulo 19: El martes de Hassan

Sofía abrió los ojos a las cinco y cuarenta y siete, trece minutos antes de la hora que su cuerpo había decidido hacía años que era la correcta, y por primera vez en toda la semana el despertar no le trajo un golpe de angustia sino algo parecido a un silencio lleno.

Era el día de la boda. Lo supo antes de abrir los ojos del todo, por la luz, que entraba por la ventana con un tono rosado y limpio, y por el olor a jazmín que subía desde el jardín. Se quedó inmóvil, boca arriba, mirando el techo de cal. Extendió la mano izquierda delante de la cara y contempló el puente de henna que Layla le había dibujado en la palma. Se había oscurecido durante la noche hasta un marrón rojizo, casi caoba, y los tres arcos parecían más firmes que el día anterior, como si la piel los hubiera adoptado.

—Hoy se casa Luna —dijo en voz alta, para comprobar cómo sonaba.

Sonaba bien. Sonaba a algo que ya no necesitaba su permiso para ocurrir.

Se levantó despacio, se lavó la cara con agua fría y se puso los pantalones de lino y la blusa blanca de la víspera, con el pelo recogido en una trenza que esta vez se hizo con cuidado, vigilando que ningún mechón escapara. Recordó la frase de su madre desde la escalinata y sonrió. Colgado junto a la ventana, bañado por la luz del amanecer, el vestido de novia parecía respirar. Sofía lo rozó con la yema de los dedos, y las perlas devolvieron un destello tan suave que le dio miedo hacer ruido.

Salió al pasillo. La galería estaba todavía en penumbra, con los faroles apagados y una niebla fina flotando sobre el patio. Abajo, bajo la cúpula reparada, alguien había empezado a disponer las sillas en filas largas y curvas, de madera clara, con cojines de lino blanco, y entre las filas se abría un pasillo ancho cubierto de una alfombra de lana color arena. Dos mozos desenrollaban guirnaldas de naranjo. El maestro Bashir, sentado en un taburete junto a la fuente, con su casco de obra sobre las rodillas, contemplaba la cúpula con la expresión de un padre que mira dormir a un hijo recién curado.

—Buenos días, maestro —dijo Sofía, desde la escalera.

—Buenos días, señora. —Levantó la vista—. Ha aguantado la noche entera. Ni un solo crujido.

—Gracias a usted.

—Gracias a la ingeniera. Yo solo sostuve la escalera.

—Eso no es verdad.

—Es lo que pienso decir a todo el mundo. —Sonrió bajo la barba—. Es una buena manera de envejecer, la de dejar que otros se lleven el mérito.

Sofía rio y siguió su camino hacia la cocina, donde la esperaba Fatima. La encontró de pie junto a una mesa de mármol, con la libreta abierta, un vaso de té en la mano y una sonrisa de serenidad absoluta que contrastaba con el estruendo de cazuelas que llegaba del fondo. El jefe de cocina, un hombre ancho y de bigote enorme, dirigía a una docena de ayudantes con una cuchara de madera como batuta. Había montañas de cordero troceado, cestas de limones en conserva, bandejas de pasteles de almendra todavía tibios y, en el centro de la mesa, las doce tartas que habían sobrevivido al viaje, alineadas como una guardia de honor.

—Todo en orden —dijo Fatima, antes de que ella preguntara—. El oficiante desayuna a las siete. Los músicos llegan a las diez. La ceremonia empieza a las seis de la tarde, con la luz baja, como usted pidió.

—Gracias, Fatima. De verdad.

—Hoy es martes —añadió la administradora, mirando la libreta.

—Lo sé. Es el día de la boda.

—Es martes —repitió Fatima, y levantó la mirada con una expresión extraña, de quien acaba de recordar un dato que debería haber anotado antes.

Sofía tardó un segundo en comprender. Después sintió que se le helaba la nuca.

—Hassan.

—Los mozos del establo me dijeron a las seis que no lo encontraban.

—¡Fatima!

—No quise alarmarla antes de tiempo.

—¡Es martes!

—Eso mismo estoy diciendo.

Salió corriendo. Cruzó el patio entre los mozos, que se apartaron con sorpresa, bajó los tres escalones del arco de servicio y llegó hasta el establo, un cobertizo largo de adobe, con un tejado de ramas y un abrevadero de piedra. Dentro, sobre una cama de heno, descansaban Idris y los otros dos camellos, que levantaron la cabeza con una calma insultante. Del cuarto animal solo quedaba un hueco redondo en la paja y un rastro de huellas profundas que salían hacia el patio.

—No puede ser —murmuró.

—Buenos días, señora del reloj.

Se volvió de golpe. Youssef estaba apoyado en el quicio de la puerta, descalzo, con la camisa arremangada y una taza de té en la mano, sonriendo con una inocencia sospechosa.

—¿Cómo puedes estar tan tranquilo? —preguntó ella.

—Porque lo he visto.

—¿Dónde?

—Ven.

La llevó de vuelta al patio por una puerta lateral, con la mano apoyada ligeramente en su espalda, y se detuvieron en la sombra de un arco. Bajo la cúpula, entre las filas de sillas blancas y las guirnaldas de naranjo, sobre la alfombra color arena, justo en el punto donde en unas horas se levantaría el pequeño altar de la ceremonia, estaba echado Hassan. Tenía las patas dobladas bajo el cuerpo, el cuello erguido y una guirnalda de jazmín colgándole de la boca como una bufanda. Masticaba con una lentitud filosófica. A su alrededor, a una distancia respetuosa, estaban de pie Hakim Al-Sayyad, con el bastón en una mano y un compás en la otra, y Zayan, que sostenía un cubo de agua con aire resignado.

—Está sentado en el altar —susurró Sofía.

—Se ha sentado donde tú querías que se sentara la novia.

—¡Es el sitio exacto!

—Tiene buen ojo.

—Voy a matarlo.

—No lo harás.

—Lo voy a querer mucho, y después lo voy a matar.

Youssef soltó una carcajada que tuvo que sofocar contra el hombro. En el centro del patio, Hakim intentaba, con una dignidad heroica, convencer al camello de que se levantara usando el compás como un señalador, y Hassan lo miraba con la misma expresión de juez cansado que Idris reservaba para los turistas. Zayan le ofrecía agua, en voz baja, con un tono suplicante que habría conmovido a una piedra. Nada funcionaba.




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