Durante unos segundos nadie en el patio se atrevió a respirar.
Los obreros que montaban el altar dejaron los martillos sobre los tablones. Los niños de Hamid, que ensayaban el reparto de pétalos, se quedaron inmóviles con las cestas en alto. Hasta el laúd que alguien afinaba en la galería calló a media nota. Bajo la cúpula reparada, entre las filas de sillas blancas y las guirnaldas de naranjo, el aire parecía haberse detenido, y lo único que se movía era un pétalo suelto que giraba despacio, atrapado en un hilo de luz.
Rosa Reyes empezó a bajar la escalera de cedro. Lo hizo sin apoyarse en la barandilla, con el bastón marcando cada peldaño y la mano de la henna colgando a un costado, rígida, como si temiera estropear el tallo y la hoja que le habían dibujado la víspera. Sofía la vio descender con el corazón en la garganta. Conocía ese paso. Era el mismo con el que su madre atravesaba el pasillo de casa los días de reunión de padres, o de factura grande, o de malas noticias del médico: lento, recto, sin una sola vacilación visible. Solo cuando llegó al último escalón, y se detuvo a cuatro pasos de ellos, Sofía vio lo que ese paso escondía. Le temblaba el labio inferior.
Ramón se había quedado inmóvil, con la maleta en una mano y el brazo de su hija en la otra. Hassan, a su espalda, había dejado por fin la corbata y miraba la escena con las orejas hacia delante, con la gravedad de un testigo notarial.
—Rosa —dijo él.
—Llegas tarde.
—Lo sé.
—Llegas tarde para casi todo.
—Casi todo, sí.
—Pero a tiempo para esto. —Hizo una pausa muy breve, y la barbilla se le alzó un milímetro—. No sé si te lo mereces. Pero llegas a tiempo.
El hombre bajó la cabeza. No dijo nada. Sofía notó cómo el brazo que sostenía se aflojaba, cómo los hombros del anciano se encogían, y comprendió que estaba conteniendo algo muy grande y muy viejo, algo que no tenía sitio en un patio lleno de gente.
—Voy a decirte tres cosas —continuó Rosa—. Y las vas a escuchar sin contestar.
—Te escucho.
—La primera: hoy no se habla del pasado. Hoy se casa tu hija. Lo que tengamos que decirnos, lo diremos esta noche, los tres, cuando se haya ido el último invitado.
—De acuerdo.
—La segunda: te sentarás al fondo. Junto al abuelo de Tomás. No te acercarás a Luna hasta que yo te lo diga.
—De acuerdo.
—La tercera. —Dudó. Los ojos, tras las gafas torcidas, se le humedecieron—. Tienes la corbata mordida.
Ramón parpadeó. Bajó la vista. En efecto, la punta de la corbata azul marino estaba empapada y deshilachada, con la huella redonda de unos dientes enormes.
—Fue un camello —murmuró.
—Ya lo veo.
—Se llama Hassan.
—No me interesa cómo se llama.
Dio dos pasos, rápidos y cortos, con el bastón golpeando las baldosas. Se plantó frente a él, levantó las dos manos y, con una precisión de costurera, deshizo el nudo, alisó la tela, recogió la punta mordida hacia dentro y volvió a anudarlo con tres movimientos secos, como había hecho miles de veces cuando él salía a trabajar de madrugada. Fue un gesto minúsculo, mecánico, de un cuarto de minuto. Pero Sofía, que miraba desde un costado con las lágrimas ya corriéndole por las mejillas, sintió que aquel nudo ceñía algo mucho más profundo que una corbata.
—Ya está —dijo Rosa, retrocediendo—. Ahora pareces una persona.
—Gracias.
—No me des las gracias. Anda, siéntate.
Se dio la vuelta y echó a andar hacia el arco del ala sur con la espalda recta y la cabeza alta. Pero a mitad de camino se detuvo, sin volverse, y dijo en voz tan baja que solo Sofía la oyó:
—Está igual de flaco.
Después desapareció tras la esquina. El patio entero soltó el aire. Alguien tosió. El martillo volvió a sonar. Y Hassan, con un resoplido de aburrimiento, dio media vuelta y se fue hacia la fuente a beber, como si las bodas y las reconciliaciones fueran un trámite que lo cansaba.
Sofía acompañó a su padre hasta una silla en la última fila, junto al abuelo de Tomás. El anciano de la silla de ruedas lo miró de arriba abajo, sacó del bolsillo un caramelo de anís envuelto en papel de colores y se lo puso en la mano sin una palabra. Ramón lo miró, miró a Sofía, y con una dignidad tan absurda como conmovedora desenvolvió el caramelo y se lo metió en la boca. Ella tuvo que dar media vuelta para no echarse a reír, o a llorar, no supo cuál de las dos cosas.
Youssef la esperaba en el arco, descalzo, con una taza de té en la mano.
—Bebe —dijo.
—No puedo.
—Bebe. Es la mitad del truco.
Ella tomó la taza con las dos manos y bebió. Estaba caliente, dulce, con mucha menta. Sintió que el temblor de los dedos se iba aflojando poco a poco.
—Lo has hecho muy bien —murmuró él.
—Ni siquiera he dicho nada importante.
—Has dicho que se sentara donde tú le dijeras. Para alguien que lleva años esperando que le abran la puerta, eso es mucho.
—No sé si es mucho o poco.
—Es lo justo. Que es lo más difícil de todo.
Sofía apoyó la frente un instante en su hombro. No dijo nada. Cuando levantó la cabeza, tenía la misma cara de siempre, un poco más cansada, un poco más serena, y echó a andar hacia la escalera.
—¿Adónde vas?
—A decírselo a Luna.
Subió los peldaños de dos en dos.
La encontró de pie en mitad de la habitación, con el vestido de novia cayéndole en pliegues de seda y el velo de la reina madre flotándole sobre los hombros. Rosa, sentada en el borde de la cama, tenía la mano de la henna apoyada en la rodilla y los ojos clavados en el suelo. Layla, junto a la ventana, sostenía el joyero abierto con una expresión de culpable discreción. Y Luna, pálida y erguida, miraba a su madre con los labios entreabiertos.
—Repítelo —estaba diciendo.
—Está abajo.
—Que papá está abajo.
—Sí.
—En el oasis.
—En el patio, hace diez minutos. Con dos maletas viejas. —Rosa levantó los ojos—. Yo se lo escribí hace tres semanas.