Ramón Reyes no se movió durante un largo rato.
Tenía el plato de tarta a medio comer en una mano y el caramelo de anís en la otra, y miraba a su hija menor con la expresión de quien acaba de oír su nombre en un idioma que ya no sabe hablar. A su lado, el abuelo de Tomás, desde la silla de ruedas, le dio un codazo seco en la cadera, de esos que se dan a los amigos cuando el momento no admite más dudas.
—Hombre, levántese —murmuró, en un español de acento catalán—. Que a mí nadie me ha pedido un baile en veinte años y ya me ve.
Ramón dejó el plato sobre la mesa. Dejó el caramelo encima, con un cuidado absurdo, como si fuera a necesitarlo después. Se puso de pie, se alisó la chaqueta de lana, se tocó el nudo de la corbata que Rosa le había rehecho, y echó a andar hacia el centro del patio con paso inseguro, sorteando sillas, evitando miradas, con la cabeza ligeramente inclinada, como un hombre que atraviesa un río por piedras resbaladizas.
La música había quedado suspendida. Tinhinan mantenía el arco en el aire. Los laudistas, con los dedos quietos sobre las cuerdas, esperaban una señal que nadie sabía quién iba a dar. Fue la reina madre, desde su mesa, quien levantó apenas un dedo, un gesto tan leve que casi pasó inadvertido, y el imzad entró con una nota larga, tibia, sostenida, que se fue abriendo hacia una melodía lenta, de las que no piden nada y lo permiten todo.
Luna esperaba bajo la cúpula, con el velo medio caído y el vestido manchado de azúcar. Cuando su padre llegó a su lado, le tendió las dos manos. Él las tomó con una torpeza infinita. Eran manos de hombre mayor, nudosas, manchadas, y las de ella, jóvenes, con el dibujo de henna ya oscurecido, parecían de otra especie. Se quedaron un momento así, de frente, sin moverse, con las manos enlazadas y las miradas bajas.
—No sé bailar esto —confesó él.
—Yo tampoco.
—Entonces somos tal para cual.
—Eso lo ha dicho mi hermana de su guía.
—Debe de ser una frase de familia.
Luna sonrió, apenas, y empezó a moverse. Era un balanceo suave, de un pie a otro, sin pasos ni figuras, el baile de dos personas que no tienen más que ese gesto para decirse lo que no saben decirse. Ramón la siguió. Le temblaba el cuerpo entero. A cada giro, a cada vuelta lenta, se le humedecían más los ojos, y en un momento dado, sin avisar, apoyó la frente en la coronilla de su hija y cerró los párpados.
Sofía los miraba desde su silla con la mano de Youssef apretada bajo el mantel. Sentía que algo le subía por la garganta y no intentaba detenerlo. Pensó en una escalera, y en dos maletas, y en la mejilla fría pegada a un pasamanos. Pensó en la mujer que acababa de bajar a una pista de baile con un hombre que había pasado catorce años lejos, y en lo que costaba, en el fondo, aquel gesto, tan sencillo a la vista y tan inmenso por dentro.
Poco a poco, otras parejas se fueron sumando. Tomás sacó a bailar a su suegra, que se dejó llevar con el bastón colgado del brazo y los ojos fijos en la espalda del hombre que giraba con su hija. Zayan y Layla se unieron discretamente, con la mano de él en el hombro de ella. Amastan ofreció el brazo a Lalla Aicha. Y la pista se llenó de siluetas que se movían despacio, entre faroles y estrellas, con la cúpula reparada brillando sobre sus cabezas como un cielo propio.
Cuando la melodía terminó, Luna y Ramón se quedaron un instante quietos, todavía abrazados. Ella le dijo algo al oído, muy bajo, que Sofía no alcanzó a oír. Él asintió, varias veces, sin soltarla. Después se separaron. Luna se secó la cara con el dorso de la mano y se volvió hacia el fondo del patio, y a pesar de la distancia, de las luces, del ruido, su mirada encontró la de Sofía y la sostuvo. No hizo falta nada más. Echó a andar hacia ella, con Tomás a su lado.
—Vamos —dijo, al llegar—. Que ya es hora.
—Luna, no tienes por qué...
—Sí tengo. Es mi boda, y es mi familia. No pienso quedarme bailando mientras vosotras dos, y él, y mamá... —Se interrumpió, con una risa trémula—. Que no, Sofi. Que yo también estaba en esa casa.
—Lo sé.
—Entonces no me dejes fuera.
—No te dejo.
Tomás le puso una mano en la espalda, con una ternura callada, y dio un paso atrás.
—Yo me quedo —dijo—. Si me necesitas, me llamas. Y si no, aquí estoy.
—¿Con el megáfono?
—Lo he dejado guardado. Lo juro.
Luna le dio un beso breve, firme, en la boca, y tomó la mano de su hermana. Juntas siguieron a Rosa y a Ramón, que ya se encaminaban hacia el ala este, él con la cabeza baja, ella con la espalda recta. Fatima abrió la puerta del salón y se apartó con una reverencia mínima. Youssef las alcanzó en el umbral. No dijo nada. Se limitó a mirar a Sofía, una sola vez, con los ojos ámbar muy serenos. Después se dejó caer sin ruido en el suelo del pasillo, junto a la puerta, con la espalda apoyada en la pared de cal y las piernas cruzadas.
—Aquí estaré —murmuró.
—Lo sé.
—No me muevo.
—Gracias.
Cruzó el umbral. La puerta se cerró tras ella con un chasquido suave.
La sala era pequeña y cuadrada, de paredes desnudas y techo bajo, sin ventanas, como Rosa había dicho. En el centro había una mesa redonda de madera oscura, con cuatro sillas, una lámpara de aceite de cobre y, a un lado, apoyada en el suelo como un huésped más, una lata redonda de galletas de mantequilla, de esas que se venden en cualquier colmado de Santo Domingo. Tenía la tapa azul descolorida, el dibujo de un velero casi borrado por el roce de los años, y un lazo de cinta de raso rojo anudado en el asa, deshilachado por los bordes.
Sofía la reconoció al instante. Era la lata que su madre guardaba en el último estante del armario de la ropa blanca, detrás de las sábanas buenas, y a la que siempre le había dicho que ni se acercara, que eran cosas de coser.
—Sentaos —dijo Rosa.
Obedecieron. Ramón ocupó la silla de la derecha, con las manos sobre las rodillas y los hombros caídos. Luna, la de la izquierda, junto a Sofía. Rosa se quedó de pie un momento, apoyada en el bastón, mirando la lata, y después, con una lentitud dolorosa, se dejó caer en la silla que quedaba, frente a sus hijas, y colocó la lata sobre la mesa, entre las cuatro, bajo la luz temblorosa de la lámpara.