La Novia Del Desierto

Capítulo 22: La azotea de las estrellas

Cuando Sofía salió del pasillo del ala este con la mano de Youssef entre las suyas, el oasis ya no era el mismo que habían dejado una hora antes.

La fiesta seguía, pero había cambiado de voz. Los tambores se habían callado y los laúdes tocaban ahora una melodía más lenta, casi de sobremesa, de esas que se tocan cuando los invitados ya han dicho todo lo que tenían que decir y solo quieren quedarse un rato más junto al fuego sin hablar. Bajo la cúpula, los faroles se habían ido consumiendo y la luz era más baja y más amarilla. Algunas mesas estaban vacías, con los manteles manchados de vino y de azúcar. Otras conservaban a dos o tres rezagados que discutían en voz baja sobre cosas sin importancia, el precio del cordero, la forma de las nubes, el mejor modo de cruzar un río. Un niño dormía boca abajo sobre un cojín, con la boca abierta y una cesta de pétalos vacía abrazada contra el pecho. Nadie lo había movido. Nadie quería ser el primero en romper aquel silencio de después.

Sofía se detuvo al borde del patio, apoyada en una columna, y miró a su alrededor. Tenía los ojos hinchados, el vestido azul arrugado, la trenza deshecha y un fajo de cartas apretado contra el pecho. No se sentía triste, ni feliz, ni cansada. Se sentía vacía de una manera nueva, limpia, como una habitación a la que se le han quitado los muebles y que por fin deja ver el color de las paredes.

—¿Quieres sentarte? —preguntó Youssef.

—No.

—¿Quieres volver a tu cuarto?

—Tampoco.

—¿Qué quieres?

Ella pensó la respuesta con cuidado, como si fuera una pregunta de examen.

—Quiero ver el cielo —dijo—. Sin techo.

Él sonrió. No contestó. Le apretó la mano, y echaron a andar juntos hacia la torre.

La escalera de caracol era la misma por la que habían subido dos días antes, con prisa y con miedo, para mirar a través de un catalejo una columna de polvo que traía consigo un padre. Esta vez la subieron despacio. Los peldaños de piedra estaban fríos bajo los pies de Sofía, que se había quitado las sandalias en el primer rellano, y olían a polvo y a cuerda vieja, y la pared curva, áspera al tacto, le arañaba la palma de la mano izquierda, justo donde tenía el puente de henna. A mitad de camino se detuvo a respirar. Youssef se detuvo también, un escalón más abajo, sin decir nada, y esperó. Nadie los esperaba arriba. No había ninguna hora que cumplir.

Cuando salieron a la plataforma, el aire los recibió con un frescor limpio y salado, y el cielo se abrió sobre sus cabezas de golpe, enorme y negro, sembrado de estrellas tan numerosas que parecían un error de cálculo. Los guardias de la torre se habían retirado. En una de las almenas alguien había dejado una manta de lana doblada y un termo de té, con dos vasos de cristal colocados encima como una invitación. Sofía miró aquello, miró a Youssef, y él alzó las manos con una expresión de inocencia tan elaborada que no engañó a nadie.

—Fatima —dijo ella.

—Es su especialidad.

—¿Qué le has contado?

—Nada. Solo le pedí que no subiera nadie.

—Y le ha parecido bien dejarnos té.

—Le ha parecido sensato.

—Esa mujer lo sabe todo.

—Es de familia.

Extendieron la manta sobre las losas de la plataforma, con la espalda contra el muro bajo y las piernas estiradas hacia el centro, y se sentaron uno al lado del otro. Sofía dejó el fajo de cartas sobre las rodillas. Youssef sirvió el té, que humeaba todavía, y le tendió un vaso. Bebieron sin hablar. Abajo, en el patio, la música se fue apagando poco a poco, y el silencio fue creciendo por capas, primero el de las voces, luego el de los pasos, luego el de las puertas que se cerraban. Hasta que no quedó más que el viento entre las palmeras y, muy lejos, el ladrido de un perro del desierto.

—Es una buena noche —dijo ella, al cabo.

—Lo es.

—Me gustaría que no terminara.

—Todavía queda mucha.

—Lo sé. Pero ya la siento acabarse.

—Eso es de gente que tiene prisa por echar de menos.

Sofía se rió, con la cabeza hacia atrás, apoyada en el muro. La risa le salió corta y cansada, y se quedó un momento flotando en el aire frío, con su vaho blanco.

—Me estás citando.

—Te estoy citando a ti. Lo dijiste en el desierto, hace una semana. Que siempre tenías prisa por llegar al siguiente sitio.

—Dije eso.

—Lo dijiste mirando una duna. Con la agenda en las rodillas.

—¿Te acuerdas de todo?

—De lo que me importa, sí.

Ella no contestó. Se quedó mirando las estrellas, con la frente ligeramente fruncida, como si intentara contarlas. Había miles. Millones. Aquella nube blanca y espesa que cruzaba el cielo de lado a lado era la Vía Láctea, que Youssef le había señalado la primera noche. Más abajo, hacia el horizonte, una estrella más brillante que las demás, quieta, sin parpadear. La estrella del pastor.

—Mi padre me escribió una carta —dijo, de pronto—. La primera. La he leído hoy en voz alta, delante de todos, y no me he roto.

—Lo vi en tu cara cuando saliste.

—Pensaba que me iba a romper.

—No te has roto.

—Me he doblado.

—Es distinto.

—Es muy distinto. Me lo estoy aprendiendo.

Hizo una pausa. Dejó el vaso sobre la manta. Después tomó el fajo de cartas, deshizo el nudo de la cinta azul desteñida, y sacó con mucho cuidado el segundo sobre. No lo abrió. Lo sostuvo en las manos, pasando el pulgar por el borde, sintiendo el grosor del papel viejo.

—Hay once más solo de este año —dijo—. Y trece años más. Son casi doscientas cartas. Podría pasarme la vida leyéndolas.

—Podrías.

—O podría no leerlas nunca.

—También.

—No me dices qué hacer.

—No te lo diré. —Youssef la miró de lado—. Pero te diré lo que hace Lalla Aicha cuando recibe un regalo difícil.

—¿Qué hace?

—Lo deja a la vista. Sin abrirlo. Durante tres días. Se acostumbra a su presencia. Dice que las cosas que importan se abren mejor cuando ya no asustan.




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