La Novia Del Desierto

Capítulo 23: El desayuno de los cuatro

Sofía no se movió durante mucho rato.

La luz del amanecer iba subiendo sobre la plataforma de la torre con una lentitud casi respetuosa, como si el sol supiera que había alguien durmiendo y no quisiera sobresaltarlo. Primero fue un rosa muy pálido que tiñó el borde de las almenas. Después un naranja suave que se deslizó por las losas, trepó por la manta de lana y le llegó a los pies descalzos, que asomaban por un extremo. Ella los encogió despacio, sin hacer ruido, y volvió a quedarse quieta con la cabeza apoyada en el pecho de Youssef, escuchando aquel latido tranquilo que subía y bajaba bajo la tela de lino.

Había algo en esa quietud que no se parecía a ninguna de las quietudes que conocía. En su apartamento de Santo Domingo, las mañanas empezaban con una alarma, una cafetera y una lista, y el silencio, cuando lo había, era un silencio de trabajo, el de quien se concentra para no perder un minuto. Allí, en cambio, el silencio era de otra naturaleza. Era un silencio que no esperaba nada. Respiraba por sí solo, como una cosa viva, y ella formaba parte de él sin esfuerzo, igual que formaban parte las palmeras, la piedra, el aire frío que olía a leña apagada.

Pensó en las cartas. Estaban a su lado, envueltas en un pliegue de la manta, atadas con la cinta azul desteñida, y le pareció que desde allí la miraban con una paciencia enorme. No sintió miedo. Sintió algo parecido a la curiosidad que se siente ante una puerta cerrada en una casa que uno acaba de heredar. Tres días, había dicho. Era un buen plazo.

Un bostezo largo, grave, subió desde el establo. Después otro. Después un bramido que se alargó hasta convertirse en una especie de queja filosófica, y que terminó con un resoplido de desprecio hacia la humanidad entera.

—Hassan se ha levantado —murmuró Youssef, sin abrir los ojos.

—Llevas despierto un rato.

—Un poco.

—¿Cuánto?

—Desde que dejaste de roncar.

—Yo no ronco.

—Roncas muy bajito. Como un gato dormido.

—Eso es mentira.

—Es poesía.

Ella se incorporó sobre un codo para mirarlo. Tenía el pelo revuelto, una marca roja en la mejilla donde había apoyado la cara contra el pliegue de la túnica y los ojos entornados, con esa luz dorada y adormilada que le hacía parecer un animal tranquilo tomando el sol. Sofía sintió el impulso de decirle algo importante, algo que condensara todo lo que había ocurrido en las últimas veinticuatro horas, y no encontró nada que estuviera a la altura. Se limitó a darle un beso corto en la frente. Él sonrió con los ojos cerrados.

—Buenos días, señora del reloj.

—Buenos días, guía impuntual.

—¿Qué hora es?

—No lo sé.

—¿No lo sabes?

—No he mirado. —Sonrió—. Es la primera vez.

—Habrá que celebrarlo.

—Con té.

—Con té y con pan caliente.

—Eso suena a Lalla Aicha.

—Suena a todas las cosas buenas.

Se incorporaron despacio, con las articulaciones protestando, y doblaron la manta entre los dos, esquina con esquina, con una precisión que a ella le habría arrancado un elogio en otro momento. Bajaron la escalera de caracol de la mano, él delante y ella detrás, con las sandalias colgando de los dedos y las cartas contra el pecho. Al llegar al patio, se detuvieron los dos en el arco.

El oasis despertaba con una calma extraordinaria. Bajo la cúpula, un grupo de mozos desmontaba las mesas largas del banquete, plegaba los manteles manchados, apilaba los platos de cerámica azul en cestas de mimbre. Lo hacían sin prisa, murmurando entre ellos en árabe, con la serenidad de quienes han vivido muchas fiestas y saben que lo importante viene después. En un rincón, junto a la fuente, el maestro Bashir, con el casco de obra bajo el brazo y la barba blanca recién peinada, examinaba uno de los herrajes de la cúpula con una lupa. Al ver a Sofía levantó la cabeza, le dedicó una inclinación solemne y volvió a lo suyo. Sobre las losas, entre los restos de pétalos, había una guirnalda de jazmín pisoteada y, junto a ella, un camello de azúcar medio derretido que alguien había dejado olvidado sobre una bandeja.

—Hassan se lo va a comer —dijo Youssef.

—Hassan ya se ha comido dos cestas de higos esta mañana. Lo he visto desde la torre.

—Es un animal con aspiraciones.

—Es un animal con una úlcera, si sigue así.

Cruzaron el patio. En la galería del ala sur, una puerta se abrió con un chirrido suave y salió Fatima, con una libreta nueva bajo el brazo y un vestido de lino claro. No parecía haber dormido más de dos horas, pero tenía el aspecto de quien ha dormido ocho. Al verlos, no dijo nada. Se limitó a levantar una ceja, con una elegancia infinita, y a sonreír de un modo que hizo enrojecer a Sofía hasta las orejas.

—Buenos días, señora Reyes.

—Buenos días, Fatima.

—He tomado la libertad de preparar el desayuno en el jardín. Bajo el naranjo grande, en la mesa redonda. Para cuatro personas. —Hizo una pausa muy breve, con una discreción casi cruel—. Su madre bajó hace media hora. Su hermana y su cuñado acaban de levantarse. Y el señor Ramón lleva una hora paseando por el sendero de la acequia, sin atreverse a sentarse.

—¿Una hora?

—Dice que no quiere ser el primero.

—Qué hombre más absurdo.

—Es lo que dice la señora Rosa.

—¿Y qué ha hecho ella?

—Le ha mandado una taza de café. Con un mozo. Sin una nota.

Sofía sintió que algo se le ablandaba en el pecho. Se volvió hacia Youssef, que se había quedado un paso atrás, con las manos a la espalda, mirando las baldosas con exagerada atención. Él entendió lo que ella iba a decir antes de que lo dijera.

—No voy contigo —murmuró.

—Lo sé.

—Es un desayuno de familia.

—Sí.

—Yo estaré donde me necesites. Cerca. Pero no dentro.

—Gracias.

—No me des las gracias. Dame una hora.

—Te doy toda la que quieras.

—Con una hora me basta. —Sonrió, con esa sonrisa lenta, torcida—. Voy a ver si Hassan ha dejado algo del camello de azúcar.




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