La Novia Del Desierto

Capítulo 24: Quién se queda y quién se va

La primera maleta salió del oasis a las once y diez de la mañana, y fue una de las pequeñas, de cuero marrón, con las esquinas remendadas con cinta.

No era la de Ramón. Lo supo Sofía por la manera en que el mozo la cargó, sin cuidado, con un balanceo despreocupado que él jamás habría permitido. Pertenecía a uno de los primos de Tomás, el más joven, un muchacho de Barcelona de pelo teñido de rubio que llevaba dos días fotografiándolo todo con un teléfono que no tenía señal y que, sin embargo, seguía sacando de vez en cuando del bolsillo, como quien consulta un reloj parado. Lo vio cruzar el patio con su equipaje, despedirse de un camarero con un choque de puños torpe y subir a la plataforma del primero de los autobuses blancos que esperaban junto a la puerta. Detrás de él, otras maletas fueron cayendo en fila, una tras otra, hasta que el maletero quedó lleno y un mozo bajó la tapa con un golpe seco que resonó bajo los arcos.

Sofía lo observaba todo desde un banco de piedra junto a la fuente, con una taza de té entre las manos y las piernas cruzadas, sin agenda. La había dejado en la habitación, sobre la mesilla, junto a la llavecita de latón y el fajo de cartas. No la había olvidado. Había decidido no llevarla, lo que era muy distinto, y todavía se estaba acostumbrando a la ligereza extraña de tener las manos libres. Cada pocos minutos, por puro reflejo, buscaba con la mano izquierda el hueco bajo el brazo donde solía ir el cuero verde esmeralda, y cada vez encontraba el aire y sonreía.

—Estás haciendo el gesto otra vez —dijo Fatima, sentándose a su lado con una delicadeza de ave.

—¿Qué gesto?

—El de buscar la agenda. Lo hace usted cada cinco minutos. Desde que bajó del desayuno.

—¿Lo llevas contando?

—Es mi trabajo contar cosas.

—Es un trabajo muy raro.

—Es un trabajo de gente que no sabe estarse quieta.

Sofía soltó una risa corta. Fatima tenía en el regazo una libreta nueva, de tapas de cuero negro, abierta por una página cubierta de líneas pequeñas y ordenadas. Sofía reconoció la caligrafía, esa letra redonda y precisa que había leído en una docena de correos, y reconoció también el sistema: una columna a la izquierda con horas, otra en el centro con nombres y una tercera, estrecha, a la derecha, con marcas de colores. Verde significaba salida confirmada. Azul, pendiente. Rojo, problema. En lo alto de la página, subrayado dos veces, un título: partidas, miércoles.

—Es la lista de quién se va —dijo Fatima.

—Ya lo veo.

—Hay treinta y cinco invitados. Más el séquito de la reina, que son once. Más los obreros del reino, que son veinte. Más la familia de Hamid. Más los suyos.

—¿Los míos?

—Su madre, su padre, su hermana, su cuñado. Y usted.

—¿Yo estoy en la lista?

—Está en todas las listas, señora Reyes. Pero en esta tiene una casilla en blanco.

Sofía miró la libreta. En efecto, al final de la columna de nombres, entre una pareja de tíos de Tomás y el capitán Rashid, había una línea que decía simplemente Sofía Reyes, sin hora, sin marca, con un pequeño interrogante a lápiz. Se quedó mirándolo unos segundos. Después bebió un sorbo de té.

—No sé a qué hora me voy —dijo.

—Lo sé.

—Ni cuándo.

—Lo sé también.

—Mi billete es para el jueves, a las seis de la mañana, desde Marrakech.

—Pasado mañana.

—Pasado mañana.

—Es un billete muy puntual.

—Todos lo son. Los compro con mucha antelación.

—Qué admirable.

—Y qué inútil. —Sofía sonrió con una media sonrisa torcida—. Nunca me había parecido tan inútil comprar un billete.

Fatima no contestó. Cerró la libreta, con un gesto discreto, y se quedó mirando también el patio. Una de las damas de la reina cruzaba entre las columnas con una caja de sombreros en cada mano. Dos obreros desmontaban el altar, el arco de naranjo y las cintas blancas, con una ternura silenciosa. Un niño de Hamid perseguía a una paloma con un trozo de pan, sin éxito, y el animal lo evitaba con una flema displicente.

—Mi madre dice que a las despedidas no se llega tarde —dijo Sofía, al cabo.

—Mi madre decía que a las despedidas no se llega, que se sale a ellas.

—Es una frase muy buena.

—Es una frase que me ha costado cuarenta años entender.

El segundo autobús arrancó con un rugido y una nube de polvo dorado. Sofía se levantó para despedir a los invitados. Era una tarea que habría hecho con los ojos cerrados en otra época, con una sonrisa fija, una frase exacta para cada cual y un ojo puesto en el reloj. Esta vez lo hizo de otra manera. Se plantó junto a la puerta sin carpeta ni auricular, y fue recibiendo, uno por uno, a los que se marchaban, y descubrió que cada uno tenía algo que decirle y que ella, por una vez, tenía tiempo para escucharlo.

La madre de Tomás fue la primera. Se acercó con el sombrero de paja inclinado sobre una oreja y los ojos brillantes de lágrimas de felicidad, y le dio un abrazo largo, de esos que dejan marcas de pintalabios. Le dijo, en un castellano con acento catalán que se le iba enredando de emoción, que nunca en su vida había visto una boda así, que se llevaba una caja de dátiles para sus vecinas y una historia para el resto de la vida, y que si algún día Sofía pasaba por Gerona, tenía una cama, una olla de escudella y tres gatos que ya estaban avisados. Sofía le prometió que iría. Lo prometió de verdad, sin añadir mentalmente la coletilla de cuando pueda, y se sorprendió de lo bien que le sonó.

Las amigas de Luna, las tres barcelonesas, la rodearon en tropel. Habían pasado dos días enteros fotografiando camellos, y no sabían cómo despedirse de ella sin llorar. Una le regaló un pañuelo de seda que había comprado en el mercado de Marrakech. Otra le dio un papel arrugado con un número de teléfono y una dirección, con instrucciones muy serias de que la llamara si alguna vez necesitaba una organizadora de bodas en Cataluña, porque conocían a muchas parejas dispuestas a casarse en un desierto si ella aceptaba dirigirlo. La tercera, la más tímida, solo la abrazó, y le susurró al oído que nunca había visto a nadie escuchar tan bien.




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