La Novia Del Desierto

Capítulo 25: El plazo

Sofía sostuvo el auricular unos segundos más de lo necesario, con el cable largo y antiguo enroscado en la muñeca como una pulsera, y escuchó cómo la voz de Ana Belén se iba abriendo paso entre las interferencias de la línea. Era una voz que conocía mejor que la de cualquier otra persona de su vida adulta, porque llevaba ocho años oyéndola decir doña Mercedes quiere cambiar las rosas, el proveedor de las sillas ha llamado, la novia llora en el baño, y sin embargo, en aquel momento, le pareció la voz de una desconocida que hablaba desde el fondo de un pozo muy profundo, en un idioma que ella había hablado hacía mucho tiempo.

—Jefa, ¿me oye? —gritaba Ana Belén—. ¡Jefa, que si me oye!

—Te oigo.

—Se ha cortado un poco. Le decía que es una cadena enorme, con hoteles en Dubái, en Estambul, en Marrakech, en Lisboa y en Punta Cana. Quieren una dirección regional para eventos. Alguien que entienda de bodas y que no se ponga nerviosa. Me dijeron exactamente eso. Que no se ponga nerviosa.

—Qué ironía.

—¿Cómo dice?

—Nada. Sigue.

—Han visto las fotos de la boda de doña Mercedes. Pero sobre todo les gustó la agenda.

—¿La agenda?

—La agenda de colores, jefa. La que usted lleva a todas partes. Salió en una de las fotos, sobre la mesa de los novios, y la directora de la revista la mencionó en el pie. Dijo que era el cerebro invisible de la boda. Y a la gente de la cadena le encantó la idea.

Sofía se rió, una risa corta y sin aliento, y se llevó la mano libre a la frente. Pensó en el cuero verde esmeralda que reposaba en aquel instante sobre su mesilla, con las páginas llenas de tinta de colores y una última hoja morada que ya no servía para nada que ella supiera. Pensó que le habría gustado explicarle a alguien lo extraño que era recibir un premio por un objeto que había empezado a dejar de necesitar.

—Dame los detalles —dijo—. Despacio. Uno por uno.

Ana Belén los dio. Eran buenos, eran incluso excelentes, y a medida que los iba escuchando, Sofía sintió que el estómago se le encogía de una manera complicada, como cuando uno oye un elogio que no está seguro de merecer. El sueldo era seis veces superior a lo que ganaba en la empresa. Había un equipo de cuarenta personas, un despacho con vistas al mar, un presupuesto sin tope para cada evento, y una cláusula de movilidad que implicaba pasar al menos la mitad del año viajando entre los hoteles. Querían que se incorporara en un mes. Querían una respuesta antes del viernes, a las doce del mediodía, hora de Santo Domingo.

—Antes del viernes —repitió.

—Es el plazo que me dieron.

—¿Quién lo puso?

—La directora de personal. Una señora muy educada y muy fría. Dice que tienen otra candidata, una francesa, y que si usted no puede, ofrecerán el puesto a ella.

—Entiendo.

—Jefa, ¿está bien? La noto rara.

—Estoy en el desierto.

—Ya lo sé. Me lo dijo Luna.

—Estoy a medianoche, en un oasis, y me acaban de ofrecer el trabajo de mi vida.

—Pues es una buena combinación.

—Es una combinación muy extraña.

—¿Y qué le digo?

Sofía miró a Fatima, que esperaba a un paso de distancia con las manos entrelazadas y una paciencia infinita. Miró hacia el fondo del pasillo, donde una silueta oscura seguía inmóvil, a diez pasos exactos, sin moverse. Cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, tenía la voz serena, casi suave.

—Dile que he recibido la oferta. Que la agradezco muchísimo. Y que respondo el viernes antes de las doce.

—¿No quiere pensarlo?

—Lo estoy pensando.

—Pero hoy es martes.

—Ya, pero tengo todavía tres días.

Colgó con una sonrisa extraña, de las que no se sabe si son de miedo o de ternura. Devolvió el auricular a Fatima, que lo recibió sin decir nada, y le dio las gracias con un movimiento de cabeza. La administradora asintió. Después, con una discreción exquisita, hizo una pequeña reverencia, giró sobre sus talones y se alejó por el corredor sin ruido, dejando tras de sí un olor suave a azahar y la sensación de haber sido cómplice de algo que no necesitaba explicación.

Sofía se quedó sola en el umbral. Tardó un buen rato en moverse. Después caminó hasta el final del pasillo, y se detuvo a un paso de Youssef, que se había sentado en el suelo con las piernas cruzadas y la espalda contra la pared, como la noche del cuarto de la lata. No la miró enseguida. Tenía la vista fija en las baldosas, y las manos sobre las rodillas, y algo en su postura, una especie de contención voluntaria, le recordó a un hombre que se ha propuesto no pesar sobre un platillo de una balanza.

—Has oído —dijo ella.

—Una parte.

—¿Cuál?

—Lo de las cinco ciudades.

—Es mucho dinero, Youssef.

—Lo imagino.

—Es el tipo de oferta que una persona como yo ha esperado toda su vida.

—Lo sé.

—No me dices nada.

—No.

—¿Por qué?

—Porque cualquier cosa que te diga, por pequeña que sea, pesaría. —Alzó por fin los ojos, ámbar, serenos, con una pequeña arruga de preocupación entre las cejas—. Y quiero que esto lo decidas con tus pies, no con los míos.

—¿Con los pies?

—Es lo que dijo la reina madre.

—Lo oíste.

—Estaba a diez pasos.

Ella soltó una risa floja y se dejó caer junto a él, sentada en el suelo, con las rodillas contra el pecho. Se quedaron un rato así, hombro con hombro, en la penumbra del corredor, escuchando el crujido lejano de una viga, el chisporroteo de una lámpara y el murmullo del agua en la fuente del patio. Sofía apoyó la cabeza en la pared. Notó que le temblaban un poco los dedos, y los apretó entre las rodillas.

—No sé qué siento —murmuró.

—Es normal.

—Debería estar feliz.

—Quizás lo estés. Y asustada. Y triste. Y cansada. Todo a la vez.

—Eso me lo dijo Luna.

—Tu hermana es una mujer sensata.

—Tiene veinte años.

—Es una edad que suele decir cosas ciertas.

Sofía no contestó. Se quedó mirando una grieta fina que cruzaba el suelo de baldosas, y siguió su recorrido con los ojos hasta perderla bajo una puerta. No quería hablar más. Notó que él tampoco. Pasaron los minutos así, sin prisa, sin ninguna tarea. En un momento dado, Youssef alargó la mano, buscó la suya entre las rodillas y la sostuvo sin apretar. No dijo nada. Era una mano grande, cálida, con callos en los dedos, y ella sintió que, por primera vez en toda la noche, la tensión se le aflojaba un poco entre los hombros.




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