La Novia Del Desierto

Capítulo 26: La hora del avión

Sofía despertó antes de que amaneciera del todo, y supo qué hora era sin necesidad de mirar nada.

Lo supo por la luz, que entraba por la ventana con un tono gris pizarra, todavía sin una sola gota de color, y por el silencio, que tenía esa textura densa y expectante de las horas anteriores al primer ruido del día. Se quedó tumbada boca arriba, con las manos cruzadas sobre el vientre y la colcha subida hasta la barbilla, mirando el techo de cal. Debajo de la almohada, duro y frío contra la nuca, estaba la llave de hierro de la puerta azul. La notaba como se nota una piedra pequeña en el zapato, una presencia que no molesta pero que tampoco se olvida.

A doscientos kilómetros de allí, en el aeropuerto de Marrakech, había un avión que despegaba a las seis de la mañana con un asiento vacío. Lo había comprado ella, en una tarde de mayo, con una tarjeta de crédito y una hoja de cálculo, y lo había elegido junto al pasillo, porque le gustaba poder levantarse sin molestar a nadie. Había anotado la reserva en la agenda con tinta roja, en la casilla del jueves, y la había subrayado dos veces. Le había parecido, entonces, la cosa más sólida del mundo, un compromiso con el futuro tan firme como un cimiento.

Esperó. No sabía exactamente qué, pero esperó, con una atención extraña, casi científica, como quien observa un experimento del que no conoce el resultado. El cielo fue pasando del gris al perla y del perla a un rosa muy leve. En algún lugar del patio, un mozo arrastró un cubo por las baldosas. Un gallo cantó, dudó, volvió a cantar. Y entonces, desde lo alto de la torre, el vigía entonó la hora con aquella voz grave y larga que Sofía ya conocía de memoria, seis notas hondas que bajaron sobre el oasis como seis piedras lisas sobre un estanque.

Contó cada una. Cuando la sexta se apagó entre las palmeras, se quedó inmóvil, con los ojos abiertos, esperando que ocurriera algo: un sobresalto, un golpe de angustia, una vocecita interior que le gritara que acababa de cometer un error imperdonable. No ocurrió nada. El aire siguió tibio. El techo siguió blanco. Una mosca se posó sobre la colcha, se frotó las patas delanteras con la solemnidad de un banquero y se fue.

—Ya está —dijo en voz alta, a nadie.

Y sonrió. Fue una sonrisa pequeña, algo incrédula, la de una persona que acaba de soltar un objeto que creía pegado a la mano y descubre que la mano sigue funcionando. Se incorporó, se pasó los dedos por el pelo, y buscó con los pies descalzos las sandalias que Fatima le había prestado. Tenía hambre. Lo cual, pensó, era un síntoma excelente.

El pasillo estaba vacío y fresco. Bajó las escaleras sin prisa, rozando la pared con la mano, y cruzó el patio bajo la cúpula, que a aquella hora tenía un color de agua, un azul verdoso y translúcido que parecía de otro mundo. Había rocío sobre las losas. Alguien había dejado una escoba apoyada contra la fuente, y un gorrión se bañaba con furia en el borde de los azulejos, salpicando gotas que brillaban como cristales rotos. No se oían voces. Pero de la cocina, al fondo de la galería norte, llegaba un olor que la hizo detenerse en seco, con la nariz levantada como un perro de caza: pan caliente, recién hecho, con un fondo de anís y de ceniza.

Empujó la puerta de madera con el hombro.

La cocina estaba iluminada por una sola lámpara de aceite y por el resplandor rojizo del horno de barro, que ocupaba toda la pared del fondo como una boca tranquila. Sobre la gran mesa de mármol, entre sacos de harina y cuencos de agua, había hileras de panes redondos puestos a enfriar sobre paños de lino. Y de pie ante la mesa, descalzo, con las mangas de la túnica arremangadas hasta los codos y un pañuelo blanco anudado sobre el pelo, estaba Youssef, con las dos manos hundidas hasta las muñecas en una masa blanda y brillante. Tenía harina en la barba, en la frente, en la punta de la nariz. Al oír la puerta levantó la cabeza, y los ojos ámbar se le encendieron de pura alegría.

—Buenos días, señora del reloj.

—¿Cuánto llevas aquí?

—Desde las cuatro.

—¿Sin dormir?

—Dormí tres horas. Con Hassan. Me dio calor y me sacó a patadas.

—Hassan no da patadas.

—Da codazos de cuello. Es peor.

Sofía se acercó a la mesa. No quiso decirle lo que acababa de ocurrir en su cuarto, ni la sexta campanada, ni la mosca. Se limitó a apoyarse en el borde de mármol y a mirar cómo trabajaban sus manos, que plegaban la masa sobre sí misma con un movimiento lento, circular, hipnótico. Había en aquel gesto una paciencia antigua. Cada vez que empujaba con el talón de la palma, la masa respondía con un suspiro tenue, y cuando la recogía con los dedos, se estiraba hasta formar hilos finos que brillaban en la luz roja del horno.

—Son las seis y diez —dijo ella, al cabo de un rato.

—Lo sé.

—Mi avión salió hace diez minutos.

Youssef no dejó de amasar. Siguió empujando y plegando, con la vista fija en la masa, y ella notó que sus hombros, bajo la tela de lino, se relajaban un poco, apenas, como si hubiera estado conteniendo algo desde la víspera.

—¿Cómo ha sido? —preguntó él, con voz tranquila.

—Corto.

—¿Y por dentro?

—Silencioso.

—Eso es bueno.

—Eso mismo pensé. —Se rió—. Creí que iba a sentir algo. Culpa, pánico, un vértigo. Pero fue como cuando dejas de oír el ruido de una nevera y descubres que llevaba años encendida.

—Es una comparación excelente.

—Es la única que se me ocurre a las seis de la mañana.

Él sonrió. Separó una porción de masa con la mano, la dejó caer sobre la mesa enharinada y la modeló en una bola con un giro rápido de la muñeca. Después hizo otra, y otra, con la facilidad de quien lo ha hecho miles de veces. Sofía lo miró un rato más, y de pronto, sin pensarlo, se arremangó la blusa, se lavó las manos en el cuenco de agua y se colocó a su lado.

—Enséñame otra vez.

—Ya sabes hacerlo.

—Sé hacerlo mal.

—Lo hacías bien en el campamento de Lalla Aicha.




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