La Novia Del Desierto

Capítulo 27: La Campana

Sofía se quedó dormida en el heno sin proponérselo.

Había ido al establo a mirar a un hombre dormir y a pensar un rato, con la intención de volver a su habitación en cuanto se le aclarara la cabeza. Pero el heno era tibio, la lámpara de aceite proyectaba un círculo de luz que invitaba a quedarse dentro de él, y el ronquido de Hassan marcaba un compás tan lento y tan regular que acabó por mecerla. Primero apoyó la espalda contra una viga. Luego dejó caer la cabeza hacia un lado. Y en algún momento que no pudo precisar, con los ojos fijos en la estrella del pastor, que se veía por la rendija del techo, se le cerraron los párpados sin que nadie le avisara.

Despertó en plena noche, sin saber qué hora era. No había luz de lámpara. Alguien la había apagado. Por la rendija entraba un hilo de claridad plateada que dibujaba sobre la paja una raya delgada, y en esa raya, como en una página en blanco, se movía el polvo en espirales lentas. Tenía una manta de lana sobre los hombros, que no recordaba haberse echado, y la cabeza apoyada en algo blando, un fardo de heno o quizás una chaqueta doblada. Hassan seguía roncando. Hacía frío, un frío limpio y seco que se le metía por las mangas, pero la manta pesaba lo justo, y bajo ella estaba caliente.

—No te muevas —dijo una voz baja, a su izquierda.

Giró la cabeza. Youssef estaba sentado a un metro, con la espalda apoyada contra la pared de adobe y las rodillas dobladas, y la miraba con la cara medio en sombra. No parecía que acabara de despertarse. Parecía que llevaba mucho rato allí, mirando sin hacer nada, con la paciencia de un animal que vigila un nido.

—¿Qué hora es? —susurró.

—Las tres y pico.

—Me quedé dormida.

—Roncas muy bajito.

—Eso es mentira.

—Es poesía.

Sonrió en la oscuridad, y ella notó que se le aflojaba algo en el pecho. Se incorporó un poco, se acomodó la manta, y se quedó sentada con los brazos alrededor de las rodillas. No quiso volver a hablar enseguida. El silencio del establo no pedía palabras, y ella había aprendido, en aquellos días, a distinguir los silencios que se llenan de los que se dejan estar.

—¿Has dormido? —preguntó, al cabo.

—Un rato.

—Mientes.

—Un poco.

—¿Por qué estás despierto?

—Por costumbre. En el desierto uno aprende a despertarse a esta hora. Es cuando la tierra suelta el calor del día y se oyen cosas.

—¿Qué cosas?

—Escucha.

Obedeció. Cerró los ojos, y al principio no oyó nada más que el ronquido de Hassan. Pero poco a poco, a medida que el oído se le iba acostumbrando, empezaron a aparecer otros sonidos, muy finos, casi imperceptibles. Un crujido leve en las vigas, el de la madera que se contrae con el frío. El roce de algo pequeño que corría por el techo de paja. El suspiro de la arena al enfriarse, un susurro seco, constante, que subía desde el suelo como la respiración de una bestia enorme que duerme bajo la tierra.

—La arena canta —dijo ella.

—Cuando se enfría. Los antiguos decían que era el desierto contando los muertos.

—Qué alegre.

—Mi abuelo decía que era el desierto rezando. Que cada grano pedía algo distinto y que de todas esas peticiones salía un solo rumor.

—Me gusta más esa.

—A mí también.

Se quedaron un rato escuchando. Afuera, muy lejos, aulló un chacal, y otro le contestó, y después los dos callaron como si se hubieran avergonzado de interrumpir. Sofía apoyó la barbilla en las rodillas y miró la raya de luz de la luna. Pensó que podía preguntarle algo, cualquier cosa, sobre el trabajo, el plano de Fatima, el viernes. Y pensó también que no quería. Que aquella noche, en aquel establo, entre aquel hombre y aquel camello, no había sitio para una pregunta que pesara.

—No me vas a preguntar nada —dijo, sin mirarlo.

—No.

—¿Ni una cosa pequeña?

—¿Una cosa pequeña?

—Cómo estoy.

Youssef tardó en contestar. Lo hizo con la voz muy baja, casi un aliento.

—¿Cómo estás?

—No lo sé. Ligera. Y con miedo. Y con ganas de reír. Y con ganas de llorar. Pero sobre todo ligera.

—Eso es buena señal.

—Eso dicen todos.

—Es que lo es.

Se rieron los dos, casi sin ruido, para no despertar al camello. Después, con una naturalidad que no habría sabido explicar, Sofía se movió un poco hacia la izquierda, hasta apoyar el hombro contra el suyo, y volvió a cerrar los ojos. Él no dijo nada. Pasó un brazo por detrás de su espalda, sin apretarla, y dejó que ella se acomodara. El calor de su cuerpo se mezcló con el de la manta, y el rumor lejano de la arena fue cubriendo todo lo demás como una sábana fina.

—Youssef —murmuró, ya casi dormida.

—Dime.

—Si mañana te dijera que me voy.

—Te ayudaría a hacer la maleta.

—¿Y si te dijera que me quedo?

—Te ayudaría a deshacerla.

—Qué respuesta más inútil.

—Es la única que tengo.

Sonrió contra su hombro. Y se durmió.

Cuando volvió a abrir los ojos, el establo estaba lleno de luz.

Era una luz oblicua, dorada, que entraba por la puerta abierta y caía sobre la paja en un rectángulo brillante. Hassan estaba de pie, con el cuello estirado hacia el patio y la guirnalda de jazmín, ya mustia, todavía colgándole de la boca, y la miraba con una expresión de profundo reproche, como si quisiera dejar constancia de que había tenido que soportar su presencia toda la noche. A su lado, donde antes estaba Youssef, solo quedaba un hueco redondo en la paja y la chaqueta doblada que ella había usado de almohada. Sobre la chaqueta, alguien había dejado un pequeño trozo de pan con una aceituna encima, como una ofrenda.

Se incorporó. Le dolía el cuello. Tenía paja en el pelo, en la blusa, en las pestañas. Se comió el pan con la aceituna de pie, mirando al camello, que la observaba con el desprecio sereno de los que lo han visto todo.

—Buenos días, Hassan.

El camello resopló.

—No me mires así. Tú dormiste mejor que yo.




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