La Novia Del Desierto

Capítulo 28: Las dos manos

La campana de la torre dio la última de las cuatro y Sofía, que caminaba por el corredor del ala sur con la agenda apretada contra el pecho, descubrió que había contado los golpes sin querer. Era una costumbre que no pensaba abandonar del todo. Había hecho las paces con ella esa mañana, entre el rocío y el pan caliente, al comprender que contar no era el problema, y que el problema nunca había sido el reloj, sino la prisa con que ella lo miraba.

El corredor olía a cera y a azahar. La luz entraba oblicua por los arcos y dibujaba sobre las baldosas rectángulos de un naranja intenso, y cada vez que ella cruzaba uno, sentía en la cara un calor breve, casi una caricia, que se apagaba al entrar en la sombra siguiente. Caminaba despacio. Pasó junto al azulejo roto, la estrella de ocho puntas a la que le faltaba una esquina, y le dio un golpecito suave con la yema del dedo, como se saluda a un vecino. Pasó junto a la puerta de la biblioteca, entreabierta, de donde salía el murmullo de dos voces mayores que discutían sin ninguna aspereza sobre cuál de los dos tenía peor memoria. Pasó junto a la silla de rejilla, la que alguien había colocado en el pasillo de la habitación de su madre, y vio sobre el asiento una chaqueta de lana oscura y, encima, un caramelo de anís en su papel de colores. No sonrió. Notó que ya no hacía falta.

La puerta baja de cedro estaba abierta. Fatima la esperaba de pie junto al escritorio, con el chal gris perla sobre los hombros y las manos cruzadas delante del vestido, tan quieta que parecía parte del mobiliario. Había recogido los papeles. Las bandejas de latón estaban alineadas con una pulcritud casi dolorosa, la de las verdes, las azules, las rojas, y la morada, la de los imprevistos, había quedado vacía y limpia, con un paño de lino doblado dentro. Sobre el plano de tela encerada, junto a la lámpara de aceite apagada, descansaba un pequeño bulto atado con un cordel de lana azul.

—Llega usted a su hora —dijo Fatima.

—Me guié por la sombra de la torre.

—Tiene buen maestro.

—Tengo buenos maestros. En plural.

Fatima sonrió, apenas. Señaló la silla frente al escritorio y esperó a que Sofía se sentara para hacerlo ella. Entre las dos, sobre el plano, el bulto de tela parecía más grande de lo que era, un objeto sin peso que sin embargo pesaba en el aire. Sofía lo miró. Era del tamaño de una nuez, envuelto en un trozo de lana índigo desteñida, y el cordel estaba anudado con una precisión y una dureza que no admitían dudas sobre quién lo había atado.

—No es mío —dijo Fatima—. Me lo dio Lalla Aicha el miércoles por la mañana, antes de subirse al camello. Me tomó del brazo, con esa fuerza que tiene, y me dijo que se lo entregara a la señora Reyes el viernes, a las cuatro de la tarde. Ni antes ni después.

—¿Dijo por qué?

—Dijo que a las cuatro la luz cae de otro modo.

—Es una razón de pastora.

—Es una razón de alguien que lleva ciento cincuenta años mirando el sol.

—Tiene setenta y tantos.

—Esa es la versión oficial. —Fatima esbozó una sonrisa—. Yo la creo a ella.

Sofía tomó el bulto. Pesaba casi nada. Sintió dentro algo duro y pequeño, quizás una cuenta, y algo más suave, seco, que crujió ligeramente cuando lo apretó con los dedos. Quiso desatar el cordel de inmediato, y se contuvo. Miró a Fatima.

—¿Prefieres que me vaya? —preguntó la administradora.

—No.

—Entonces me quedo, si no es molestia.

—Quédate.

Deshizo el nudo con las uñas, despacio, y la lana se abrió como un capullo. Dentro había tres cosas. La primera era una cuenta de ámbar oscuro, redonda, lisa, con una veta clara que la cruzaba como un río diminuto, gemela de las que adornaban el collar de Luna. La segunda era una flor seca, amarilla todavía, con cinco pétalos desiguales y un tallo finísimo, que se mantenía entera a pesar de los días. Y la tercera, doblada en cuatro, era una hoja de papel de cuaderno de rayas, escrita con una letra grande, redonda, de una mano que había aprendido a escribir tarde y con mucho esfuerzo.

Sofía reconoció la flor antes de ver nada más. Era la misma que Youssef le había señalado en una grieta de roca durante la tercera jornada del viaje, la que según su abuelo florecía una sola vez cada siete años. Era la misma que ella había dibujado en su agenda con tinta amarilla, torpe, con cinco pétalos desiguales, bajo la palabra florece. No había sabido, hasta ese momento, que alguien la hubiera cortado.

—La recogió Meriem —explicó Fatima, leyéndole el pensamiento—. El día que salieron de Taoudeni. Estaba en el mismo sitio. Dice que no era casualidad.

—Nada lo es, últimamente.

—Dice Lalla Aicha que casi nada.

Dejó la flor sobre el plano, con muchísimo cuidado, como se deposita un insecto dormido. Después desdobló la hoja. Era corta. La letra, redonda y grande, ocupaba solo la mitad superior, y el resto del papel estaba en blanco, como si la mano que escribió hubiera querido dejar sitio para algo más. Sofía acercó la hoja a la luz de la ventana y leyó, moviendo los labios.

Decía así: Hija. Te dije que había tres cruces. El primero lo cruzaste con los pies, y fue el desierto. El segundo lo cruzaste con la boca, y fue la lata. El tercero se cruza con las manos. Hoy tienes una mano llena de lo que sabes y otra mano vacía. Nadie puede abrirse a lo que viene con las dos manos ocupadas. No te digo cuál debes soltar. Si te lo dijera, serías una niña que obedece, y yo no he cruzado el desierto en una cosa con aspas para encontrarme con una niña que obedece. Te dejo la flor, que ya florece sola, y la cuenta, que es de ámbar y se pega a la piel. Lo demás es tuyo. Una cosa más. El té de los tres vasos se bebe despacio, pero el tercero se bebe entero. Lalla Aicha.

Leyó dos veces. Después se quedó mirando el papel durante un largo rato, sin ver nada. Se dio cuenta de que tenía los ojos húmedos y de que, en la mano izquierda, la que sostenía el papel, apretaba también la agenda contra el pecho, con una fuerza que le había dejado blancos los nudillos. La miró. El cuero verde esmeralda, gastado por los bordes, tenía una huella oscura en la tapa, justo donde apoyaba el pulgar, la marca de ocho años de uso.




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