Sofía salió de la oficina de Fatima con la carta firmada todavía fresca en la memoria y la agenda cerrada bajo el brazo, y durante unos minutos no supo adónde iba.
Caminaba por el corredor del ala sur como se camina después de una noticia muy grande, con las piernas flojas y la cabeza despejada, notando cada baldosa bajo las sandalias y cada rectángulo de luz naranja que le caía sobre la cara al cruzar un arco. Abajo, en el patio, se oían las risas de su hermana, el golpe seco del bastón de Altagracia contra el suelo, la voz de Tomás gritando algo sobre un camello. Cada una de esas voces le llegaba como a través de agua tibia. Se detuvo junto a una columna y apoyó la frente en la piedra, que conservaba el calor del día. Respiró hondo. Había dicho que no a un trabajo que cualquiera habría llamado el trabajo de su vida. Había dicho que sí a un oasis, a una sociedad pequeña, a una anciana de ochenta y un años que rompía azulejos por amor. Había soltado la agenda, y la mano izquierda, desnuda, todavía tenía la sensación de estar esperando algo.
Quiso contárselo a alguien. No a su madre, ni a su hermana, ni a Fatima, que ya lo sabía todo. Quiso contárselo a una persona concreta, y fue entonces cuando se dio cuenta de que, desde que había salido del despacho, había estado buscando con la mirada una túnica gris perla entre las columnas, un par de pies descalzos sobre las baldosas, una barba recortada. Lo había buscado en el patio, entre las caras felices que la rodeaban cuando levantó la mano abierta, y no estaba. Una vocecita antigua le dijo que quizás se había cansado de esperar. La apartó con un gesto de la cabeza. No quería oírla.
Altagracia, desde su silla de lona, la había visto buscar. Lo supo por la manera en que la anciana se retiró el sombrero de la cara, entornó los ojos y dijo, sin que nadie le preguntara, que el guía había salido hacia el establo hacía diez minutos con una prisa muy rara y dos mochilas. Sofía no pidió más explicaciones. Soltó a su hermana, cruzó el patio casi corriendo, saltó el borde de la acequia sin mirar y atravesó el jardín por el sendero de grava rosada con la trenza golpeándole la espalda y el corazón en la garganta.
El establo tenía la puerta abierta de par en par. La luz del atardecer entraba oblicua, roja, y proyectaba sobre la paja un rectángulo de fuego. Hassan estaba de pie junto al abrevadero, con el cuello estirado y los restos de la guirnalda de jazmín colgándole de la boca, mirándola con una expresión de solemne interés. Y en el centro del rectángulo de luz, de espaldas, inclinado sobre un montón de equipaje, había un hombre con una mochila en cada mano.
Llevaba una camisa blanca de lino, limpia, planchada. Llevaba unos pantalones oscuros que Sofía no le había visto nunca, y el pelo peinado hacia atrás con agua, y la barba recortada con un cuidado casi cómico. De su bolsillo del pecho asomaba la esquina de un papel azul pálido. Se oyó un crujido suave. Ella bajó la mirada, y se le cortó la respiración.
Youssef Al-Hadi llevaba zapatos.
Eran de cuero marrón, nuevos, con los cordones anudados en un lazo doble que alguien había apretado con una prudencia excesiva. Tenían un brillo discreto de betún reciente. Dentro de ellos, los pies que durante doce años habían conocido todas las gravas y todas las arenas entre el Atlas y Mauritania parecían dos animales salvajes en una jaula pequeña, y se movían con una incomodidad que él trataba de disimular desplazando el peso de un lado a otro, como un niño en una ceremonia demasiado larga. Al oír el ruido en la puerta, se giró. Tenía la cara roja, la frente húmeda y una expresión de culpable alegría.
—Sofía —dijo.
Ella no contestó enseguida. Se quedó en el umbral con una mano apoyada en el marco de madera, mirándolo de arriba abajo con una atención minuciosa, como se mira un objeto muy querido que ha vuelto de un viaje con otro aspecto. La camisa le quedaba grande de hombros. Los pantalones le acortaban un dedo en los tobillos. Y los zapatos, brillantes, rígidos, ridículos, eran lo más conmovedor que había visto en su vida.
—Llevas zapatos —dijo, por fin.
—Sí.
—Y mochilas.
—Dos.
—Y una camisa que no es tuya.
—Es de Tomás. Me la prestó esta mañana. Dice que le queda grande de hombros desde la boda y que a mí me sienta mejor.
—Te sienta bien.
—Me aprieta el cuello.
—Se nota.
Youssef se llevó un dedo al borde del cuello, lo estiró un poco y se quedó así, con la mano en el aire, sin saber dónde ponerla. Era la primera vez que Sofía lo veía realmente desarmado. Había conocido su ironía, sus silencios, su ternura, su miedo callado en una grieta de roca durante una tormenta de arena, pero no esa torpeza concreta y física, la de un cuerpo que no sabe moverse dentro de la ropa que ha elegido para ser otro.
—¿Puedo explicarlo? —preguntó él.
—Por favor.
—No sé cómo empezar.
—Por el principio.
—El principio son los zapatos.
—Entonces empieza por ahí.
Soltó las mochilas sobre la paja con un cuidado exagerado y se sentó en un fardo de heno, con las rodillas muy juntas, como un colegial convocado al despacho del director. Ella entró en el establo. Cruzó el rectángulo de luz roja, rodeó el abrevadero, saludó a Hassan con una palmada seca en el cuello y se sentó frente a él, en otro fardo, a un metro de distancia, con la agenda cerrada sobre las rodillas. Se miraron. Los dos tenían la cara demasiado seria, y fue ella quien no pudo aguantar. Se tapó la boca con la mano y la risa se le escapó por la nariz.
—No te rías —dijo él, sin convicción.
—No me río.
—Te estás riendo.
—Me estoy emocionando. Es distinto.
—Es lo mismo.
—A veces.
Él sonrió al fin, y la tensión se aflojó entre los dos como una cuerda que alguien suelta con cuidado.
—Los mandó comprar Fatima —empezó—. El miércoles por la noche, cuando todos dormían, me llamó aparte. Dijo que sabía lo que estaba pensando, que lo había visto en mis ojos desde la boda, y que si iba a hacer lo que creía que iba a hacer, necesitaría unos zapatos.