Durante un momento, Eliana solo pudo mirar el mensaje en el teléfono de Adrian.
Tráela a casa. Inmediatamente. Julian está esperando.
Las luminosas ventanas de la galería reflejaban su rostro: pálido, tenso y de pronto muy cansado.
—¿Me está esperando? —preguntó.
Adrian bajó el teléfono.
—Sí.
—No acepté verlo.
—Lo sé.
—Entonces, ¿por qué puede aparecer cuando quiera?
La expresión de Adrian siguió siendo controlada, pero había tensión en su mandíbula.
—No debería poder hacerlo.
Eliana miró hacia el auto de Marcus estacionado junto a la acera.
La pequeña rebelión de la mañana ya se sentía lejana. Durante una hora, había olvidado el compromiso. Había recorrido la galería sin que nadie la observara, sin que su padre decidiera qué debía vestir o decir. Había comprado una postal con su propio dinero.
Ahora Julian la esperaba en la finca, listo para destruir aquella pequeña libertad.
—No quiero volver —dijo.
Adrian la miró.
Su mirada se suavizó, pero su voz se mantuvo firme.
—No puedo mantenerte alejada de casa para siempre.
—No te estoy pidiendo para siempre.
—Eliana.
—Solo hoy. —Apretó la postal en su mano—. ¿No podemos ir a otro lugar? ¿A algún sitio donde no pueda encontrarme?
Adrian miró el auto y luego la entrada de la galería.
—No estás segura sin un plan.
—Ahí vas otra vez.
—Lo sé.
—No, no lo sabes. —La voz se le elevó antes de poder detenerla—. No sabes lo que se siente que tomen todas las decisiones por ti. Mi padre dice que me protege, Julian actúa como si ya le perteneciera y todos en esa casa esperan que sonría y lo acepte.
Varias personas en la acera se volvieron para mirar.
Adrian se acercó y bajó la voz.
—Sé que estás enojada.
—Estoy más que enojada.
—Lo sé.
—Entonces deja de decirme qué hacer.
Sus ojos se encontraron.
—Estoy intentando mantenerte a salvo —dijo en voz baja.
—Y yo estoy intentando vivir.
Las palabras quedaron entre los dos.
Adrian apartó la mirada primero.
El agua de lluvia todavía cubría la calle, reflejando el cielo gris de la tarde. Un autobús pasó al final de la cuadra, con los neumáticos silbando sobre la carretera húmeda. Durante un segundo, la ciudad siguió moviéndose a su alrededor como si nada en la vida de Eliana hubiera cambiado.
Luego Adrian habló.
—Sube al auto.
Eliana soltó una risa sin humor.
—¿Esa es tu respuesta?
—No. —La miró de nuevo—. Es el siguiente paso.
Quería negarse.
Quería alejarse de él, pedir un taxi, desaparecer entre la ciudad y hacer que todos se preguntaran dónde estaba. Pero Adrian había tenido razón antes: ella no sabía si las personas que la observaban eran solo periodistas. Y odiaba que confiara en él lo suficiente como para creerlo.
Con una respiración frustrada, subió al auto.
Adrian se sentó frente a ella mientras Marcus se incorporaba al tráfico.
Ninguno habló durante varios minutos.
Eliana miró la postal sobre su regazo. Las flores silvestres se extendían sobre la pequeña imagen, luminosas bajo un cielo tormentoso. Recorrió el borde con el pulgar.
Finalmente, Adrian dijo:
—Lo siento.
Ella levantó la mirada.
—¿Por qué?
—Por hacerte sentir atrapada.
Su enojo se suavizó a pesar de sus intentos.
—Tú no me hiciste sentir atrapada —dijo—. Solo eres parte de todo esto.
—Eso no es mucho mejor.
—No.
Él miró sus manos.
—No puedo ignorar el riesgo de seguridad —dijo—, pero tampoco quiero convertirme en otra persona que decide tu vida por ti.
Eliana lo observó con atención.
—Entonces no lo hagas.
La mirada de Adrian se elevó.
—No decidas cosas sin mí —continuó ella—. Dime la verdad. Déjame saber qué está pasando. Pregunta qué quiero, incluso si no siempre puedes dármelo.
Permaneció callado un momento.
Luego asintió.
—De acuerdo.
—¿En serio?
—En serio.
—¿Esa es una regla nueva?
Una leve sonrisa apareció en la comisura de sus labios.
—Tal vez.
Eliana miró hacia la ventana antes de que él pudiera ver cuánto le afectaba aquella pequeña sonrisa.
Cuando llegaron a la finca Vale, el auto de Julian ya esperaba en la entrada circular.
Eliana lo reconoció de inmediato: azul oscuro, perfectamente pulido, con el escudo de los Ashford en la puerta.
El estómago se le cerró.
Adrian lo notó.
—No tienes que hablar con él a solas —dijo.
Ella lo miró.
—Mi padre no te dejará entrar a la habitación.
—Entonces estaré cerca.
La puerta del auto se abrió.
Eliana salió, y Adrian se colocó a su lado. No delante de ella ni guiándola; simplemente caminando con ella hacia la casa.
Dentro, Victor esperaba en la sala principal.
Julian estaba junto a la chimenea, sosteniendo una bebida en una mano. Parecía pertenecer al lugar, como si la finca siempre hubiera sido parcialmente suya.
Su mirada se posó en Eliana.
—Ahí estás —dijo.
Eliana se detuvo cerca de la entrada.
—No sabía que venías.
Julian sonrió.
—Tu padre dijo que necesitabas compañía.
—No la necesito.
—No pareces estar bien.
—No te pregunté.
La sonrisa de Julian se volvió más fría.
Victor se puso de pie.
—Julian ha venido para llevarte a almorzar.
—Ya comí.
—Entonces a tomar café.
—No quiero tomar café con él.
Julian suspiró, como si ella estuviera siendo irracional.
—Eliana, necesitamos aprender a pasar tiempo juntos.
—No estamos juntos.
—Lo estaremos.
—No.
La palabra salió clara.
Por una vez, Eliana no apartó la mirada de su padre al decirla.
El rostro de Victor se endureció.
—No le hablarás así a Julian.
—Le hablaré como quiera.
—Eliana —dijo Julian con suavidad—, sé que todo esto es abrumador. Pero no tienes que convertir cada cosa en una pelea.