La novia sustituta

1

—¡Te lo ruego, no lo hagas! No quiero casarme.

Amaya lloraba amargamente, але sus súplicas caían en saco roto. La tía Odelia, siempre severa, se plantó de jarras:

—Mira nomás qué ocurrencia. Deberías estar agradecida con el barón Norton; después de todo, aceptó tomarte por esposa. Con tu aspecto, casarse es casi un milagro. Tienes mucha suerte.

—El barón Norton pasa de los sesenta años y casi no puede caminar. Lo que necesita es una sirvienta, no una esposa —Amaya se colocó el sombrero de cinta roja con la esperanza de que su tía cambiara de opinión, pero sus ilusiones se desvanecían con cada segundo. Odelia le acomodó el pomposo vuelo del vestido:

—Sirvientas ya le sobran. Él tiene las piernas enfermas; tú, el rostro desfigurado. Es un trato justo. Ve y déjate de tonterías, que no vamos a mantenerte toda la vida. Robert te llevará.

Amaya soltó un pesado suspiro. Resignada, salió a la calle y subió al carruaje. En cuanto el vehículo se puso en marcha, la joven no pudo contener las lágrimas. Sentía que esa boda no era más que un pretexto para deshacerse de ella. Su rostro estaba cubierto por una telaraña de quemaduras y cicatrices alargadas, marcas de un terrible incendio en su infancia donde murieron sus padres. Ella se había salvado de milagro. Su tío Franklin la había acogido para criarla, y ahora, finalmente, decidía casarla.

La joven se subió la manga del vestido y contempló la marca de compromiso familiar que el sacerdote acababa de grabarle. Sobre su piel destacaban unas líneas oscuras que formaban un círculo en espiral. Amaya esbozó una mueca de amargura. Hasta su compromiso se estaba haciendo de la manera incorrecta. Por lo general, el novio viaja a donde está la novia y, en presencia de los familiares, infunde una parte de su magia en la marca de ella. La novia hace lo mismo. En unas semanas, las marcas cambian hasta volverse idénticas, lo que significa que sus magias son compatibles y se han entrelazado en un solo flujo. Solo entonces los novios pueden unirse en matrimonio.

El hecho de tener que viajar sola hacia el novio, y además sin escolta alguna, le resultaba humillante. Ese mismo día, todos se preparaban para el compromiso de su prima Madelyn. Para no tener que llamar al sacerdote dos veces, la tía Odelia había ordenado que también le dibujaran la marca a Amaya. El viejo Norton llevaba días esperándola, y ningún ruego logró convencer a los Worthington de dar marcha atrás y no entregar a su sobrina.

Amaya se secó las lágrimas. Tomó una decisión firme: no se casaría. Prefería vivir en el bosque con los lobos que con Norton, limpiando sus bacinicas por las noches. Ella era condesa por derecho de cuna; ese trabajo no era digno de ella. Huiría. Viajaría a otra ciudad; mejor dicho, caminaría o pediría que la llevaran en alguna carreta, pues no le habían dado ni una sola moneda y toda su herencia se había quemado junto con sus padres. Solo quedaban las tierras, de las cuales su tío ni siquiera hablaba.

El carruaje pasaba cerca del mercado, y la joven decidió que era el momento de poner en marcha su plan. Golpeó la pared del carruaje:

—Robert, detente, por favor. Quiero comprar un collar para presentarme ante el barón de manera adecuada.

El cochero detuvo el carruaje y abrió la puerta. Amaya bajó a la plaza y se inclinó el sombrero, esperando ocultar un poco su rostro cicatrizado. Se subió la bufanda hasta los ojos y sacó un colorido abanico. Con pasos rápidos, comenzó a alejarse del carruaje.

Frente a una pequeña tienda se había aglomerado una multitud. Dos mujeres escandalosas discutían a gritos, haciendo casi imposible abrirse paso. Su ansiada libertad se sentía tan cerca; solo le faltaba escabullirse por el callejón, llegar al río y subir a un bote. Para cuando Robert intentara alcanzarla, ella ya estaría al otro lado de la ciudad. Abriéndose paso entre la multitud a codazos, bajó la cabeza:

—Disculpen, por favor, déjenme pasar.

—¡Ay, pedazo de estúpida! —le gritaba una de las mujeres a su oponente. Esta última tampoco se quedó callada:

—¡Mírate tú! Sigue hablando y te voy a desplumar.

—¡Atrévete a tocarme y te rompo las manos! —amenazó la primera, apuntándola con el dedo.

Lejos de calmarse, el conflicto estalló. Las mujeres se abalanzaron la una sobre la otra como fieras. El caos se desató a su alrededor. Amaya quedó atrapada en medio del tumulto e intentaba desesperadamente salir de allí. Empujaba y avanzaba poco a poco.

—¡Mi bolsa! ¡Alguien me robó la bolsa de monedas! —se escuchó un grito entre la multitud.

En medio del alboroto general, la joven seguía avanzando hacia el río. De pronto, chocó bruscamente su brazo contra el de un caballero. Por el impacto, el brazo comenzó a arderle como si la estuvieran quemando con fuego vivo. Sin embargo, Amaya no le prestó atención y solo apresuró el paso. Salió de la multitud y se desvió por un callejón estrecho. Corrió sin mirar atrás, sosteniéndose el brazo. El ardor disminuía, pero seguía molestando. Pensó que tal vez la había picado algún insecto.

Recuperando el aliento, la joven se detuvo a la orilla del río. Se subió la manga y se quedó petrificada de la sorpresa. La marca de compromiso destellaba en múltiples colores y le escocía como si fuera ortiga. En su interior, una intensa corriente de magia giraba con fuerza, se contrajo en una espiral і penetró en su brazo. El ardor cesó y la piel recuperó su aspecto habitual. Solo los contornos de la marca se movían lentamente.

La magia de alguien más había penetrado en ella. Amaya se llevó la mano a la boca. Sin querer, se había comprometido con un desconocido al que difícilmente volvería a encontrar.

Me alegra mucho tenerlos aquí.

Esta historia de amor y magia apenas comienza, y para que no se pierdan el destino de Amaya, recuerden que subiré nuevos capítulos cada dos días.

Si les ha gustado este inicio, me ayudarían muchísimo con estos tres pasos:




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.