El pánico le oprimía el pecho y le impedía respirar. La joven no sabía qué hacer. Para romper el compromiso, tenía que encontrar a ese caballero y realizar el ritual inverso. Sin embargo, Amaya ni siquiera le había visto el rostro. Trató de calmarse y pensar racionalmente. Al menos, ya no tendría que ser la esposa de Norton, y eso la aliviaba. De pronto, sintió una mano tosca sobre su brazo que le apretó el codo con fuerza:
—¡Aquí estás! ¡Te atrapé! ¿A dónde creías que ibas? —Amaya se dio la vuelta y se topó con el rostro enfurecido de Robert, quien la arrastró de vuelta hacia el carruaje—. La condesa me va a desollar vivo si se entera de que casi te escapas.
Amaya soltó una risita amarga. A ella también la desollarían si descubrían que se había comprometido con el hombre equivocado. Aunque Odelia no tenía por qué saberlo. Al menos le quedaban unos días para idear algo; juntaría unas monedas y huiría. La joven decidió recurrir a la astucia. Tiró del brazo de Robert para detenerlo:
—¡Espera! No me arrastres. Ya me he comprometido. El barón y yo nos reunimos en secreto y realizamos el ritual. No hace falta ir a su mansión; de hecho, él ni siquiera está allí. Está enfermo, bajo el cuidado de un sanador. Fue allí donde nos vimos y nos comprometimos. Mira —Amaya se subió la manga y le mostró la marca de compromiso. El contorno se movía como una pequeña serpiente, despidiendo diminutas chispas de vez en cuando.
—Pero me ordenaron llevarte a la mansión —Robert la miró con profunda desconfianza.
—Te digo que es un secreto. El barón no quiere que nadie sepa de su enfermedad.
—Ay, muchacha, espero que no te quedes viuda antes de tiempo —el hombre aflojó el agarre—. Vamos al carruaje.
Amaya regresó a casa de mala gana. Esperaba que su mentira funcionara y poder escapar en unos días. Tal vez mañana mismo. En esa casa nunca la habían tratado como a una condesa. Solía pasar el tiempo con los sirvientes y sabía hacer las tareas del hogar porque, según Odelia, a una mujer no le venía mal saber de todo. En cambio, Madelyn se dedicaba al baile, al piano, al estudio de idiomas extranjeros y jamás se asomaba por la cocina. Cuando el carruaje se detuvo frente a la mansión, un pesado vacío le oprimió el pecho. Jamás se había sentido como en casa allí. Bajó del carruaje y se dirigió al interior. Varias voces resonaban desde el gran salón.
Madelyn estaba de pie junto a la ventana, luciendo un espectacular vestido azul bordado con hilos dorados. Llevaba joyas carísimas, su cabello castaño estaba recogido en un elegante peinado alto, y en sus ojos verdes brillaba la felicidad. Se giró bruscamente hacia la puerta:
—Amaya, eres tú —su voz denotaba cierta decepción—. Esperaba que fuera Aidan quien llegara.
—Regresaste muy rápido —Odelia entornó los ojos con sospecha mientras dejaba la taza de té sobre la mesa—. ¿Te has comprometido?
—Sí —asintió Amaya. Técnicamente no estaba mintiendo; de verdad se había comprometido, solo que no especificó con quién.
—Muéstrame —Odelia no apartaba su severa mirada de su sobrina. Amaya se acercó y descubrió su brazo. La condesa asintió con satisfacción—. En cuanto la runa cambie y se estabilice, celebraremos la boda.
—¿Dolió? —en un parpadeo, Madelyn estuvo a su lado, examinando la runa con curiosidad, ya que hoy recibiría una idéntica. Amaya asintió:
—Ardió al principio, pero luego pasó.
—¡Ay, me muero de impaciencia! Aidan Bartons es un partido excelente. Apuesto, noble, joven... —Madelyn enfatizó con malicia la palabra "joven", dándole una bofetada invisible a Amaya—. Y lo más importante: inmensamente rico. Haremos una pareja perfecta.
Los valores de su hermana claramente no coincidían con los de Amaya. La joven se quitó el sombrero e hizo una mueca:
—Solo se han visto un par de veces en los bailes. No lo conoces realmente, tal vez tenga un carácter espantoso.
—¡Qué tonterías! —Odelia, aún sentada en el sofá, dio una palmada—. Uno puede acostumbrarse a cualquier cosa, y encontrar un esposo con el título de duque no es tarea fácil. Tenemos suerte de que tu tío haya logrado pactar este matrimonio.
Amaya soltó un bufido. No deseaba casarse con alguien a quien no amaba. Aunque, a decir verdad, no sabía lo que era el amor y dudaba que alguna vez lo descubriera. Su tía tenía razón: nadie más que el viejo Norton la aceptaría como esposa. Su rostro quemado, su escaso cabello castaño, sus pestañas cortas que apenas enmarcaban sus ojos marrones, y sus piernas arqueadas junto a su espalda encorvada la hacían ver aún más desgarbada. Al menos, eso era lo que Odelia siempre le repetía.
El atardecer caía tras la ventana, pero los Bartons aún no llegaban. Franklin estaba visiblemente nervioso, y la más ansiosa era Madelyn, quien no paraba de caminar de un lado a otro del salón:
—¿Será que se arrepintieron? No sobreviviré a semejante humillación. Aidan parecía un caballero serio y educado; no puede hacerme este desprecio. Toda la ciudad sabe de este compromiso, ¿cómo podré presentarme de nuevo en sociedad?
—No te preocupes, tal vez les ocurrió un contratiempo en el camino. Un ataque de bandidos o se rompió la rueda del carruaje —Franklin descansaba en su sillón mientras fumaba un puro. Madelyn abrió su abanico de golpe:
—Eso espero. Cualquier cosa es mejor que el rechazo de un compromiso.
—¡Ya vienen! —Odelia se levantó apresuradamente al mirar por la ventana—. Madelyn, arréglate el cabello; Franklin, apaga ese puro; Amaya... vete a tu habitación. No quiero que los Bartons vean tu fealdad. Los vas a espantar.
El dolor de la humillación atravesó el corazón de la joven como una flecha afilada. No esperaba semejante crueldad. Por culpa de su aspecto, ni siquiera se le permitía estar presente en el compromiso de su propia hermana. Su tía se acercó a ella con frialdad:
—¿Por qué esa cara? La verdad no debería ofenderte. Lo hago por tu propio bien. No quiero que los Bartons te humillen o te lancen burlas despiadadas. Me preocupo por ti y sé qué es lo mejor. ¡Lárgate!