Amaya deseaba con todas sus fuerzas escapar de aquella mirada ardiente. Odelia tenía razón al ordenarle que se escondiera. Los ojos oscuros del desconocido eran fascinantes, profundos como el chocolate amargo. El cabello negro le caía hasta las orejas, sus labios carnosos estaban firmemente apretados y una ligera barba de tres días le aportaba un aire de virilidad brutal. La joven pensó que a un hombre tan apuesto no le causaría ninguna gracia la compañía de un monstruo como ella. Él, confundiéndola con Madelyn, la recorría desvergonzadamente con la mirada: el cuello, las clavículas, el pecho y su delgada cintura. Amaya sacudió la cabeza, presa del pánico:
—No, yo no soy Madelyn, no se preocupe —balbuceó, abochornada y sin saber dónde meterse. Nerviosa, sacó un pañuelo de su bolsillo y comenzó a limpiar los restos de mermelada de la camisa del hombre—. Lo lamento tanto... no sé cómo pasó. No era mi intención ensuciarlo.
—Por supuesto que no. Su única intención era espiar.
La vergüenza hizo arder las mejillas de Amaya. La habían atrapado en un acto de lo más indecoroso. Intentando enmendar el error, frotó la mancha con más ímpetu, pero solo consiguió esparcir la mermelada por toda la tela:
—Yo no estaba espiando... Yo... yo... —Amaya no lograba articular una excusa digna. El hombre esbozó una sonrisa burlona pero amable:
—¿Estaba reparando la cerradura?
Las puertas del salón se abrieron de golpe, salvando a la joven de dar una respuesta. Odelia salió al pasillo y le lanzó una mirada fulminante a su sobrina. Al instante, Amaya dio un salto hacia atrás, alejándose del hombre y ocultando el panecillo tras su espalda, consciente del aspecto tan ridículo que debía tener en ese momento. La condesa dio una palmada:
—¡Aidan! Al fin llega, lo estábamos esperando.
¡Aidan! ¡Su nombre era Aidan! Amaya comprendió de inmediato que él era el prometido de Madelyn. Imponente, gallardo, apuesto... ¡Y qué ojos! Su mirada atrapaba y desprendía un magnetismo único. No era de extrañar que Madelyn estuviera loca por él. El caballero se acomodó el chaleco, intentando ocultar un poco la mancha:
—Disculpe los inconvenientes. Es que me entretuve por accidente con... —Aidan vaciló por un segundo y se dirigió a Amaya—: Perdone, no alcancé a escuchar su nombre.
—Amaya —respondió ella, bajando la cabeza con timidez, como si hubiera cometido un grave delito.
—¿Es amiga de Madelyn? —el hombre continuó con el interrogatorio.
—Su hermana —confesó Amaya con total honestidad. Los ojos de Odelia chispearon de pura furia. Con un gesto indiferente de la mano, tomó a Aidan por el codo:
—Su prima. Discúdela, ya iba de camino a sus aposentos.
—¿Acaso no se quedará a cenar? —Aidan permaneció firme como una estatua, sin moverse un solo centímetro. En ese momento, Madelyn salió del salón con una enorme sonrisa en el rostro:
—¡Aidan! ¡Bienvenido! —la joven le tendió la mano. El caballero, recordando sus modales, tomó sus dedos y los llevó a sus labios:
—Madelyn, como siempre, resplandece de belleza.
La joven sonrió con coquetería, mientras Odelia se apresuraba a ordenar:
—Por favor, pasen al salón.
Amaya no sabía qué hacer ni a dónde ir. Esperaba alguna señal de su tía para retirarse, pero esta no llegó. De pronto, la voz de la duquesa resonó desde el interior:
—Aidan, ¿dónde estabas?
—Conociendo por accidente a Amaya, la hermana de Madelyn. Amaya, ¿a dónde va?