La novia sustituta

4

La joven entró en la sala y se encontró frente a los Barton. Las miradas de todos la hacían sentirse incómoda. Esperaba burlas, chistes sarcásticos y preguntas incomodas. Sin embargo, no hubo nada de eso. Los Barton, como si no notaran su defecto, le sonreían con amabilidad. Con Aidan habían llegado sus padres —Clifford y Charlotte— y su hermano menor, Pike.

Madeline se paró frente a Aidan y se aferró a la manga de su vestido. Daba la impresión de estar lista en cualquier momento para mostrar su marca de compromiso y unirse a la magia de Aidan. No obstante, el hombre no tenía prisa por hacer la propuesta. Asintió con reserva:

—Madeline, me harías el honor si aceptas visitarme mañana en el teatro. Supongo que nos vendría bien saber más el uno del otro.

—¿El teatro? —la sonrisa se desvaneció del rostro de la joven—, pero se supone que debemos com...

—Claro que acepta —Franklin interrumpió apresuradamente a su hija y no le permitió hablar del compromiso. El duque Clifford Barton, como si estuviera justificándose, bajó la cabeza—: El matrimonio es un evento importante. Dejen que los novios se conozcan mejor y, si es la voluntad del Altísimo, se comprometan.

Madeline apenas contenía las lágrimas. Amaya sabía cuánto deseaba su hermana este compromiso. La propia chica no entendía por qué los Barton habían cambiado de planes y retrasaban la boda. Sí, los novios apenas se habían visto dos veces, pero sus padres habían acordado este enlace e incluso lo habían fijado para hoy. Despreciando las buenas maneras, Aidan tomó suavemente la mano de su futura prometida:

—Estoy seguro de que la función nos encantará. No vale la pena afligirse. Pasaremos la tarde juntos y para comprometernos siempre habrá tiempo.

—En ese caso, los invito a la mesa —parecía que a Odelia le rechinaban los dientes de rabia.

En la mesa reinaba un silencio tenso. Amaya captaba las miradas furiosas de su tía y temía moverse más de la cuenta. Sentía que comía demasiado fuerte, que sus movimientos eran muy torpes y que, en general, no debería haber estado allí. Como si por su culpa los Barton se hubieran negado a comprometerse. Charlotte rompió la tensa calma:

—Madeline, querida, para ir al teatro y evitar habladurías, necesitas una acompañante. ¿Sabes con quién irás?

—¡Por supuesto! Iré con mi hermana. Amaya, ¿me acompañarás?

A Amaya le pareció que se había quedado sin aire. A la joven no le apetecía visitar lugares públicos ni dar pie a rumores sobre su aspecto. Charlotte expresó su descontento de inmediato:

—Pero eso va en contra de las normas. Amaya también es una joven señorita.

—Amaya está comprometida —Odelia intervino apresuradamente en la conversación—, el barón Norton se apiadó y accedió a casarse con ella. Supongo que puede acompañar a Madeline.

La joven apretó los labios. Odelia hablaba de ella como si fuera un trasto viejo que el barón había acogido por compasión. Veía el viaje al teatro como una oportunidad para escapar. Madeline estaría ocupada charlando con su prometido y difícilmente notaría su ausencia de inmediato. Esperaba lograr que le dieran unas cuantas monedas y que estas le alcanzaran para un carruaje. Era mejor volverse una vagabunda que la esposa de Norton. Incluso en caso de la pronta muerte del marido, algo que la chica no deseaba, solo recibiría las migajas de la herencia, ya que todo se lo llevarían los hijos del barón. Pensaba que la huida era la mejor solución. Aidan le dirigió una mirada curiosa:

—¿Cuándo se planea la boda?

—Tan pronto como se estabilicen las runas —respondió Odelia sin pensarlo—, supongo que será en un par de meses. Me preocupaba mucho Amaya. Con su defecto, era difícil creer que alguien fuera a casarse con ella. Es como una familia para mí. Acogimos a la huérfana tras la muerte de sus padres. Al fin y al cabo, es sobrina de Franklin.

Durante la cena se mantuvieron aburridas conversaciones mundanas. Sorprendentemente, nadie preguntó por el rostro de Amaya; fingían no notar su piel desgarrada. Para pasar la noche, a los Barton se les asignaron las habitaciones de invitados. Aidan se despidió cortésmente y desapareció en su cuarto.

Amaya estaba sentada en la orilla de la cama de su hermana, peinándole el cabello. Madeline examinaba con esmero su reflejo en el espejo:

—Me alegra que me acompañes. Aidan no tiene prisa con la boda. ¿Acaso no le gusto?

—No digas tonterías —Amaya hizo una mueca—, es imposible que no le gustes. Además, él mismo dijo que eres hermosa. Si al duque no le interesaras, ni siquiera habrían venido.

—¿Entonces qué? —Madeline abrió los brazos—, no entiendo.

—Se lo preguntarás en el teatro. ¿Tal vez deba dejarlos solos?

—¡Sí, eso sería maravilloso!

En el corazón de Amaya se encendieron y avivaron las esperanzas de huir. Temía confesarle sus planes a su hermana. Aunque siempre habían tenido una buena relación, no podía confiar en ella. Había demasiado en juego. Decidió pedir dinero con astucia:

—¿Me das unas cuantas monedas? Me compraré un gallito de caramelo y los esperaré afuera del teatro.

Madeline se estiró hacia el cofre y sacó unas monedas. A diferencia de ella, Amaya nunca había tenido dinero propio. Odelia insistía en que no lo necesitaba, ya que le proporcionaban todo lo esencial: ropa, comida y un techo sobre la cabeza. La joven se guardó el dinero en el bolsillo y se alegró de tener una hermana así. Madeline era su única amiga, si no se contaba a Leticia, la criada con la que Amaya solía compartir sus penas. Extrañaría a su hermana cuando esta se fuera a vivir a la mansión de los Barton en otra ciudad. Tras peinarse, las jóvenes chismearon un rato más y, al final, Amaya salió de los aposentos. De camino a su habitación, escuchó voces provenientes de la recámara de Aidan. A través de la rendija estrecha de la puerta abierta, se filtraba la voz de Clifford:

—Tienes que resolver el problema con Georgette. Rompe el compromiso con ella.




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