Hablando en voz alta, los hombres entraron al despacho. Franklin se acomodó en el sillón y abrió el humidor; extrajo un puro y cortó la perilla con parsimonia:
—En unos dos meses, Amaya se casará. Para ese momento, necesito que todas las tierras que heredó estén a mi nombre.
La joven se llevó las manos a la boca para ahogar un grito. Siempre le habían repetido que no poseía nada, que su padre había hipotecado las tierras tres veces y que los acreedores las habían embargado. Resultaba que le habían mentido todo este tiempo. Amaya dobló las cartas y las ocultó apresuradamente en su corsé. Franklin le ofreció el puro a su abogado, quien lo sostuvo entre sus dedos:
—Prepararé los documentos. Necesitamos su firma.
—Firmará lo que sea que le ponga enfrente. Y si no lo hace, firmaré por ella. Esa muchacha no sabrá nada; que siga creyendo que es tan pobre como una rata de iglesia.
Franklin se estiró para tomar otro puro, pero se quedó completamente inmóvil. Fijó la mirada en la vela encendida y entornó los ojos con profunda sospecha:
—Yo no dejé esta vela encendida —dijo, tomando la cuchara para la cera de sellar—. Está caliente. Y el sello está sucio. Da la impresión de que alguien escribió una carta en mi nombre.
A Amaya se le detuvo el corazón. Parecía que en cuestión de segundos la descubrirían; no había tenido tiempo de borrar sus huellas y ahora tendría que pagar las consecuencias de su audacia. Y lo peor de todo: la casarían de inmediato. La voz del abogado sonó con excesiva seguridad:
—¿Quién deja un sello al alcance de cualquiera?
—No estaba a la vista, siempre lo he guardado en mi cajón. De ahora en adelante lo mantendré en la caja fuerte.
Un golpe de viento sacudió la puerta del balcón, atrayendo la atención de ambos. Los hombres se pusieron de pie bruscamente. Amaya comprendió que era cuestión de un parpadeo para que salieran; no había dónde esconderse. Se sintió como un ratón acorralado en una trampa. Sin nada más que perder, se arriesgó y se encaramó a la balustrada. El pesado vestido entorpecía sus movimientos, pero, a pesar de todo, logró trepar, aferrándose al borde de piedra hasta quedar colgada del balcón. Confiaba en que las frondosas macetas ocultaran sus manos, que ya empezaban a temblar por el esfuerzo.
Los hombres salieron al balcón. Amaya rezaba en silencio para que se marcharan rápido, pues le aterraba la idea de caer desde un segundo piso. La voz de Franklin resonó justo encima de su cabeza:
—Aquí no hay nadie. Es evidente que alguien tenía prisa y ni siquiera se molestó en ocultar sus rastro. Entramos al despacho y escapó por el balcón.
—¿Sospecha de los Bartons? —planteó el abogado.
—Es posible. Por alguna razón están retrasando el compromiso; vinieron aquí y solo nos alimentan con falsas promesas. Necesito averiguar qué fue exactamente lo que escribieron en mi nombre.
—Pero sin pruebas no puede acusarlos, lo negarán todo.
—Lo sé —el tono de Franklin denotaba una rabia contenida—. Esa carta tienen que enviarla a alguna parte. Los vigilaré de cerca y los atraparé con las manos en la masa.
Los hombres regresaron al despacho y cerraron la puerta con llave. Amaya cerró los ojos con resignación. Eso era todo: no podía salir a través de la habitación y saltar tampoco era una opción, estaba demasiado alto. La piedra de la balustrada se le clavaba dolorosamente en la piel, haciéndole arder las manos. Apenas podía sostenerse cuando una voz masculina la hizo dar un brinco:
—¿Qué demonios está haciendo ahí arriba?
Aidan estaba de pie justo debajo del balcón, cubriéndose la frente con la mano mientras la contemplaba sin el menor disimulo. Amaya rogó internamente que no alcanzara a ver sus pantaletas. Su grito podía atraer la atención de Franklin en cualquier momento. Una mezcla de vergüenza y rabia le corrió por las venas. La joven le siseó con desesperación:
—¿Podría no hacer tanto escándalo?
—¿Necesita ayuda?
—Se lo agradecería infinitamente —respondió Amaya, consciente de que, a pesar de su enfado, sería una estupidez rechazar su auxilio.
Aidan tomó una escalera de mano que estaba apoyada contra el cimiento de la casa, la levantó y la colocó con firmeza contra la pared. La joven buscó a tientas con los pies hasta que al fin sintió el primer peldaño. Se apoyó en él y soltó un suspiro de alivio; aunque tendría que inventar otra mentira para justificarse ante Aidan, se sentía profundamente agradecida por el rescate. Soltó los dedos, en los que ya comenzaban a formarse pequeñas ampollas, se sujetó del peldaño superior y comenzó a descender. Sentía la mirada atenta del caballero clavada en ella, hasta que él comentó con tono burlón:
—Tiene unas pantaletas muy bonitas, con todo y listones.
Un ardor abrasador le cubrió las mejillas a Amaya. En efecto, llevaba puestas sus pantaletas blancas decoradas con delicados lazos azules. La vergüenza la alteró a tal punto que perdió el equilibrio; resbaló en el peldaño y cayó pesadamente sobre Aidan. El caballero no logró sostener el peso y ambos rodaron por el suelo. Él quedó tendido de espaldas, con Amaya encima de él: su pecho rozaba el abdomen de Aidan y su nariz había quedado sepultada en su ancho hombro. Le dolían el costado y el brazo, y parecía haber sufrido un golpe en la pierna.
La joven levantó la cabeza y quedó a escasos centímetros del rostro del duque. Sus ojos oscuros la quemaban con la mirada, arrastrándola hacia un abismo profundo y fascinante. Él fijó la vista en sus labios. Atónita, desconcertada y avergonzada, Amaya se quedó paralizada, contemplando cada rasgo del hombre: sus facciones perfectas, sus labios carnosos, sus pómulos marcados, su rostro impecablemente afeitado... Su belleza la encandilaba y sus labios ejercían una atracción irresistible. La joven no entendía qué le estaba sucediendo: un deseo repentino de besarlo y probar aquel fruto prohibido la poseyó por completo.