Las esperanzas de Amaya se hicieron añicos. Cancelar el compromiso con Norton de forma oficial no sería posible; no le quedaba más opción que huir. Aidan comenzó a agitarse visiblemente:
—Madelyn, ¿está completamente segura? ¿No podría ser esta una vía para salvar a Amaya de un matrimonio no deseado?
—Es su única oportunidad de casarse y no voy a privarla de ella —dijo la joven con un suspiro lleno de aflicción fingida—. Quizá ahora no sea capaz de valorar su suerte, pero con el tiempo lo entenderá. Si el destino le sonríe, le dará hijos que la acompañarán en su vejez. Pero basta de hablar de esto. ¿Ya solucionó el asunto de su runa?
—Por desgracia, no. Necesito un par de días más —el caballero bajó la cabeza con culpabilidad.
—Espero que esté haciendo todo lo posible para que nos casemos cuanto antes —agregó Madelyn, impregnando sus palabras con un dardo de reproche.
Amaya se alejó a una distancia prudente. Le dio la espalda a la pareja y no pudo contener las lágrimas. Parecía que aquel matrimonio forzado era inevitable.
Al día siguiente, le pidió permiso a los sirvientes para acompañarlos a la ciudad. A la joven no le avergonzaba viajar en el carretoncillo; mientras ellos compraban los víveres necesarios en el mercado, ella dispondría de tiempo para resolver sus propios asuntos. Amaya puso rumbo al templo. Le parecía sumamente injusto que, por un lamentable malentendido, alguien no pudiera casarse con la mujer que amaba. Pero, al mismo tiempo, esa misma runa era lo único que impedía su boda con Norton. Aunque no sabía si era correcto romper el compromiso con aquel desconocido, deseaba averiguar si existía alguna posibilidad de hacerlo.
Amaya entró con timidez al templo. De inmediato, la frescura del recinto emanó de las paredes de mármol. Se aproximó al sacerdote con la esperanza de que pudiera orientarla. Ataviada con un vestido sencillo sin crinolina, parecía una campesina; nada en su porte delataba su origen aristocrático. Llevaba el cabello oculto bajo un sombrero, confiando en que este disimulara un poco las marcas de su rostro. La joven saludó con amabilidad:
—Buenos días. Por favor, ¿podría decirme si es posible romper una runa de compromiso sin la presencia del prometido?
El sacerdote se giró y examinó el rostro de la joven con detenimiento. Un destello de horror se petrificó en sus ojos, pero Amaya ya estaba más que acostumbrada a semejante reacción; por lo general, la gente se asustaba al verla por primera vez. El hombre arrugó el entrecejo:
—¿Qué ocurrió? ¿Tuvieron una pelea? Con un rostro como el tuyo no estás en posición de elegir. Déjame darte un consejo: si alguien te ha propuesto matrimonio, acepta de inmediato.
Aquellas palabras se clavaron en su corazón como flechas envenenadas. A Amaya le enojaba profundamente que en el mundo moderno la apariencia tuviera un valor tan desmedido. Negó con la cabeza:
—No se trata de mí. Es una amiga mía la que desea romper el compromiso. Su prometido es un comerciante que viajó al otro extremo del reino y le envió una carta confesándole que se ha enamorado de otra. Como el viaje de regreso tomaría demasiado tiempo, ella quiere saber si es posible anular el compromiso a la distancia.
—Lamentablemente, eso es imposible. Para romper un compromiso se requiere de ambas partes. El mago debe extraer los fragmentos de magia de los prometidos contenidos en las runas y, mediante un ritual especial, borrar las marcas de la piel.
Amaya se sintió desolada. Por un lado, le aliviaba saber que su matrimonio con Norton era irrealizable; pero por el otro, estaría atada de por vida a un desconocido. Se imaginó los insultos y maldiciones que aquel hombre debía de estar lanzando en su contra. La joven sorbió por la nariz:
—¿De verdad no hay nada que se pueda hacer?
—No, ya te lo he dicho —el tono del sacerdote denotaba irritación—. Es indispensable la presencia de ambos.
De pronto, las puertas del templo se abrieron de par en par con un golpe estrepitoso. Un mago irrumpió en el salón y, justo detrás de él, Amaya divisó a Aidan. El caballero venía arrastrando del brazo a una muchacha y lucía profundamente enfurecido. El cabello oscuro de la desconocida estaba despeinado y le caía hasta la cintura en mechones ondulados; en sus ojos verdes se vislumbraban lágrimas de dolor. Llevaba puesto un vestido humilde, impropio de la aristocracia. El mago se detuvo ante el sacerdote y se inclinó reverente:
—¡Su Gran Magia! Necesitamos su ayuda.
—¿Qué ha sucedido? —el sacerdote se volvió hacia él, olvidándose por completo de Amaya.
—El duque Barton ha sido víctima de un engaño. Esta muchacha —el mago señaló con el dedo a la desconocida— aprovechó que la runa de compromiso del duque estaba abierta e introdujo en ella un fragmento de su propia magia. De este modo quedó comprometida con él, cuando el caballero debe casarse con una condesa.
—¡Qué descarada! Ambicionando una vida de riquezas —semejantes palabras distaban mucho de reflejar la elevación espiritual del sacerdote. Comenzó a subirse las anchas mangas de su túnica anaranjada—: Ahora mismo extraeré la parte de su magia y el compromiso quedará anulado. Muéstrame tu runa.
En contra de todo lo esperado, la desconocida ni siquiera se movió. El mago negó con la cabeza:
—Con eso hay un problema. Ella no tiene ninguna runa de compromiso.
—¿Cómo que no tiene? —el sacerdote dejó caer los brazos con decepción.
—Consiguió ocultarla de alguna manera. La runa solo está presente en la mano del duque.
—En ese caso, su prometida no es esta muchacha —la conclusión del sacerdote dejó a Amaya completamente paralizada.