La novia sustituta

15

En la calle, tal como lo había prometido, Aidan alquiló una diligencia para Georgette. Amaya permanecía a cierta distancia, observando su conversación. La separación no le permitía discernir las palabras, pero la ternura con la que hablaba el duque provocó una punzada de celos en su pecho.

De pronto, alguien la empujó levemente por el codo. La joven se giró y se topó con una desconocida ataviada con un vistoso sombrero rojo. El vestido, del mismo tono vibrante y con un vistoso vuelo ribeteado en encaje blanco, barría la calle a cada paso de la mujer. Entornando los ojos, la dama la examinó con detenimiento. A pesar de su madurez, lucía hermosa y destilaba una aplastante seguridad en sí misma. La mujer le sujetó el brazo a Amaya con firmeza:

—¡No puede ser! Una Invocadora... ¿Acaso eres consciente del inmenso poder que posees?

Amaya dejó escapar un bufido irónico. «¿Poder? Como no sea el poder de la escoba y el trapo...». A pesar de su linaje aristocrático, la joven solía encargarse de las labores domésticas; Odelia siempre le repetía que lo hacía para que no se aburriera. Sin embargo, la desconocida resultaba amenazante. Amaya arrugó el entrecejo:

—¿Disculpe?

—Te necesito.

Esas palabras recorrieron el cuerpo de la joven como una corriente de pánico helado. Su potencial mágico era insignificante, algo que su tía no se cansaba de echarle en cara. La intrusa la aterraba; Amaya intentó zafarse, pero la mujer no aflojaba el agarre. La joven negó con la cabeza:

—Seguramente me confunde con alguien más.

—No me confundo. Poseo el don de detectar a las de tu clase.

—¿Hay algún problema? —la voz de Aidan resonó de improviso.

El caballero arrugó el entrecejo con severidad y su imponente presencia obligó a la desconocida a soltar a Amaya. La joven retrocedió de inmediato, refugiándose tras las anchas espaldas del duque. La mujer esbozó una leve sonrisa:

—Ninguno en absoluto. Me pareció que era la hija de una amiga, pero es evidente que me he equivocado. Mis disculpas.

La desconocida se apresuró a desaparecer por uno de los callejones. Aidan se volvió hacia la joven. Amaya temblaba, incapaz de recobrar el aliento; aquella mujer había hablado de un don que ella jamás había poseído. Sin ser del todo consciente de sus actos, la joven se arrojó a los brazos del duque. Durante unos segundos él permaneció inmóvil, hasta que la palma de su mano se posó en la espalda de Amaya. Sus dedos ascendían y descendían con lentitud, trazando zigzags invisibles sobre la tela de su vestido, mientras su susurro le devolvía la calma:

—¡Tranquila, todo está bien! No permitiré que nadie le haga daño. ¿Qué quería esa mujer?

De pronto, Amaya volvió en sí. ¿Pero qué demonios estaba haciendo? Se abrazaba abiertamente al prometido de su prima en plena vía pública. Por más anhelado y soñado que fuera ese abrazo, ella no podía comportarse de esa manera. Como si se hubiera abrasado con agua hirviendo, la joven se desprendió bruscamente y dio un paso atrás. Escondió la mirada en el suelo, avergonzada, sin comprender cómo había podido cometer semejante falta de recato. Con las ideas hechas un nudo en la cabeza, logró articular a duras penas:

—No lo sé... No entendí nada, pero me asusté muchísimo.

—Era una mujer extraña; no le dé importancia —el caballero le ofreció el brazo—. ¿Regresamos a la propiedad? Por hoy he concluido todos mis asuntos.

La joven asintió. Se aferró a su codo con timidez y caminaron hacia el carruaje. Amaya se acomodó en el asiento y el hombre se ubicó enfrente. El coche se puso en marcha. Durante un trecho, Aidan permaneció en silencio, absorto en sus pensamientos. Una vez que dejaron atrás la plaza, el duque rompió la calma:

—Como habrá deducido, mi prometida no es Georgette. Alguna embustera dejó una pizca de su magia en mi runa.

—¿Por qué asume de inmediato que es una embustera? —a Amaya le indignaban semejantes conclusiones.

—¿Y cómo más la llamaría? —el caballero elevó la voz, incapaz de contener la rabia—. Seguramente vio mis ropajes costosos, entendió que soy un aristócrata y quiso asegurarse una vida de lujos.

—¿Y simplemente desapareció? ¿Sin exigir casarse con usted?

—Tal vez me perdió la pista, no vio hacia dónde me dirigía. Pero más le vale que no se me cruce enfrente, porque yo... —el hombre enmudeció y comenzó a apretar las manos en el aire, como si estrangulara a alguien.

Amaya sintió un escalofrío; no quería caer en las manos despiadadas de aquel hombre. Su imaginación le dibujó la escena de él asfixiándola. Era evidente que para los Barton el matrimonio con Madelyn resultaba crucial. La joven deseaba hablar con franqueza y mostrarle su propia runa, pero ahora le aterraba la sola idea de hacerlo. Al fin y al cabo, quizás ni siquiera era ella su prometida. Aidan extendió los brazos con frustración:

—Me siento acorralado. ¿Cómo demonios voy a dar con esa descarada? Por su culpa no puedo casarme con Madelyn. Ni me imagino qué le voy a decir a Franklin.

—¿La verdad? —sugirió Amaya con timidez.

—Descartado. Sería una deshonra imperdonable: que una cualquiera haya logrado engañarme.

—¿Y si ocurrió por accidente?

—Jamás creeré algo así —Aidan cruzó la pierna sobre la rodilla y se acomodó en el asiento—. Mañana tendré que regresar a mi mansión.

Aquella noticia cayó como un rayo en el corazón de la joven. Sabía que los Barton no podían quedarse para siempre, pero confiaba en que ese día tardaría en llegar; se sentía protegida en su presencia. El hombre interpretó a su manera la tristeza en los ojos avellana de la joven:

—No se preocupe, no me he olvidado de nuestro acuerdo. Inventaré algo, aún tenemos tiempo. Madelyn rechazó su compañía y usted no puede vivir en mi residencia sin una justificación legal. Aunque, visto lo visto, Madelyn tampoco podrá hacerlo. Si no encuentro a esa embustera, no podré casarme con nadie. Estoy convencido de que, sea quien sea, lo hizo con toda la intención.




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