Madelyn se encendió de rabia, pero ocultó su molestia tras una sonrisa ensayada:
—Aun así me tropecé. Veo que es sumamente atento con Amaya. Resulta algo inesperado.
Aidan alzó la mirada hacia ella, con los ojos carentes de cualquier calidez:
—Simplemente la ayudé. Eso es todo.
Se aproximó a Madelyn y la ayudó a montar. Lo hizo de manera rápida, distante, sin un solo destello del afecto que un minuto antes le brindaba a Amaya. Madelyn guardó silencio, pero su postura cambió drásticamente: erguía la espalda y su mirada se volvió afilada. Sin duda comprendió que su ardid había fracasado rotundamente.
Emprendieron el retorno a la propiedad. Aidan se mantuvo al lado de Amaya, sosteniendo la brida de su yegua en su mano aunque ella le aseguró que podía guiarla sola. En los ojos de Madelyn, que avanzaba a la zaga, se incubaba una tormenta. Anochecía cuando los jinetes cruzaron las puertas del dominio ancestral. Aidan ayudó a desmontar primero a Amaya y luego a Madelyn. Los sirvientes se hicieron cargo de los animales de inmediato. El duque hizo una reverencia sutil, reteniendo la mano de Madelyn un instante más de lo estrictamente necesario por etiqueta:
—Le agradezco la interesante excursión. Pediré que envíen a un sanador para que las revise.
Tras soltar su mano, se desvaneció en la penumbra del ala oeste. Amaya ingresó al vestíbulo exhausta, pero con el alma reconfortada. El tobillo le palpitaba de dolor, mas eso carecía de importancia: su corazón aún atesoraba el calor de las manos de aquel hombre.
—¿Así que este es tu nuevo papel? —la voz de Madelyn cortó el silencio como una hoja afilada.
Amaya se volvió. Su prima aguardaba en la escalinata, apoyándose en el pasamanos con una gracia estudiada. Su vestido lucía cubierto de polvo y su rostro mantenía una pulcritud impecable, pero sus ojos ardían en rabia:
—No entiendo a qué te refieres —Amaya bajó la cabeza con gesto dócil.
—¿De verdad? —Madelyn frunzo el ceño—. Siempre fuiste la calladita. La modesta. La desvalida. Y justamente ahí radica tu fuerza. Todos te compadecían, nadie te prestaba atención mientras tú observabas en la sombra. Y hoy me ganaste el juego en mi propio terreno.
—Si te refieres a Aidan...
—Exactamente a él —Madelyn se cruzó de brazos—. ¿Acaso pretendes creer que se interesó de verdad en ti? Es un hombre piadoso. Lo movió la compasión y tú te aprovechaste de eso. Supiste venderte como la víctima e incluso te "lastimaste" el pie justo cuando me llevaba en brazos. Te conozco de sobra, Amaya. No eres tan inocente como aparentas.
Amaya guardó silencio. Sus labios temblaban, pero no por el peso de la ofensa, sino por una contenida dignidad. Alzó la cabeza con firmeza:
—De verdad me lesioné la pierna. Fue un simple accidente.
—¿Y qué en tu vida no es accidental? —lanzó Madelyn con tono burlón—. Cada vez que alguien te dirige una mirada piadosa, guardas silencio. Te quedas a la espera de que esa mirada se vuelva más cálida. Siempre esperas, y de una u otra forma, te sales con la tuya.
—Yo jamás he pedido nada.
—Y justamente por eso eres peligrosa. Porque nunca pides nada, pero de todos modos te apareces en el momento oportuno. Oculta en las sombras. Y te lo quedas todo.
—Yo no le estoy quitando nada a nadie, Madelyn —la voz de Amaya resonó tenue, pero con una firmeza insólita—. Si tanto temes perder algo, significa que jamás lo tuviste.
Un silencio sepulcral se apoderó del lugar durante varios segundos. Acto seguido, Madelyn comenzó a subir las escaleras con lentitud, sin dignarse a mirar atrás:
—En ese caso, prepárate para el juego, primita. Esto apenas comienza.
La puerta de sus habitaciones se cerró de un portazo brusco. Amaya permaneció sola en medio de la penumbra del vestíbulo.