Una sombra de pesadumbre cubrió el rostro del caballero. Amaya anhelaba ayudarlo, pero ignoraba de qué manera. De pronto, las palabras que él había pronunciado al inicio de la conversación resonaron en su mente, encendiendo la chispa de una nueva idea:
—Dijiste que soy rica. Puedo vender una parte de mis tierras para que pagues la indemnización.
—Queda completamente descartado —rebató él de inmediato, cortando las palabras de la joven—. Jamás utilizaré tu dinero. Tengo otra opción: me presentaré al servicio de Su Majestad. La semana pasada recibí una carta de invitación y, si acepto la propuesta, en un año habré saldado la deuda.
—¿Un año? —para Amaya, semejante plazo se antojaba una eternidad. Sabía que si Aidan marchaba hacia la capital, les resultaría imposible verse; su pequeño pueblo quedaba demasiado lejos del palacio real. El caballero asintió:
—Así es. Un año y quedaré libre de ese contrato para que podamos casarnos. Pero dime, ¿me esperarás?
Aidan lo decía como si ella pudiera desvanecerse en cualquier momento. Se puso en pie y la encerró de nuevo en un abrazo desmesurado. Pegándola a su pecho, aspiraba con avidez su aroma, mientras la joven bajaba la cabeza cargada de culpa:
—Solo temo que me obliguen a casarme con alguien más.
—No podrán hacerlo. Estás comprometida conmigo. No te preocupes, te escribiré cartas.
—¿Y qué hay de tu padre? Jamás permitirá nuestra unión. ¿Y la finca familiar? ¿La perderán? —Amaya no podía ocultar su angustia, consciente de que los Barton jamás la aceptarían. Aidan negó con la cabeza:
—No lo creo. La hipotecaremos por segunda vez. Después de todo, este año la cosecha ha sido próspera y podremos venderla; tal vez ni siquiera sea necesario recurrir a la hipoteca. No te atormentes por eso, yo me encargaré de solucionarlo todo.
Se inclinó hacia sus labios y le selló la boca con un beso que la joven respondió con franca entrega. Con manos anhelantes acariciaba la espalda de su amado, temerosa de que aquello fuera solo una jugada de su imaginación. Un año... Un año entero sin contemplar al hombre que amaba. La melancolía prendió en su corazón, oprimiéndoselo con fuerza. Aidan le apartó un mechón de cabello del rostro:
—Hoy mismo hablaré con mi padre. Le comunicaré mi decisión de servir a Su Majestad. Tal vez mañana los visitemos formalmente y, hasta entonces, por tu propia seguridad, te ruego que guardes silencio. Desconocemos cómo reaccionarán tus parientes ante la ruptura del compromiso.
—¡Oh, jamás me atrevería a revelarles nuestra decisión!
—Se lo diremos, pero lo haremos juntos.
La lluvia había cesado y el golpeteo del agua sobre el techo llegó a su fin. Amaya abandonó el molino y, tras despedirse de su amado con un último beso, se apresuró a regresar a la propiedad. En su interior convivían la dicha y la zozobra: aún le costaba asimilar que sus sentimientos fueran correspondidos. Aidan había llegado a amarla. ¡A ella! A una criatura deforme, repudiable y con el rostro marcado por las cicatrices. Aquello parecía un milagro.
Absorta en sus pensamientos, no advirtió que la mujer del vestido rojo se le aproximaba sigilosamente. La intrusa la alcanzó con rapidez y la sujetó con firmeza del codo. Amaya se detuvo de golpe, dejando escapar un grito de pánico.
Reconoció al instante a la mujer que la había abordado junto al templo. Ahora se encontraban completamente a solas en mitad de un campo desierto. Aquella desconocida podía hacer con ella lo que quisiera sin que nadie llegara a enterarse jamás. El terror se le filtró bajo la piel, dibujándole los escenarios más escalofriantes. La mujer entornó los ojos con ademán felino:
—No temas, Amaya. Solo quiero hablar contigo.
—¿De dónde conoce mi nombre? —la joven se zafó del agarre con un tirón seco y dio un paso atrás. La desconocida alzó la cabeza con altivez:
—No fue nada difícil averiguar. Todo el mundo conoce a la chica del rostro deformado. Yo puedo solucionar eso; puedo devolverte tu belleza.
Amaya se petrificó ante la sorpresa. Por supuesto que anhelaba sanar su piel y convertirse en una mujer normal. Su corazón latió con un vuelco de alegría: al fin su sueño más postergado podía hacerse realidad y liberarse de semejante monstruosidad. Sin embargo, algo en la actitud de la mujer despertaba sus sospechas; bien sabía que, en este mundo, nada se concede a cambio de nada. Se mordió el labio inferior:
—¿Y cuál es el precio?
—Me servirás a mí. Soy Kephana, perteneciente al antiguo orden de las tsith. Reclutamos a jóvenes como tú: las adiestramos en el manejo de su don y las preparamos para convertirse en las mujeres perfectas al servicio de nuestras misiones. Lo único que se requiere de ti es obediencia y el cumplimiento estricto de mis órdenes. Te convertirás en una de las nuestras, en una tsith. Somos una sola familia; nos apoyamos mutuamente y servimos a un propósito superior.
Las palabras de la mujer resultaban enigmáticas y alarmantes, sembrando serias dudas sobre su cordura. Amaya frunció el ceño:
—¿Qué clase de propósito?
—Hacer de este mundo un lugar más feliz.
Al no obtener una sola respuesta concreta, Amaya resolvió poner distancia de aquella chiflada. En el fondo, estaba convencida de que su rostro jamás podría sanar; a fin de cuentas, los curanderos más prestigiosos del reino habían fracasado en el intento. Cada ensayo anterior no había sido más que una decepción que le laceraba el alma. Con el tiempo, la joven se había resignado a su suerte, renunciando a la búsqueda de remedios ilusorios. Negó con la cabeza:
—Me temo que se equivoca. No poseo don mágico alguno.
—Lo posees. Solo que alguien lo ha atado y tu magia no logra manifestarse, salvo en insignificantes chispas. Yo puedo percibir estas cosas. Eres una Invocadora de Voluntades: puedes someter a las personas para que ejecuten cuanto desees. Por supuesto, para lograrlo necesitarás aprender y cultivar tu poder.