Han transcurrido tres años.
Amaya permanecía de pie frente al espejo, majestuosa en su vibrante vestido rojo, e incapaz de reconocer su propio reflejo. Una melena rubia caía en cascada hasta su cintura en ondas sinuosas, sus labios carnosos recordaban a las cerezas maduras y una piel perfecta cubría por completo su rostro. Kephana había cumplido su promesa, curándole las desgarradoras cicatrices. Incluso sus ojos avellana habían cambiado: ahora irradiaban una absoluta confianza y el miedo se había esfumado de ellos sin dejar rastro. La joven arqueó sus cejas perfiladas con delicadeza:
—¿No habremos exagerado?
—No; al rey le encantan las rubias, así que fue necesario aclarar tu cabello. Aunque, a decir verdad, me lo imaginaba algo más dorado. Estoy segura de que sabrás hechizarlo y cumplirás tu misión con éxito.
Amaya dejó escapar un pesado suspiro. No sentía el menor deseo de ejecutar aquella orden. Cuando ingresó en la orden, sumida en la más profunda desesperación, firmó el contrato sin siquiera leerlo. El desengaño había nublado su juicio hasta el punto de estar dispuesta a cualquier cosa con tal de que alguien la librara del dolor insoportable que le laceraba el pecho. Kephana le devolvió la belleza y, a cambio, Amaya pasó a ser propiedad de la orden. Durante este tiempo le enseñaron a dominar su magia y a sugestionar a las personas para imponerles su voluntad. Ahora, la orden había fijado sus garras en el monarca: a través de Amaya, las soberanas pretendían convertirlo en una simple marioneta, y la joven ni siquiera tenía la opción de negarse.
Avanzó con altivez por el salón, sintiendo las miradas de fascinación de las demás novicias. Ese día, Amaya recibía su consagración y se convertía en miembro de pleno derecho de la orden. Las soberanas aguardaban en el centro de la estancia, rodeando un pilar con un disco metálico que servía para avivar un fuego de llamas carmesíes. La joven se aproximó y permaneció inmóvil. En estos tres años había aprendido a dominar sus emociones; a Amaya le agradaba su nueva versión: desalmada, fría e impasible. Había logrado desterrar de su corazón aquel amor inútil.
Kephana le tendió en silencio una gema transparente, marcando el inicio del ritual. Amaya posó la mano sobre el mineral: era necesario que la piedra resplandeciera en un tono rojo intenso para demostrar que su nivel mágico era suficiente para ser consagrada. El cristal comenzó a nublarse y a teñirse progresivamente. Amaya albergó la vaga esperanza de que, si no alcanzaba el tono carmesí, la librarían de ejecutar semejante indignidad. Sin embargo, la gema mutó hasta adquirir un rojo vivo con destellos granate. Un murmullo de asombro recorrió el salón. Una de las soberanas asintió con satisfacción:
—Hacía mucho tiempo que no contábamos con una novicia con semejante caudal mágico. Confío en que estarás a la altura de nuestras expectativas.
La mujer aproximó al fuego una barra de metal con el sello ceremonial. Potenciando el calor con su magia, hizo que el hierro al rojo vivo chispeara. Le desabrocharon el corsé a Amaya, dejando al descubierto su espalda. La joven no experimentaba terror ni temía al dolor; confiaba plenamente en su propio poder. Utilizando su magia con destreza, era capaz de mitigar el sufrimiento. El hierro incandescente impactó contra su piel; la muchacha se arqueó ante el castigo, pero no dejó escapar un solo gemido. Envolviéndose en su aura mágica, atenuó la quemadura. La soberana retiró el sello, dejando grabada en la escápula izquierda de Amaya la marca indeleble de la orden a la que ahora pertenecía.
Bajo la atenta mirada de las presentes, Amaya subió a la carroza y el carruaje emprendió el viaje. La joven apretó los labios, sofocando cualquier brote de zozobra, y contempló los documentos falsificados. Ahora era Amelia Medýnskaia, una marquesa procedente de un lejano condado que asumiría el cargo de dama de honor de Su Majestad la reina. En cuanto al rey... tendría que conquistarlo.
La muchacha se subió la manga y dejó al descubierto la runa de compromiso. La marca continuaba allí: se había estabilizado por completo y ya no despedía destellos eléctricos. Amaya seguía comprometida con Aidan. A lo largo de estos tres años no había transcurrido un solo día sin que recordara al duque Bartonson, el hombre que le rompió el corazón y le cambió la vida por completo. Sacó de su bolsillo un saquito con un polvo dorado y lo esparció sobre su brazo, camuflando la runa. El efecto duraría apenas dos días, tras los cuales tendría que repetir el procedimiento.
Le aterraba la idea de cruzarse con Aidan en el palacio. Intentaba convencerse de que todo lo que sintió por él había muerto, pero no deseaba abrir viejas heridas. Si él había marchado a servir al rey, existía una altísima probabilidad de que continuara en la corte. Y soltero. Por su culpa, Aidan no había podido casarse con nadie más. No obstante, se decía a sí misma que, aun si llegaban a encontrarse, él se toparía con una mujer fría, fuerte y segura de sí misma. Ni siquiera la reconocería: de la criatura deforme de antaño no quedaba ni el menor rastro. Amaya se repitió aquello durante todo el trayecto, sin llegar a sospechar que los acontecimientos tomarían un rumbo del todo inesperado.
¡Me alegra que hayas disfrutado de esta historia! Te invito a seguir leyendo la historia de Amaya en el libro: "La dama de compañía falsa"
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Con mucho cariño, Kristina Asetska