Aitana
—Creo que es hora de dar el paso definitivo —le suelto al darme cuenta de todo el desastre que hicimos—. Dámaso, quiero el divorcio.
Mi esposo aún respira agitado después de haber lanzado el sofá. Para mi sorpresa, asiente.
—Sí, Aitana, tenemos que divorciarnos.
Mi pecho se hunde y se me corta la respiración. Aunque sé que es lo mejor para que nuestra hija no se vea afectada, no puedo soportar que lo acepte.
—Me cansé de vivir así. Estos celos van a matarnos.
—Estoy de acuerdo. Se acabó —responde antes de darme la espalda—. Compartiremos la custodia de Ainara.
—Sí —mascullo, tragándome mis ganas de dar marcha atrás—. Lo haremos.
Sus hombros se sacuden durante un segundo, pero cuando se vuelve hacia mí de nuevo, es el mismo hombre estoico de siempre, ese que nadie imaginaría que es un Otelo moderno.
—Entonces te haré llegar los documentos —dice con una frialdad que me quema el alma—. Yo tampoco puedo ni quiero seguir casado contigo.
***
—Hija, ¿de verdad irás? —me pregunta mamá—. Es que…
—Estoy nerviosa, no te mentiré, pero ¿por qué no iría? Dámaso y yo nos divorciamos hace cinco años e intentamos llevar una relación civilizada.
—Sí, pero la tienen a través del correo, no en persona —gruñe—. Mira nada más cómo estás. ¿Estás enojada porque ahora tiene novia?
—No —respondo lo más tranquila que puedo—. Dámaso tiene todo el derecho del mundo a rehacer su vida. Además, yo también voy a llevar a alguien a la fiesta.
—¿Qué? ¿Le vas a decir a Emmanuel que…?
—Sí, justo a él —asiento—. Lo voy a llevar como mi novio.
—¡Que Dios nos agarre confesados! —dice, persignándose—. No quiero imaginar lo que va a…
—¿Y por qué tendría que pasar algo? Él siempre me dice que espera que sea feliz.
—Sí, pero es que…
—Cálmate, mamá. No estés tan nerviosa —le digo y coloco una mano sobre su hombro, que se sacude como un perro en fiestas decembrinas.
—La que está temblando eres tú —se burla—. Sigues sintiendo algo por él y no lo quieres admitir.
—Mira, mamá, si no me vas a ayudar, mejor no me estorbes, ¿ok? Parece que eres tú la que está enamorada de él.
—¿Yo? Ay, no, gracias. Dámaso es guapísimo, pero para Otelos ya tuve a tu papá muchos años.
—Y parece que yo me busqué uno igualito —farfullo.
Mi madre se va de mi cuarto tarareando una canción de Paquita la del Barrio y solo niego con la cabeza para tratar de olvidar todas las veces que me senté afuera de mi casa a tomar y corearlas.
Esa Aitana borracha ya quedó atrás. Ahora soy una mujer madura, responsable y que no está nada asustada de ver a su ex.
—¡Mami!
Ainara entra saltando, con una carita tan radiante que no me atrevo a destruir sus ilusiones. Al fin se le cumplirá el sueño de festejar el cumpleaños de su papá junto a él.
—¿Qué pasó, mi vida? —le pregunto sin dejar de acomodar las cosas en mi maleta.
—¿Ya casi nos vamos? ¡Ya me quiero ir!
—En un rato. El vuelo sale hasta dentro de cinco horas.
—Eso es mucho —gruñe.
Mi hija se detiene y se cruza de brazos. Ahí va de nuevo la niña demonio que quiere que todo sea cuando y como dice. Físicamente es una minicopia mía, pero su impaciencia es igualita a la de su padre.
—No es mucho cuando eres tú la que tiene que hacer las maletas, imprimir los boletos y organizar…
Me callo al verla arquear una ceja.
—Yo te podía ayudar, mami. ¿Por qué no me dijiste?
Aprieto los labios para reprimir mi carcajada. Lo último que necesito es que crea que me burlo de ella.
—Porque estabas muy emocionada —le explico—. Regresa a tu cuarto y revisa si necesitas algo más para el viaje. Ándale, muchachita.
—Sí, mami. Ya voy.
Mi niña se va saltando todavía más que cuando entró y dejo escapar el aire que no sabía que había estado conteniendo. ¿Por qué tengo que estar nerviosa por volver a ver a un hombre al que ya no amo?
Para distraerme de esas preocupaciones, le envío un mensaje a Emmanuel y trato de concentrarme en terminar todas las cosas. Por fortuna, lo consigo sin soltar ni una sola palabrota entre dientes.
¿Eso es algo, no? Soy una mujer empoderada ahora.
—¡Ya es hora, ya es hora! —está gritando Ainara cuando bajo las escaleras—. Mi papá nos está esperando.
—Sí, chiquita —le dice su abuela, que me dedica una sonrisa burlona que ignoro como esa mancha de cemento que los trabajadores dejaron en la cocina al remodelar—. Diviértete y cuídate mucho, mi niña, ¿sí?
—Sí, abue, yo ya soy grande —le responde mi hija con esa mirada altiva que le hace gracia a todo el mundo menos a mí—. Papá se va a sentir orgulloso.