La obsesión de mi exesposo

2. BRUJA

Aitana

Ahora es que puedo admitir que nunca estuve preparada para la horrible experiencia de ver a Dámaso estar con otra pareja. Sin embargo, pongo la mejor cara que puedo y tomo de la mano a Ainara para que juntas lleguemos con su papá.

Mi traidora hija no se puede esperar ni dos segundos, claro está. Ella sale corriendo y su padre suelta a su mujer con cuidado para recibirla. Por un segundo me quedo asombrada por lo pequeña que Ainara se vuelve en sus brazos cuando a mí ya me llega a la altura del pecho y la veo enorme siempre que la acuesto a dormir.

—Hola, Aitana, mucho gusto —me saluda Génesis, la perfecta prometida—. Al fin nos conocemos.

«Púdrete, cara de mustia. ¿En dónde te inyectaste los labios para no ir nunca y mandarles a salubridad?», pienso con odio, pero le dedico la más educada de mis sonrisas.

—Sí, y no sabes el gusto que me da —respondo con tono cordial—. No pensé que fueras tan bonita.

—Ni yo que tú lo fueras. Nunca me mostraron una foto; Dámaso no tiene.

Se me retuercen tanto las tripas que no puedo evitar mirarlo. Él sigue en su mundo, hablando con nuestra pequeña, por lo que me queda claro por milésima vez que yo ya no le importo ni un poquito. El amor se le murió, tal y como dijo el día que nos divorciamos.

Los celos mataron lo nuestro, pero por desgracia no apagaron la atracción que siento hacia él.

—Pues sí, no sería normal. —Me río. Mi voz suena tan linda que ahora sí Dámaso parece acordarse de mi existencia.

Su sonrisa es tan natural que duele incluso más que su indiferencia. La indiferencia, por lo menos, significa que queda resentimiento, un poco de amor.

—¿Viajaron bien? —me pregunta con amabilidad—. Quería que tuvieran los mejores asientos.

—Sí. Gracias, Dámaso, pero no debiste preocuparte —contesto.

—Claro que sí. Mi hija merece lo mejor, pero también tú porque eres su madre.

Génesis asiente con una cálida expresión que me hace sentir un poco mal por los pensamientos desgraciados que le dediqué. Algo dentro de mí me dice que ella no es la bruja, sino que yo lo soy.

—Gracias, los dos son muy amables.

—Por eso me siento muy afortunada de casarme con él —expresa Génesis, a la que le brillan los ojos cuando lo voltea a ver.

Dámaso también la mira y su gesto es tan natural que solo me siento más y más sepultada. Supongo que eso es lo que me saco por haber sido la personificación más fiel de Celestina y no una persona normal como ella, que acepta demasiado bien la idea de convivir con la ex de su prometido.

Si yo fuera ella, ya me estaría subiendo por las paredes del aeropuerto.

—Bueno, vamos, no podemos quedarnos aquí todo el día —dice Dámaso, que sacude un poco la cabeza para salir del embobamiento con su novia—. Nena, tu abuela preparó las hamburguesas que te gustan. Yo no quería, pero Génesis me convenció.

—¡Sí! —exclama ella—. Gracias, Geni, eres muy buena.

Me tiembla un ojo y tengo que fingir que pasa una mosca para que ninguno de los tres vea que se me acaba de enchuecar la cara.

—¿Qué pasa? —inquiere mi exesposo al verme aletear los brazos.

—Pasó una mosca —respondo—. Nada de cuidado. ¿Nos vamos?

—Sí.

Intento agarrar mi maleta, pero Dámaso se me adelanta y nuestras manos terminan rozándose. Él solo me dedica un gesto amable y la toma; yo, en cambio, me quedo hecha un huevo pasado por agua.

«No debí venir. No estoy soportando», pienso al ver a Génesis tomándole la mano a mi hija. Sí, la misma niña que me costó más de quince horas parir, ahora ni me mira y se va platicando muy feliz de la vida con su futura madrastra. Y lo peor es que ni siquiera puedo correr a separarlas porque eso me dejaría como la mala del cuento. Me niego a que se enteren de que sigo siendo la misma mujer celosa y posesiva que siempre fui y que probablemente siempre seré.

De pronto, una punzada en la vejiga me hace detenerme a medio camino y Dámaso parece percibirlo, porque se gira de inmediato a verme.

—¿Estás bien?

—¿Me pueden esperar tantito? Tengo que ir al baño —les digo.

—Claro, te esperamos en el coche —responde él.

Mi hija solo se encoge de hombros. La amo más que a nada, pero es una desgraciada con todas sus letras. Esta me las va a pagar; ya no le voy a cumplir sus caprichos y que se olvide de su fiesta de cumpleaños en Disney.

La mamá alcahueta se acabó, que la lleve su «Geni».

Camino hacia el baño a paso veloz y no puedo evitar mentar madres a todo lo que existe. No solo tengo que aguantar que el único hombre al que he amado se vaya a casar con otra, sino que lo único bueno que dejó nuestro matrimonio ahora le quiera decir «mamá» a esa señora.

—Me voy a ir bien lejos, a la Patagonia, van a ver —susurro, limpiándome las ridículas lágrimas que se me escapan.

Una vez que hago mis necesidades y salgo para lavarme las manos, recuerdo a Emmanuel. Solo le envié un mensaje antes de salir y ya nunca más me acordé de su existencia.




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