Ainara
Por la ventana veo que mi papá le pega a una llanta de otro coche y grita algo que no escucho porque tengo el cristal subido.
—Está enojado y no viene con mi mamá —susurro.
—No te preocupes, mi corazón —me dice Génesis con un tono tan cariñoso que me quiero vomitar.
No es una bruja disfrazada de princesa, eso ya lo sé, pero no me cae bien. Yo esperaba que mamá se pusiera celosa y peleara con ella para quedarse con mi papá.
Parece que el deseo que pedí en mi cumpleaños no se va a cumplir. Creo que voy a tener que hacer otra cosa para que ellos dos vuelvan a estar juntos.
—¿Qué pasó, Dámaso? —le pregunta Génesis a mi papá cuando se sube al carro—. ¿Dónde está Aitana?
—Ella va a venir más tarde —responde él, calmado.
¿Acaso no estaba furioso? Esa patada no la da alguien que esté contento.
—¿Por qué va a venir más tarde?
Papá se encoge de hombros.
—Porque se va a ir a pasear con ese señor que se llama…
—Ah, Emmanuel —digo sonriendo.
—¿Lo conoces?
—Sí, es muy bueno conmigo, papi —respondo.
¿Será lo que pienso? Mi mami muchas veces le ha dicho a mi abuela en voz baja que ella solo quiere a Emmanuel como amigo, que jamás serían novios. Y la verdad, no creo que ella me esconda algo como eso porque sabe que me enojaría muchísimo, que no le volvería a hablar nunca más.
—¿Sabías que eran novios? —me sigue preguntando mi papá.
—Sí —le miento—. Se me olvidó decirte, perdóname.
—No te preocupes —murmura.
Me siento más triste cuando enciende el coche. Todo el camino lo pasamos en silencio, escuchando una música que no me gusta.
—Papi, ¿por qué pateaste una llanta y gritaste? —le pregunto cuando ya estamos llegando a su casa.
—Ah, le quería decir a un señor que tenía baja la llanta —responde sin ponerse nervioso, como hace mi mamá cada vez que le pregunto algo así—. ¿Por qué?
—Pobre señor, debió haberse asustado. —Se ríe Génesis.
Pongo cara de fastidio, mirando hacia la ventana. ¿A qué hora se va a callar esa muchacha? Aunque la trate bien, tiene que quedarle claro que no la quiero como mamá.
«Pero tienes que tratarla bien para que mamá se enoje», pienso.
Mi vida ya es muy complicada. Ahora se va a tener que hacer más difícil porque mis papás —ojalá me perdone Diosito por pensarlo— son unos tontos. Al menos mi mamá sigue queriéndolo a él.
—¿Qué te pasa, princesa? —me pregunta mi papá cuando me abre la puerta y me ve seria—. ¿No estás contenta de estar aquí?
—Quiero que esté mi mamá. ¿Por qué se fue sin despedirse de mí?
—No lo sé, pero no pienses en eso.
Quiero gritar. Ver que no le importa me duele mucho. ¿Por qué no se pone celoso como dice mi abuelita que antes hacía? ¡Necesito que vuelva a querer a mi mamá!
—No lo vas a olvidar, ¿cierto? Le puedo llamar si estás tan enojada.
Por un segundo pienso en decirle que sí, porque de verdad la extraño, pero lo pienso mejor y sacudo la cabeza.
—Mejor no, papi —le contesto.
—¿Estás segura? Si la extrañas tanto, ahora mismo la llamo, no te preocupes.
—Siempre estamos juntas. Voy a dejar que se divierta con Emmanuel; lo quiere mucho.
Papá ahora está muy serio, pero sigue sin verse enojado. ¿Será que algún día surte efecto lo que estoy haciendo? Ojalá sí.
—Oh, así que lo quiere.
—¡Un montón! Hasta me dijo que le gustaría casarse con él.
—¡Mi princesa! —grita mi abuela María.
—Con permiso, papá. Voy a saludar a mi abuelita.
Me desabrocho el cinturón del asiento y salgo corriendo para ir a abrazarla.
—Ay, Dios, qué grande estás ya.
—Pero vine hace dos meses, abue. —Me río.
—¿Y? Creces a pasos agigantados. Tengo que felicitar a tu mamá por… ¿Dónde está? Quería verla.
—Se largó con su novio —le dice mi papá—. Digo, fue a pasear con él. Supongo que en un rato llega.
—Ah, caray, ¿Aitana ya tiene novio? —me pregunta la abuelita, agarrándome del mentón—. ¿Desde cuándo? ¡Qué bueno!
—¿Te alegra? —decimos mi papá y yo al mismo tiempo.
—Pues claro, hijos. Aitana lleva ya muchos años sola, y si Dámaso se va a casar, ella también tiene derecho. Ahorita que llegue le voy a preguntar y le daré consejos para hacer feliz a su nuevo novio.
—Seguro que le van a servir mucho. Usted es una mujer extraordinaria —dice Génesis.
—Gracias, hija.
Después de entrar a la casa, saludo a Max, que mueve mucho la cola cuando me ve.
—Tú eres el que está más grande —murmuro al abrazarlo.