La obsesión de mi exesposo

4. FINGIR

Aitana

—No sé si podré soportarlo —le espeto a Emmanuel en voz alta, lo que llama la atención de los otros clientes de la cafetería a la que vinimos—. Dios, de verdad pensé que lo tenía superado, pero no —añado en un susurro, pero él me escucha.

—Siempre sospeché que nunca pudiste olvidar a Dámaso —responde tranquilo, colocando su taza sobre el platito—. Pero eso no significa que sigas enamorada de él.

—Fue el amor de mi vida, Emmanuel —gruño—. No sé si lo sigue siendo, pero todavía siento algo por él. Lamento ser tan honesta contigo, no mereces escuchar esto, pero…

—No te preocupes, yo siempre he sabido dónde estoy parado —replica con esa linda sonrisa que me estruja el corazón de culpa—. Tienes que calmarte, ¿sí? Ya te dije que te voy a ayudar.

—¿A darle un madrazo que lo noquee? Porque te juro que ahorita mismo es lo que quisiera.

Agarro mi vaso de agua y lo levanto un poco.

—Alto ahí, no le vayas a pegar a alguien —gruñe—. Tienes que controlarte, Aitana, porque se te va a notar demasiado que estás celosa. ¿Quieres eso? Las cosas se van a poner bastante incómodas y luego vas a llorar cuando Dámaso te mire como una ex loca.

—¿Crees que vaya a hacerlo?

—Cualquiera lo haría —afirma con un tono de ultratumba, como si tuviera campanas lúgubres en la garganta.

Tiene la boca llena de razón.

—Bien, ¿entonces qué sugieres?

—Podríamos volvernos novios de verdad. —Sonríe—. Sabes que me muero por ti, que estaría encantado de que lo intentemos.

—Emmanuel…

—Ya sé que no me amas todavía, pero podría pasar —continúa—. ¿Por qué no lo intentamos?

—Si no me importara lo que sientes, lo haría —respondo muy seria y coloco mi mano sobre la suya—. Pero yo no soy así. Sé que te haría mucho daño si las cosas no resultan como esperas.

—Si no funciona, no funciona y ya. —Se encoge de hombros—. Pase lo que pase, nunca me voy a arrepentir.

—Es mejor que olvidemos el tema —contesto con una sonrisa triste—. No estoy preparada para otra relación. No todavía.

—¿Qué? No…

—Gracias, Emma, yo te voy a enviar el dinero que gastaste en los boletos, no te preocupes.

—No, Aitana —dice tajante y logra atraparme la mano antes de que la retire—. Está bien, mejor finjamos ser pareja, ¿sí? Pero no renuncies. Aunque me duela no intentarlo de verdad, más me va a doler que nadie pueda contenerte.

—¿Estás seguro?

—Caramba, claro que sí —gruñe—. ¿Qué clase de hombre sería si te dejara sola en esto?

—Uno que no es masoquista —mascullo y él se echa a reír.

—Puede que sí lo sea, pero no pierdo la esperanza de que algún día se vuelva real.

—Me encantaría que mi corazón pudiera entender —susurro—. Tú me gustas, Emmanuel, pero sigo amando a mi ex. Es muy duro de aceptar, pero así es.

—¿Y no te sientes mejor después de admitirlo?

Me llevo una mano al pecho y luego al abdomen. Noto de inmediato que tengo menos pesadez. Las agruras siguen ahí, pero ya no creo que vaya a terminar hospitalizada.

—Es verdad. —Sonrío—. Ya no siento una piedra atorada en el estómago.

—Ahora que lo aceptaste, es mucho más sencillo que te olvides de él.

—¿Y si no pasa?

—Va a pasar. Por lo pronto, solo concéntrate en fingir, ¿sí? Tú no tienes que hacer nada, yo me encargo de todo y seré un novio ejemplar.

—No sé cómo haré para pagar lo que haces por mí.

—Las fotos en calzones —bromea.

Los dos nos carcajeamos.

—Mmm… Tal vez no esté tan mal. —Le guiño el ojo—. Después de todo, no tenemos compromiso. Solo no las subas a páginas raras.

—Aitana, ¿cómo crees que te pediría algo así? —dice con seriedad—. Para mí eres mucho más que una mujer que puede darme placer. Quiero algo serio contigo.

—Emma…

—Realmente te quiero y estoy dispuesto a llegar tan lejos como tú quieras.

—Solo podemos fingir ser novios frente a mi ex y su mamá.

—Pues bien, empecemos de una vez, ¿no? Tenemos que…

—Espera, ¿ahorita ya?

—Sí, ahorita ya —asiente y se levanta para extenderme la mano—. Y nos vamos a quedar en el mismo hotel.

—No, eso está muy…

—Confía en mí, Aitana —me pide—. Con todo lo que vamos a hacer, a Dámaso no le quedará ninguna duda de que ya no sientes nada por él.

***

Jamás he sido una de esas mujeres que se tragan las emociones, mucho menos los celos. Con Dámaso siempre expresé lo que quería y cómo lo quería. Al tomar tanta confianza, me volví violenta y una completa acosadora, aunque él tampoco cantaba mal las rancheras.

Incluso era peor que yo.

Mi lado masoquista lamenta que esos tiempos hayan terminado. Fuera de los celos y sus consecuencias, nuestro matrimonio era perfecto. Los dos nos amábamos con locura y siempre terminábamos en la cama, incluso el día en que él se fue. Algunos decían que íbamos a durar para siempre y se sorprendieron con la noticia de nuestro divorcio.




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