La obsesión de mi exesposo

5. CELOS

Aitana

Antes de que pueda contestarle todo lo que se merece, María me llama a los gritos.

—¡Hija! —exclama contenta, corriendo por el jardín.

Me suelto del agarre de Emmanuel y me acerco a mi exsuegra con una enorme sonrisa.

—Hola, María —le digo al abrazarla.

—¿Eh? ¿Y qué pasó con el «suegrita linda»? —protesta con un puchero.

—Ya no eres mi suegra —le recuerdo—. Así debería decirte…

—Ah, no, claro que no —gruñe—. Génesis me cae bien, pero tú siempre serás mi preferida —añade en un susurro—. Mi hijo fue un pen… sativo al dejarte ir.

—¡María! —exclamo, riéndome.

No me sonrojo. En realidad venía con la esperanza de escuchar esas palabras. Aunque yo no provengo de su misma clase social, siempre me ha tratado como a una hija.

—A ver, ¿quién es este joven tan guapo? —pregunta cuando me hago a un lado—. ¿Es tu novio?

—Mucho gusto, señora —se presenta Emmanuel con tono encantador.

—Uy, hijo. Si no fueras novio de mi muchachita y tuviera treinta años menos, haría mi lucha —bromea María.

Los dos se dan un apretón de manos y se ríen.

—Me halaga. Es usted una mujer muy guapa, más de lo que Aitana describió.

Mi exsuegra suspira. Dámaso está serio, pero permanece tranquilo. Esto me deja claro que las cosas entre nosotros ya valieron madre para siempre.

—Eres un sol, no como mi hijo —refunfuña María—. Él nunca tiene palabras lindas.

—Todo lo que digo te lo tomas a mal, madre —responde Dámaso con esa calma que no soporto.

¡¿Por qué no se pone verde?! ¡Están alabando a mi supuesto novio!

«Porque no te quiere, babosa», se burla mi mente.

Suelto un suspiro que coincide con el momento en que María toma de las manos a Emmanuel.

—Ya, hablando en serio, muchacho. Solo soy una vieja picarona, no te vayas a sentir incómodo, ¿eh?

—Para nada, señora —le asegura mi amigo—. Es usted encantadora. Me alegra ver que sigue queriendo mucho a Aitana.

—¿Cómo no? Es una mujer de diez. Es preciosa, inteligente, profesional y divertidísima. Eres un chico con suerte, así que me la tienes que cuidar.

—Desde luego.

La forma en que Emmanuel me mira me hace sonrojar y voltear hacia otro lado, pero por desgracia termino en el rostro indiferente de Dámaso.

—Voy con Ainara —dice—. Si ustedes quieren quedarse aquí a hablar bajo el sol, está bien.

Mi exesposo se mete las manos en los bolsillos y comienza a andar muy seguro de sí mismo y con esas pompis respingadas que ya muchos quisiéramos.

«Ellas eran los amores de mi vida, no él», pienso con nostalgia.

—Mejor pasemos a la casa. Tengo que admitir que mi hijo tiene razón —dice María con una sonrisa incómoda.

Conozco tanto a esta mujer que sé que le duele que Dámaso no vaya corriendo a buscarme algo para cubrirme del sol. Él siempre se encargaba de ponerme protector solar hasta en los lugares más recónditos y de cargar con una sombrilla.

Ahora tengo que aprender a vivir sin sus cuidados y espero no tener cáncer de piel. No solo sería lamentable, sino patético.

Cuando entramos a la casa, mi niña está jugando con Max. Me quedo boquiabierta por lo grande que ya está y me río cuando corre hacia mí como si tuviéramos dos días sin vernos.

—Estás enorme, precioso —le digo—. Y sigues tan veloz como cuando eras cachorro.

—¿Cuántos años tiene? —pregunta mi amigo.

—Ocho.

Max voltea a verlo y le gruñe. Por un segundo, me parece ver que Dámaso sonríe, pero cuando vuelvo a parpadear, ya no lo hace. Debí imaginarlo.

—Mami, ¿cómo te la pasaste? —me pregunta mi hija—. Pensé que ibas a venir con nosotros.

—Perdóname, nena, pero fui a tomar un café —le respondo sin poder ser fría.

En este momento esa chamaca me cae mal, pero la amo con mi vida. Además, tratarla secamente solo haría que sospecharan que me muero de celos.

Con Emmanuel aquí estoy a salvo de ese sentimiento asqueroso.

—Hola, ¿cómo estás? Me gusta tu chamarra.

La actitud buena onda de mi hija me hace fruncir el ceño. No es que ella lo trate mal, aunque tampoco le suele hablar durante más de dos segundos cuando él va a la casa porque siente que está traicionando a su papá.

¿Y si se golpeó y no me percaté? Sí, seguro tiene un traumatismo severo en la cabeza. Como doctora sé que eso no es lógico, pero con esta muchachita nada se sabe.

—Muy bien, nena, ¿y tú? Y gracias por lo de la chamarra.

—¿No me trajiste pastel? Donde venden café tienen que vender pasteles, ¿no?

—Yo le dije que no te comprara —me apresuro a intervenir—. Emmanuel siempre piensa en ti, pero como ya vas a comer hamburguesas, decidí que es mucho.




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