Aitana
Para mi sorpresa, la comida pasa de forma muy amena. Bueno, cualquiera que lo viera de lejos habría pensado eso. Las risas y los chistes no faltan, tampoco los besos en las manos y las miradas tiernas.
No se confundan, esos gestos son de Génesis hacia Dámaso, que no duda en tomarla de la mano como si se fuera a perder debajo de la mesa.
Las hamburguesas, aunque están deliciosas, me saben a caca con parásitos. No es que yo haya comido eso ni mucho menos, pero me puedo imaginar que sabe así. Además, ya tengo práctica con olores nauseabundos.
Prefiero oler cualquier desecho de un paciente antes que soportar cómo ese hombre que alguna vez fue mío adora a otra. Me lo tengo que arrancar del corazón de una buena vez y espero que este viaje me sirva para hacerlo.
Es más que evidente que lo perdí para siempre, que no le importó nada que me fuera con Emmanuel.
—No saben lo contenta que estoy de que estés aquí, Aitana —dice mi exsuegra cuando estamos comiendo el postre—. Perdón, Génesis, tenía que decirlo. Sabes que te quiero, pero también ella es muy especial para mí.
—No me ofendo, señora —le responde su nuera—. Siempre voy a respetar el lugar de Aitana. Es madre de la hija del amor de mi vida.
El ojo me vuelve a temblar. Si no fuera porque lloro cada vez que escucho la palabra «psiquiatra», juro que iría a uno ya mismo para que me internara de una vez.
—Me alegra que sean tan felices —suelto sin pensar—. Dámaso es una persona increíble y merecía encontrar a alguien que lo ame.
Mi hija aprieta los dientes, pero se le pasa enseguida. Aunque la sienta mi cómplice, tengo que hablar muy seriamente con ella para que no resulte afectada por toda esta situación y que tampoco piense que finjo un noviazgo para recuperar a su padre.
—Gracias, Aitana. Yo digo lo mismo de ti —responde él sin mirarme porque le sonríe a Génesis.
Emmanuel me acaricia el antebrazo y me dedica una mirada tan compasiva que me siento aún más sepultada. A pesar del nudo en la garganta, contengo las lágrimas y sigo forzándome a disfrutar de la exquisita carlota de limón que María preparó con tanto cariño.
—Linda, ¿podría hablar contigo? —me pregunta Génesis cuando terminamos de comer—. Solo será un momento.
«Ah, ya salió el peine. Seguro que me hará alguna amenaza y va a demostrar su verdadera cara», pienso con algo de temor.
—Por supuesto —le respondo con amabilidad.
Sin que nadie nos diga nada —ni siquiera mi hija—, las dos salimos al inmenso jardín. Ainara no exageraba al decir que es soberanamente enorme.
—Me muero de ganas de tener hijos con Dámaso y verlos correr junto a Ainara, ¿no te parece esa una imagen hermosa? —me comenta Génesis con tono amable.
No hay matices sospechosos en su voz ni sonrisas irónicas. Su mirada es limpia y brilla tanto como la mía el día en que Dámaso me pidió ser suya y cuando nos casamos. Ella lo ama con tanta intensidad que no me siento capaz de odiarla o lastimarla a causa de mi inseguridad.
—No lo sé —admito—. No sabía que querían tener hijos, al menos no tan rápido.
—Es que no quiero esperar —dice ilusionada—. Ainara está creciendo y cuanto antes lleguen los hermanos, mejor, ¿no?
—Supongo que sí.
—No me alegra que ustedes hayan terminado, pero en parte lo agradezco por haberlo conocido. Es el mejor.
—¿Lo amas de verdad? —la cuestiono.
Ella no se toma a mal mi tono brusco y asiente.
—Sí, más que a mi propia vida —declara con la mirada perdida—. Si me dejara, siento que me moriría. Por eso te admiro, Aitana, porque tú pudiste sobrevivir después del divorcio.
—Bueno, creo que estás exagerando. —Me río con incomodidad—. Nadie se muere por una ruptura.
—Yo sí —declara con un fervor que me deja fría—. No podría estar sin él, así que te pido que me aconsejes, por favor. ¿Qué hago para no perderlo?
—Oye, ¿te estás burlando de mí?
—No, claro que no, perdona si esto suena raro. Sé que ustedes dos se divorciaron, pero también que se quisieron mucho.
—Pues haz lo contrario a mí y listo. No le pidas el divorcio —suelto entre dientes—. Y tampoco lo celes. Eso fue lo que mató lo que sentía por mí.
«¿Por qué demonios tienes que darle consejos para que lo tenga? ¡Dámaso es tu hombre!», me reclama mi subconsciente.
No, no lo es. Aunque eso amargue mi vida, tengo que reconocerlo. Lo perdí porque no pudo soportarme, porque en el fondo tal vez no era tan celoso como yo.
—Por eso no lo hago. Sé que él no tolera los celos.
—Sigan así y seguro que llevarán un matrimonio grandioso.
Me obligo a sonreírle y ella me toma de las manos.
—Muchas gracias, Aitana —me dice—. Tenía un poco de miedo de lo que pudiera pasar, pero eres una mujer extraordinaria. Daré lo mejor de mí para hacer feliz a Dámaso, empezando por…
—¿Qué? ¿Qué cosa? —inquiero.