La obsesión de mi exesposo

7. ¿EMBARAZADA?

Aitana

¿Qué puede ser más humillante que saber que el hombre que amaste toda la vida posiblemente embarazó a otra? Quedarme en la misma casa donde ocurrió la tragedia, digo, la concepción. Conozco a ese hombre y él jamás entraría a un hotel para hacer esas cosas porque detesta que se imaginen lo que hará conmigo.

Aunque… ahora está con Génesis. Puede que sus hábitos hayan cambiado y ahora conozcan cada cuarto de hotel de la ciudad. Eso no me devuelve la tranquilidad; por el contrario, me quiero morir.

Esa mujer embarazada de Dámaso…

—Hija, ¿estás comiendo bien? —me pregunta María cuando me ayuda a recostarme en la enorme cama de la recámara principal—. Sigues muy pálida.

—Puede que haya sido lo del vuelo —le miento—. No te preocupes, María.

—¿No estarás…?

—Claro que no —la interrumpo—. No me he involucrado de esa forma con Emmanuel todavía. Llevamos algunas cuantas semanas.

—Ay, mi niña —dice enternecida, acariciándome la cabeza—. Génesis es una muchacha agradable, pero me habría gustado que siguieras con mi hijo. Sí, tenían sus problemas, pero siento que habrían podido superarlos.

—No, María, ese matrimonio ya no tenía arreglo. Además, ya es imposible que se dé algo entre nosotros. Génesis tal vez está…

—¡Mami!

Ainara irrumpe en la habitación y salta sobre la cama para recostarse junto a mí. Tiene las pestañas húmedas y sus ojos lucen de un verde brillante.

—¿Estuviste llorando, mi amor? —le pregunto, alarmada.

—Estaba preocupada por ti —admite con un puchero—. Casi nunca te enfermas.

—Estoy mucho mejor, nena —le aseguro—. No me va a pasar nada. ¿Recuerdas los últimos análisis que nos hicimos en el hospital? Me dijeron que estoy más sana que un roble, igual que tú.

—¿De verdad no estás enferma? —cuestiona con la voz rota.

—No, mi amor. —Sonrío—. A partir de ahora, voy a estar genial.

María frunce el ceño ante mis palabras, pero no alcanza a interrogarme porque Dámaso entra. Su sola presencia me vuelve a provocar mareo, aunque esta vez logro disimularlo.

—No me estoy muriendo —le digo con tono bromista.

Sus ojos casi negros se entornan. No me cree absolutamente nada.

—Eso lo voy a evaluar ahora mismo.

—Oh, no —lo detengo—. Eres psiquiatra, no médico general. Yo sí lo soy, así que me doy de alta y…

—Hija, al menos deja que te tome la presión —me pide María—. Si no lo quieres hacer por ti, hazlo por mí y Ainara para que nos quedemos tranquilas.

Me toma menos de dos segundos decidirlo a pesar de la incomodidad.

—Está bien, pero quédense conmigo, por favor.

—Es mejor que salgamos para que mi hijo te pueda revisar —dice María—. ¿No…?

—Sí, mami. Yo puedo esperar afuera —asiente mi hija, que se baja de la cama antes de que pueda atraparla.

—Eso no es correcto —insisto—. Es una falta de respeto hacia Génesis.

—Ella lo entiende —afirma Dámaso con seriedad—. No es celosa.

Auch, esa sí dolió. Este hombre es experto en tirar madrazos verbales sin proponérselo.

—Está bien, pero no me hago responsable si hay malentendidos —mascullo.

—Por eso ni te preocupes, hijita —me tranquiliza mi exsuegra—. Si te refieres a Emmita, él estuvo de acuerdo. Se preocupa tanto por ti que ni siquiera se planteó que fuera a ser incómodo.

—Mi novio es un encanto. —Sonrío.

Esta vez no presto atención a la reacción de mi exmarido. Ya me quedó más que claro que a quien ama es a Génesis.

—Bueno, nos vamos para que puedan explorarte. Vamos, hija.

—Sí, abue —le responde Ainara a María.

Dámaso se acerca con su maletín en mano y miles de recuerdos se me desbloquean, aunque no por sus revisiones médicas constantes. El juego del doctor siempre terminaba de la mejor manera.

—Aitana, ¿has estado con Emmanuel? —me pregunta de pronto y sin ninguna clase de tacto.

—¿Qué te importa? —le suelto, pero de inmediato carraspeo—. Perdóname, pero no creo que debas…

—Los dos somos médicos, puedes hablarme con franqueza.

—Sí, pero también somos exesposos y yo no voy por la vida preguntándote si has estado con Génesis.

—No lo hago para meterme en tu vida, sino para descartar el embarazo —responde y saca su baumanómetro—. ¿Estás embarazada o sospechas estarlo?

—No estoy embarazada —afirmo muy segura.

Mi diablillo interno me mienta la madre con el puño en alto. Habría sido genial poder decirle que sí y tratar de verle la cara, pero ya no quiero sentirme peor ante su indiferencia.

—Está bien, te creo. Entonces tendrás que hacerte unos análisis; tú no te pones así por cualquier cosa.

—Solo hace calor. Acabo de bajar de un vuelo y me falta dormir.




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