La obsesión de mi exesposo

8. MENTIRAS

Dámaso

Aitana intenta pasar por mi lado, pero logro atraparla y la retengo en el último escalón. Sus ojos verdes me fulminan y el tacto de su piel suave me quema. Sin embargo, sigo firme. El mismo deseo que me desmorona me mantiene en mi sitio.

—No vas a ir a ningún lado —afirmo.

—¿Eh? ¿Cómo que no? No eres mi papá para darme permisos —gruñe e intenta apartarse.

Apenas logra moverme. Esta vez no estoy dispuesto a ser civilizado. De poco o nada ha servido.

—Pero sí el padre de tu hija —replico con calma, fingiendo no estar afectado por ese perfume que reconozco a la perfección.

Se lo puso para ese imbécil. Ella lo hizo a propósito, porque sabe que solo le permitía usarlo en la intimidad.

—Ainara está bien, se quedó con tu mamá —masculla y voltea hacia otro lado.

Sus mejillas se tiñen de un exquisito color rosado, ese que, si fuera aún mi esposa ante los demás, me habría hecho lanzarme hacia ella para morderla. Ahora, en cambio, debo mostrar una fortaleza que jamás creí posible.

Solo esta mujer logra provocarme tal ambivalencia.

—Eso no importa. Tú no puedes salir de aquí porque en la tarde…

—Sí, me sentí mal, pero ahora ya no —sisea y de nuevo se remueve para librarse de mí—. Ahora que lo pienso, ¿tú no deberías estar ya arreglado para ir a cenar? Pensé que ya no estarías en la casa.

—Cancelé todo de última hora —le miento—. Nuestra hija se quedó preocupada por lo que te pasó y me pidió que me quedara.

—Estoy genial, así que no tienes por qué cancelar tus planes.

—Vamos a la sala —ordeno.

—No, yo…

La guío con firmeza del brazo y subimos las escaleras hacia la estancia principal.

—Dámaso, entiendo que tú y la niña se preocupen por mí, pero es exagerado. Por un mareo no me voy a privar de una noche en la que puedo despejarme —protesta cuando la hago sentarse en el sofá—. Mis estudios médicos salieron excelentes; hasta te los puedo mostrar.

—No tengo dudas de que eres una mujer sana, pero sigue siendo imprudente que te vayas a esta hora.

—No voy a tomar un taxi. María me dijo que puedo pedirle al chófer que me lleve.

—Aitana…

—Ah, no, escúchame bien tú, Dámaso Valcárcel. —Se levanta y me apunta con el dedo—. No vine aquí solo a celebrar tu cumpleaños, sino también a pasarla bien. Yo acepté quedarme con nuestra hija, que tú vinieras aquí a desarrollarte y no sabes cuánto me alegra, pero no te voy a permitir que tomes decisiones por mí.

Apenas proceso sus palabras. Ese vestido estiliza su figura de tal forma que no dudo que Emmanuel intente llegar a algo más con ella.

—¡¿Me estás escuchando?! —me grita.

—Sí, fuerte y claro.

«Y no sabes cuánto me ayudan las cámaras y micrófonos de nuestra habitación», pienso con una breve satisfacción.

—Entonces buenas noches. —Aitana sonríe—. Comprenderás que no voy a cancelar mis planes por ti y que la nena no es motivo para que me amenaces, ¿cierto?

—Jamás haría tal cosa —le aseguro—. No tengo necesidad.

—Genial, pues ya me voy.

Aitana recoge su bolsa y me dedica una sonrisa burlona antes de enfilar hacia la salida. Aun cuando avanza como soldado, logra transmitir una sensualidad de la que no es consciente.

—Espero que no te enojes mucho —murmuro sin apartar la vista de ella.

Saco mi celular y le llamo a Javier.

—Sabes lo que tienes que hacer —espeto antes de colgar.

Cuando estoy a media escalera, el chófer entra corriendo a la casa. La forma en que respira hasta me hace dudar de si le sucedió algo de verdad y coincidió con mi llamada.

—¡Señor Valcárcel! ¡Señor Valcárcel! —grita desesperado.

—Javier, ¿qué pasa? —le pregunta Aitana—. ¿Qué son esos gritos?

—Ay, señora, ocurrió una tragedia —responde él, agitando los brazos—. Tengo que irme. Señor, ¿me daría permiso de retirarme? Me urge.

—Claro, pero dinos qué…

—Mi jefecita pasó a mejor vida —suelta él, sollozando.

Aprieto la mandíbula. ¿Por qué no se le ocurrió una excusa menos estúpida?

—Espera, ¿tu mamá no se murió ya? —le pregunta Aitana, cruzándose de brazos—. Yo seguía casada con Dámaso cuando eso pasó.

—Se refiere a su suegra —intervengo—. Se convirtió en una madre para él después de que falleciera la suya.

—Perdón que lo diga, pero no puedo creer eso. Javier odia a su suegra, según lo que recuerdo —gruñe Aitana—. ¿Que no te hizo brujería para que te murieras?

—Pues ahora se murió ella, y mi esposa está sufriendo —lloriquea el chófer, que quiere seguir en su ridículo papel.

Tendré que dar mejores órdenes si quiero que esto funcione. Ella no puede seguir viendo a ese idiota, a no ser que lo quiera en un anfiteatro para las prácticas de los estudiantes de medicina.




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